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Actualidad

Los aromas de la historia

Arantxa Ruano
Arantxa Ruano 26/1/2015Comentarios

Ruta por la DO Pla de Bages

La Denominación de Origen Pla de Bages está a 570 km de Madrid y a 60 de Barcelona. Su extensión incluye el núcleo urbano de Manresa, municipio conocido por su relevancia en la época de la industrialización. Además, cuenta con dos de los mayores atractivos turísticos de Catalunya, las montañas de Montserrat y Cardona. Es, sin embargo, una las denominaciones menos conocidas de Catalunya, seguramente por ser una de las más pequeñas: tan solo la forman 13 bodegas. Pero tras esta visita enoturística constatamos que un pequeño territorio puede tener tras de sí una extraordinaria historia. Una historia que se escribe con las manos de los que creyeron en su tierra y en su vino. Una historia llena de aromas.

Descubriendo las tinas

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Paisaje en la ‘Ruta de les Tines’.

Caminar reconforta, purifica nuestro cuerpo y nuestra alma. Eso todos lo sabemos. Pero lo que nadie cuenta es que caminando además se alimenta nuestra mente. Sí, senderos como la Ruta de les Tines en la DO Bages, dentro del Parc Natural de Sant Llorenç de Munt, permiten enriquecerse de cultura, en este caso en torno al vino. Los tres kilómetros de piedra y tierra, que recorreremos a pie, comienzan en Cal Oristell (en la carretera de Pont de Vilomara a Rocafort). Nos acompaña Joan Francesc Baltiérrez, secretario en el Consejo Regulador: “Normalmente sufrimos niebla pero hoy hemos tenido suerte con el sol”. Baltiérrez nos explica que, muy a su pesar, muchos vecinos del Bages no conocen este paraje con montes poblados de encinas, pinos y robles. Nos cruzamos, casualmente, con un pequeño grupo guiado por Eduard Font, periodista y cabeza de la Cofreria dels Vins de Bages. “Sí, ellos son de Manresa y están sorprendidos con este patrimonio tan cercano y tan poco conocido”.

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Las tinas del Tosques con sus correspondientes barracas.

A finales del siglo XIX, en plena fiebre de oro tras la filoxera, el Bages contemplaba la no desdeñable cifra de 28.000 hectáreas de viña, plantadas principalmente en las terrazas que conforman el Valle del Flequer y por donde ahora discurre la Ruta de les Tines. Estos depósitos, llamados tinas en la zona, fueron construidos por los propios viticultores para ser usados como sistema de vinificación, tras comprobar que las uvas recogidas comenzaban a fermentar antes de tiempo en el camino hacia sus masías. Con el propósito de solventar el problema del tiempo y del desplazamiento, se alzaron estas pequeñas construcciones de piedra seca, recubiertas en su interior de cerámica. Junto a ellas, los campesinos se montaron sus pequeñas barracas redondas o cuadradas en función del origen del propietario y recubiertas de tierra y lirios de viña para ligar bien el techo. Todo estudiado.

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Baltiérrez junto a dos tinas de la ruta.

Caminamos por estos preciosos paisajes, envueltos de aroma a espliego, tomillo y romero, imaginándolos plenos de viña. No resulta difícil dibujar la imagen en nuestro pensamiento cuando paramos en las impresionantes tinas del Bleda, del Tosques y de L’Escudelleta, que se mantienen impecables (gracias también al plan de recuperación de tinas, impulsado por el Consejo de la DO Pla de Bages). Soñamos con un futuro, más enoturístico todavía que el presente, en el que la ruta pueda disfrutarse 24 horas, con alojamiento rural en las propias tinas, ¿por qué no? “En la DO tenemos un patrimonio con más de 150 tinas y sólo algunas pocas están dentro de los actuales viñedos”, agrega Baltiérrez. El final de esta ruta a pie nos deja un sabor amargo. En 200 años ha cambiado completamente el paisaje: de bosque a viñedos y de viñedos a bosque en ese corto periodo de tiempo. ¿Evolución?

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Mas Arboset.

