Revista Gastronómica Digital
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Actualidad

La burbuja gastro

Fernando Huidobro
Fernando Huidobro 18/1/2017Comentarios

La navidad, así en minúsculas pues estoy hasta las narices de las mayúsculas obligadas, no es nada sin las consabidas burbujas. Quizás por eso no cesan de oírse campanas tocando a rebato doce veces doce: ¡alarma que el 2017 se sirve con burbuja gastro incluida, cuidao, cuidao, que ya está aquí y va a petar!

Y yo digo, así como si fuese el que escribe el cuento, con dos criadillas y por la carrillada: ¡menos lobos caperucita! En la culinaria hispana las burbujas solo estallan en nuestras gargantas y en nuestras sanchopanzas, bien sea por agujas, cavas patrios o champagnes foráneos.

En primer lugar, no cabe hablar de burbuja porque el término, sacado del mundo inmobiliario de recién infausto recuerdo pero también de lejanas glorias, (no olvidemos que durante quinquenios dio de comer a los restauradores, generosa y holgadamente), el término, decía, y su significado, tienen  menos que ver con la realidad actual del sector hostelero que el tocino -de cielo o de guarro- con la velocidad. Aquí, en los restaurantes está reservado el derecho de admisión que deja en la rúa a quien quiere comer de gorra; no se fía pues, se paga a tocateja y no se encuentra banco que preste dinerito fresco para tus opíparas comidas a cambio de que hipoteques, mientras tanto y en garantía, los callos y las mollejas que ya te has papeao. ¡Que me las embarguen! porque como no contraten a Jack El Destripador para ejecutarme con su pericia y oficio, me parece a mí que en mi único provecho iban a quedar. Así que, de primeras, mal traído está este símil de la burbuja para brujulear y maridar con lo gastro.

En segundo lugar, porque ya nadie come en casa, no sólo en las grandes ciudades más aceleradas, sino en cualquier ciudad media y, si me apuran, hasta en los pueblos medio qué, donde todo hijo de vecino cubre sus necesidades, no ya de ocio y entretenimiento, sino también las alimenticias diarias, a base de cocina, manufacturera o industrial, de terceros. Eso hace necesidad, el no cocinar pasa a ser la vida y lumbre de la actualidad y el cambio de costumbre se queda sin marcha atrás. La gente quiere que le cocinen y está dispuesta a pagar por ello.

En tercer lugar, por el turismo y su hermanamiento con la cuestión gastronómica y económica, por el factor cultural en cuyo patrimonio inmaterial se ha incardinado y por mil razones más de toda índole, incluida la de ser España el país más puntero en la materia, la gastronomía es un sector en plena ebullición y una actividad con un gran futuro por delante.

Y en suma, porque, como tengo escrito y reitero a riesgo de repetirme más que una cabeza de ajos cruda, la gastronomía no ha venido a las ibéricas vidas a pasar el rato, sino a quedarse a vivir con nosotros a pensión completa; lo que viene a ser desayunar, almorzar, comer, merendar y cenar; ¡uy, perdón! y a ver la tele mientras tanto; y a interactuar por las redes; e incluso a tomar el aperitivo y las tapitas en el bar con la familia también. Hasta la cocina se ha metido la muy cochina; y me temo que, pendoneando, terminará por meterse en nuestra cama. La vida es comer. Y lo seguirá siendo cada vez más. Aprendamos a cocinarla bien para evitar el hartazgo.

¿Creen ustedes que alguna vez en la historia explotará el fútbol por muchos partidos y campeonatos que se jueguen, por muchos clubes quebrados que hubo, traspasos hinchados que hubiere y sueldos estratosféricos que haya? ¿Por qué habría de reventar, cual Don Creosotas, la gastronomía? Vivimos lo que he dado en llamar la futbolización de la gastronomía. Insisto en ello. Acomódense, que la cosa va para largo. Así que siéntense a la mesa, coman despacito y masticando bien, degústenlo cuan largo menú de ídem si es que son aficionados y partidarios del buen comer o cómanselo con papas si son meros telecomedores sin especial interés; pero en todo caso y aunque les repatee el estómago, no cojan lucha contra ello pues es inútil y tendrán que tragárselo a la fuerza sí o sí. Porque la gastronomía española, esa que muchos creen tan llena de trufado relleno de negocios a punto de implosionar y suicidarse por propia ambición y exceso, ese gran logro patrio, está más boyante que una pera en vino tinto: tierna, tersa, jugosa, colorida, sabrosa…¡pletórica!

¡Larga vida a la gastronomía española!


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