De nuevo al coche y curvas. Baltiérrez nos lleva hasta la finca Mas Arboset (desvío Can Riera), donde una antigua tina ha sido usada para vinificar. La bodega Abadal es la hechicera de esta pequeña gran acción que une pasado, presente y futuro. En el camino encontramos alguna barraca integrada en los márgenes, replantados con vides para su recuperación. La imagen pintoresca y apacible del terreno montañoso plagado de terrazas y olivos solitarios nos hace volar hasta Italia… “Sí, una pequeña Toscana”, bromea Baltiérrez con una sonrisa que le llena de orgullo por su amor por esta tierra con tantas perspectivas de futuro. “Además de recuperar la tina de Mas Arboset, aquí se han plantado todo tipo de variedades”. Un humilde pero gran proyecto que no solo recogerá frutos -nunca mejor dicho- en el mundo de la viticultura sino también en el aspecto paisajístico de la zona.

“Estamos todos unidos y eso se nota”, comenta Baltiérrez. 13 son las bodegas adscritas actualmente en la DO Bages, constituida en 1995: Abadal, Celler Solergibert, Caves Gibert, Celler Cooperativa d’Artés, Mas de St Iscle, Més que Paraules, Celler El Molí, Celler Cooperatiu de Salelles, Heretat Oller del Mas, Fargas-Fargas, Vins Grau, Can Serra y Celler Santmartí. Explotaciones familiares, todas con viñedos propios. Año tras año, esta pequeña DO va consiguiendo nuevos retos.“Estamos en un momento dulce, todas las bodegas acaban sus vinos y hacemos piña no solo desde la producción sino desde la restauración y las bodegas”. “Intentan vender su vino desde la propia bodega y favorecer así al enoturismo”. Nada menos que 1.000.000 botellas anuales es lo que producen, una buena cifra pero baja comparado con otras denominaciones de origen catalanas más conocidas. Una DO pequeña pero muy mimada por los suyos.

En busca de la atracción enoturistíca

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Plato de huevo, patata y trufa del restaurante Aligué.

Con varias opciones para degustar el Bages en la mesa, decidimos tener nuestra primera cita gastronómica del fin de semana en el restaurante Aligué, un destino obligado en la zona. Memorable resulta su plato de patatas con huevo, parmesano y trufa blanca, que el mismo Benvingut Aligué, chef y propietario, muestra a los comensales sin dejar catar. Tras un pequeño juego de aromas con la trufa y una copa de vino, llega el plato transformado a la mesa. Espectáculo en este establecimiento que apareció en los 60 y que hoy se conoce por sus espectaculares desayunos de cuchara, además de su cocina catalana con toques italianos. Para acompañar el ágape, y paladear la DO, disfrutamos de un Bernat Oller Blanc de Picapolls 2013 de la bodega Heretat Oller del Mas. Un vino 100% local, elaborado con picapoll blanc y picapoll negre, variedades autóctonas de la DO Pla de Bages. “Un vino que ha tocado madera, acero, cemento y cerámica con el objetivo de conseguir un vino gastronómico que pueda maridar muchos platos”, nos explica más tarde Marc Maldonado, el director comercial de esta bodega.

Vistas a Montserrat desde la bodega Oller del Mas.

Vistas a Montserrat desde la bodega Oller del Mas.

Seguimos la ruta, acompañados ahora de Maldonado y Luis Ariza, compañero en De Narices y gran conocedor de la viticultura de la zona. Antes de pisar las instalaciones de Oller del Mas, nos recuerdan: “Con la filoxera y la industrialización se pierde mucho, pero la DO Bages tiene elementos únicos que han perdurado”. Entramos por un camino de tierra, rodeado de viñas, desde el que se vislumbra la masa medieval de la bodega y unas espectaculares vistas a Montserrat. Por si no lo saben, es la cara oculta de esta majestuosa montaña rocosa. Merece ser vista desde este ángulo al menos una vez en la vida y más inestimable todavía, desde la torre de Oller del Mas, con las viñas al frente de la panorámica.

Frank Margenat tiene escrito en su línea sucesoria el número 36. Es el propietario de Oller del Mas tras 36 generaciones. Maldonado nos cuenta que la finca nació para elaborar las primeras ollas de cerámica de la zona -de ahí el escudo de la bodega y el apellido de la familia de Arnau Oller, el precursor-. Aunque son una bodega pequeña y familiar, aspiran con gran ambición a convertirse en un referente. Entre sus proyectos, quieren “impulsar el enoturismo atrayendo a turistas por la proximidad a Barcelona”.  Su cercanía a Montserrat, sus 600 hectáreas con zona deportiva, sus 50 hectáreas de viñedo, su plantación de olivos, su torreón y masía les ha permitido sacar adelante un proyecto de enoturismo como es Castlexperience. Se celebran todo tipo de eventos y la idea es “buscar sinergias con otros ámbitos para dar a conocer nuestros vinos”, nos cuenta Maldonado. Ejemplo de ello es la exposición de cuadros que acogen estos días en la planta superior de este histórico edificio medieval.

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La torre y el castillo de Oller del Mas.

Aunque en sus campos, calcáreos y arcillosos, tienen plantados syrah, cabernet franc, macabeu y merlot, su niña mimada es la picapoll negre, una variedad recuperada en sus tierras. Ella forma parte de la mayoría de sus vinos, de producción ecológica en su totalidad: Bernat Oller Blanc de Picapolls, Bernat Oller Rosat, Petit Bernat Negre -el más vendido en esta bodega-, Bernat Oller y Arnau Oller. “Cuando elaboramos un vino, la cata se hace a ciegas, sin saber de qué finca procede. Prima la calidad frente a la cantidad siempre”, nos cuenta Maldonado. “Algunos de nuestros vinos se agotan enseguida” añade refiriéndose a su Picapoll Negre 2013, séptimo mejor vino tinto de Catalunya en la Guia de Vins de Catalunya y a punto de conseguir la denominación vino de finca. “Es el Saint Emilion de Catalunya”, añade Ariza con una sonrisa en su cara, que refleja lo mucho que adora este vino.

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Cata en Oller del Mas.

Nuestra visita acaba en uno de los escondites más especiales de Oller del Mas: las tinas de su planta baja. Sí, el edificio familiar ha restaurado los depósitos y ahora aguardan vinos para su crianza. Pasado y presente en un mismo espacio. “Son vinos donde predomina la fruta frente a la madera”, nos comentan y enseñan sus distintas formas de crianza: barricas de roble francés, huevo de cemento (que aporta cremosidad y menos oxigenación en el proceso), tinajas de cerámica… Finalizamos con una cata única de un sutil, fino y singular Especial Picapoll 2013. Nos mimetizamos con el entorno…

Antes de llegar a nuestro alojamiento, hacemos un alto en el camino para visitar el Petit Celler, una de las tiendas de vino de referencia en la comarca. Nos recibe Josep Pelegrín, encargado de la sección de vinos y conocido por ser Mejor Sumiller de Catalunya 2014 y segundo Mejor Sumiller de España 2014. El establecimiento ofrece además productos de la tierra y una pequeña sala para degustar. Pelegrín nos enseña su tesoro más preciado, escondido en una antigua cámara acorazada de banco (el espacio de la tienda antes estaba ocupado por una entidad bancaria). Ahora los vinos más especiales ocupan el lugar donde se guardaron montones de billetes…No dudamos sobre que es lo que tiene más valor.

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Josep Pelegrín frente a la cámara de vinos y la Masia del solà.

Empapados por la DO Bages, y por la lluvia que nos pilla en este fin de semana, nos resguardamos en la Masia del Solà. Una cálida acogida en una cálida casa de 1700 que funciona como alojamiento, con ocho impresionantes suites, y restaurante. Maria Rosa, hermana del conocido cocinero Nandu Jubany, está al mando de este hotel que facilita al enoturista su merecido descanso y reposición de fuerzas con un desayuno a base de platos de cuchara, productos de la tierra y dulces. No nos vamos de la Masia del Solà sin antes pisar su sótano. Nos reencontramos con el que ya consideramos que es el elemento identificativo de esta zona: un par de tinas abandonadas.

Pasado y presente, el ‘eno-binomio’

Entrada a la bodega Abadal.

Entrada a la bodega Abadal.

La lluvia no nos impide llegar al próximo destino: la bodega Abadal en Santa Maria d’Avinyó, una de las más conocidas con el sello de la DO Pla de Bages. Viñas a lado y lado de la carretera nos saludan con toda la paleta cromática de verdes y marrones. Nos esperan para unirnos al resto del grupo y comenzar la ruta por sus instalaciones. “Cuatro generaciones aún vivas”, nos cuentan, son las responsables de todo el complejo y sus frutos, unos vinos que han traspasado fronteras catalanas. Valentí Roqueta es, además del fundador de Abadal, el actual presidente del Consejo Regulador de la DO y uno sus principales impulsores.

Como si nos introdujéramos en una máquina del tiempo para volver al pasado, pasamos del hall del edificio nuevo a La Masia Roqueta, un auténtico museo del vino. Fechada en 1100, contiene piezas y estructuras, ya en desuso, que nos enseñan el avance de la vinificación. Auténticos tesoros como una prensa de 1883, botas de piel, regadoras y sulfatadoras manuales, barricas y canales hechos con árboles para transportar vino. Un laberinto de objetos curiosos que discurre también por dos antiguas tinas de cerámica. La sala más especial: El Celler de les 13 Botes, donde la familia guarda sus vinos generosos.

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Sala de vino rancio, museo y anuncios en Masia Roqueta.

Junto a la Masia Roqueta, un segundo museo, con carros, básculas, embotelladoras y camiones de época. En las paredes, fotos de la familia Roqueta y carteles que evidencian que allí hubo un tiempo pasado en el que se comercializaban vinos “embotellados Roqueta”, “el vino roquetebueno”. El marketing de la época..

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Cata en porrón en la Sala del Til·lers.

La visita por Abadal toma su cara más degustativa con un par de catas finales, donde descubrimos el buen binomio que forman la tradición y la innovación. Catamos moscatel, mistela y vino rancio en porrón en la añeja y majestuosa Sala dels Til·lers, con botas de 8.000 litros. Y más tarde, en una sala de cata completamente modernizada: Abadal 5 2010, Abadal Cabernet Sauvignon Reserva 2007, el rosado Abadal Cabernet Sauvignon Sumoll 2013, Abadal Picapoll 2013 y Chardonnay, Sauvignon Blanc, Picapoll y Macabeu 2013. Está claro que Abadal es una bodega que mira hacia el futuro pero teniendo muy en cuenta todo su pasado. Una visita de 90 minutos donde -por la lluvia supongo- no pisamos viña pero sí aprendimos que el vino y la historia van de la mano.

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Plato de garbanzos con bacalao y alioli en Cal Carter.

De nuevo en el coche. Más curvas y un flash a la película Entre copas. Con destino a Mura, un  pequeño pueblo medieval del que muchos nos han hablado. ¿Otra vez la Toscana? Sí, pero en miniatura. Un garbeo corto por sus calles empinadas de piedra y una parada en El Celler, una tienda de productos de la terra, donde descubrimos el cigronet de Mura. Este garbanzo chiquito y gustosísimo nos espera, cocinado a escasos metros en un excelente plato de bacalao con alioli. El restaurante Cal Carter, dentro de un caserón de piedra, sirve este plato dentro de su oferta de cocina tradicional y de territorio. Y precisamente del territorio es de donde vemos que son los vinos de su carta, con muchas referencias de la DO Bages y, curiosamente, el vino elaborado en tina por Abadal (Paisatges 1883), ¡cuyas viñas pisamos el día anterior! Al salir, hablamos con Jordi Perich, propietario y cabeza de familia en Cal Carter. La historia del vino del Bages también reside en su casa: “tenemos dos tinas en el sótano del restaurante”.

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Quim, propietario de la bodega Fargas-Fargas.

No queremos desperdiciar que la lluvia nos ha dado una tregua y volvemos al otro lado de Manresa para pisar las viñas de la bodega Fargas-Fargas. En el Bages todo está relativamente cerca, pero hay que ser amigo de las carreteras estrechas y sinuosas. Quim y su mujer Rosa llevan la bodega desde que él decidió instalarse en la casa de su bisabuelo, de quien ha heredado el amor por el terruño, aunque de distinta forma. “Sustituimos las vacas por vino”, nos comenta sonriendo. De los frutos de sus 10 hectáreas de viñedos (plantados con macabeo, chardonnay, picapoll, Cabernet Sauvignon, Merlot y ull de llebre), elabora vinos ecológicos, principalmente varietales. “Antes se plantaban vides foráneas, ahora la tendencia es plantar variedades autóctonas. Por eso he comenzado a trabajar el picapoll, y porque creo en la recuperación de variedades”, nos explica Quim mientras pisamos el suelo húmedo de sus tierras. En Fargas-Fargas el enoturista pasa la mayor parte del tiempo de su visita entre viñedos. “Me gusta que conozcan cómo se cuida la tierra antes de entrar a elaborar el vino”, nos comenta junto a sus dos perros, los eno-guardianes del lugar. Nos imaginamos en la coqueta terraza de su pintoresca casa catando sus vinos, casi hechos a mano por las dificultades de espacio. Tras pasar por la Agrobotiga que cuida su mujer Rosa, no podemos evitar hacerle la pregunta: “Quim, ¿tienes tinas?” Efectivamente, un par enterradas y en desuso.

Gastronomía y cultura también son enoturismo

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Vistas desde la habitación del hotel en Món Sant Benet.

Hablar de enoturismo es hablar de vino y cultura, pero también de gastronomía y salud. Sabíamos de la existencia de Món Sant Benet, en el municipio de Sant Fruitós de Bages, y alojarnos aquel fin de semana en su hotel nos producía sosiego. Nuestra intuición se vio superada por la realidad. Sentir que entrábamos en un recóndito lugar, rodeados de naturaleza e historia… hasta el motor del coche se relajó. El complejo hotelero de Món Sant Benet absorbe todas las buenas vibraciones de la naturaleza que le rodea y eso se respira en su interior. Mirando a través del gran ventanal de la confortable habitación -un cuadro que mezcla pasado y presente por el perfecto y cuidado jardín y el monasterio medieval al fondo-, conseguimos poner a cero nuestra mente y cuerpo para experimentar la siguiente fase de esta ruta: el restaurante L’Ò.

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Verduras del huerto Món Sant Benet con tripas de bacalao.

El gastronómico de Món Sant Benet, con el chef Jordi Llobet al mando de los fogones y galardonado con una estrella Michelin, refleja en su espacio y servicio el karma sosegado del lugar. De hecho, una peculiar tisana -homenaje al gastrónomo Ignasi Domenech- nos da la bienvenida al restaurante. Aromas por doquier: Brasa de pino con butifarras y rovellons; exquisita agua de cebolla con trufa y frutos secos en copa de generoso; ostras con ibéricos, un mar y montaña muy contemporáneo; cremoso de foie con higos en mil texturas; las virtuosas verduras del huerto de Món Sant Benet estofadas con tripa de bacalao; pescado en su habitat con arena, agua y olas… Un recorrido de sabores limpios y puros que reciben buenas parejas de baile de la DO Bages: un singular y alimonado Sumoll Paisatges 1883 de Abadal (hermano del vino de tina que ya hemos hablado), un untuoso y amantequillado Nuat de Ababal, el elegante Bernat Oller 2012 de Oller del Mas y un vino rancio de Abadal, perfecto para evocar al pasado viticultor de la zona en el final del ágape. Comprobado, los vinos del Bages componen una paleta autosuficiente para maridar un menú degustación.

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Interior del monasterio.

Marchar de este complejo sin pisar el Monasterio ni la Fundació Alícia es pecado de enoturista. Reservamos el domingo por la mañana para ello; se llega caminando desde el hotel. Entramos al monasterio benedictino acompañados de Marta Pilsach, una de las guías de Món Sant Benet: “hay visitas adaptadas a todos los gustos”. Dentro del conjunto histórico, hay dos partes diferenciadas: la medieval y la modernista. Nos ponemos en antecedentes: Estamos dentro de uno de los conjuntos de la Edad Media mejor conservados de Catalunya. Los monjes que habitaron, bajo la doctrina benedictina, no se limitaban a la vida contemplativa y trabajaban en las tierras y viñas adyacentes. Un fantástico audiovisual, con efectos especiales, nos detalla la historia. Al pasar por el claustro se nos para el tiempo. Es el único románico en Catalunya que conserva los capiteles y con la paz que transmite el lugar y las historias que nos cuentan sus capiteles -y Pilsach- podríamos estar horas allí. Al pasar por la cocina olemos a tomillo. “Sí, queremos que durante la visita se despierte el sentido del olfato”, nos aclara Pilsach. Otro aroma que se suma a la ruta enoturística. Un nuevo audiovisual, en la parte de la bodega -con dos antiguas tinas en su interior-, nos lleva hasta el siglo XVII cuando en el monasterio del Món Sant Benet se producían hasta 14 variedades de vino. Impresionante. Escaleras arriba y nos adentramos en un mundo completamente diferente: el modernismo. En 1907 el recinto fue adquirido por la familia de Ramon Casas, conocido pintor de la época. Un recorrido por habitaciones, cuadros y colecciones inéditas.

Huertos junto al Monasterio.

Huertos junto al Monasterio.

No nos queremos ir de Món Sant Benet sin pisar las instalaciones de la Fundació Alícia, cuyo director es el caníbal Toni Massanés. La visita al monasterio se puede complementar con alguna actividad en este centro de investigación dedicado a la innovación tecnológica en cocina. “Vienen muchos niños y familias”, nos explica Pilsach. Buscamos ya agenda para apuntarnos al Huerto en la Cocina, un paseo didáctico y culinario que enseña todo el patrimonio agroalimentario actual a través de la visita a los huertos de los antiguos monjes. Nos despedimos de Pilsach en la tienda de Món Sant Benet, un escaparate ejemplar de la gastronomía y el vino de todo el Bages.

Última parada: Artium, Celler Cooperatiu d’Artés. Esta bodega, conocida por sus cavas, nace en 1908 para dar salida a un superavit de vino tras la recuperación de la filoxera. La visita a Artium nos enseña un prisma completamente distinto al visto hasta ahora. Un recorrido por sus instalaciones, con tres pisos subterráneos gigantescos, nos demuestra la historia centenaria del lugar. En otro tiempo pasado  la construcción del Celler Cooperatiu habría sido carne del programa Megaconstrucciones. Una exposición en la sala principal de la bodega y las explicaciones de Víctor Berenguer nos demuestran las idas y venidas de los pageses en su lucha colectiva por mantener los viñedos de Artés activos. Un dato relevante en toda la historia de Artium: La afición de uno de sus presidentes por el Picapoll fue lo que hizo que esta “variedad tan complicada” se haya conservado. Anna Berenguer es la enóloga de Artium pero no se encuentra hoy y completamos la visita con una degustación de sus vinos junto al sumiller Damián Vila, un argentino que lleva 15 años disfrutando enológicamente de la comarca. “Las catas son para aprender y disfrutar, no hay que saber de vinos”, nos comenta Vila mientras probamos el Picapoll Artium en bóta, dulzoso y brillante como su uva, un humilde, potente y el joven Artium Caprici de Merlot.

Nos marchamos del Bages con el sabor de dos dulces caprichos de Artium, con los que llenaremos nuestra despensa tras pasar por su agrotienda: vi Rosat Dolç Natural, con poco alcohol y elegantemente dulce, y su especial Mistela de picapoll, algo único en el mundo.

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Pere Berenguer, instalaciones y vinos catados.

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4 Comentarios

  1. Josep dice:

    Hola, soy Josep Pelegrin. Simplemente un comentario. En el articulo aparece que soy Nariz de Oro 2013. No es cierto. Soy Mejor sommelier de Catalunya 2014 (concurso oficial de la ACS) y segundo Mejor sumiller de España 2014 (concurso oficial organitzadors por la UAES). Gracias.

  2. Redacción dice:

    Hola Josep, ya hemos corregido el error. Disculpas y gracias!

  3. Juan dice:

    A veces ensalzamos lo de afuera sin saber lo que tenemos en casa!!
    Una ruta maravillosa!!