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Actualidad

Un camino abierto

Raquel Rosemberg
Raquel Rosemberg 25/3/2015Comentarios

Los argentinos tenemos fama de quejosos -“shorones” se cachondean de mí mis amigos catalanes. Tenemos un país grande, generoso, con riquezas naturales, y un pueblo con buen nivel cultural. Sin embargo, aquí nació el tango, el lamento constante. Somos muchos los que creemos que la Argentina puede y merece otro destino. Los chicos de la fundación Camino Abierto lo tienen claro: lo demuestran día a día.

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Cocinero del restaurante

La primera vez que llegué a este lugar, hace casi 20 años, lo tomé como una salida al campo. Me decía: recorrer una hora de viaje desde el centro de Buenos Aires (70 km) con destino al pueblo de Carlos Keen sería un paseo. Iba a escribir un artículo sobre dos “tipos” (perdonen, hoy me sale en porteño, sic) algo raros: Susana y Hugo, un matrimonio que hasta hacía poco eran una de esas parejas modelo, “de catálogo” acota Susana: buen pasar, casa propia, dos coches… Pero cuando se iban a dormir, comentan, parecía que llevaban a la cama a los del banco, a los delegados del sindicato, al personal de la fábrica… una multitud, aunque a veces se colaba Vittorio Gassmann, lanza una carcajada Susana y agrega, también era bienvenido Mastroianni. Un día, después de hablarlo mucho entre ellos, decidieron desalojar a todos los que aparecían en el dormitorio y terminar con la fábrica. Hugo, un santo, siguió el camino elegido por Susana (aunque ahora dice que debió haberlo tomado antes y Susana lo corrige y dice: fue el momento adecuado). Lo compartieron con sus hijas, ya casadas, teniendo como lemas “Agradecer la existencia” y que “la vida es una broma cósmica”.

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Huerta Los Girasoles

El proceso fue largo, pero lograron cambiar el rumbo. Primero, casi por casualidad (¿existen?), adoptaron un chico en situación de abandono, al que se fueron sumando más. La única condición que ponían fue y es que provengan de juzgados de menores, que no tuviesen antecedentes penales, ni problemas con adicciones. Vendieron todo, compraron un terreno en Carlos Keen, provincia de Buenos Aires, y hacia allí partieron. Comenzaron a construir su nueva vida. Uno de los chicos apareció un día con unos gansos regalados por un vecino: fue el comienzo de la granja, a la que se sumó la huerta y más tarde el restaurante Los Girasoles. Estaban fundadas las bases de lo que es hoy la Fundación Camino Abierto.

Esa primera vez, el restaurante tenía apenas unos 40 cubiertos. Unas caritas asomaban por la puerta de la cocina, pero los ravioles que probé fueron de los más ricos que comí en mi vida. La fuerza de Susana es contagiosa. Volví a mi cómoda casa con el mundo y mi cabeza “patas para arriba” y salí a buscar apoyo: bodegas, difusión entre colegas, cocineros. Todo el mundo se sumó, de eso pasaron 20 años. Regreso cada tanto, ahora me gusta hacerlo con mis nietos que persiguen patos y cabras. Las pocas mesas se transformaron en varios espacios para más de 300 cubiertos, deck de madera para las bailantas…

Los chicos son cada vez más, llegan a los 7 años y teóricamente se deben ir a los 18, pero como ocurre en todas las familias, se quedan y los que se van, vuelven para trabajar en Los Girasoles.

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Empanadillas

La huerta biodinámica que conocí, hoy es casi un bosque, donde crece de todo, hasta los vegetales más raros y en cantidad. Me cuentan que este año tuvieron tantos tomates, que el gobierno les regaló una secadora, para deshidratarlos, y que ya están pensando en elaborar dulce de zapallo (calabaza) a la usanza argentina (pasados por cal), porque no saben dónde ponerlos. Crían todo tipo de animales de granja que les proveen leche, huevos y carne para el restaurante, donde en el último menú se podía probar ensalada de la huerta (cosechada en el momento), conejo a la cazadora, ñoquis caseros, pollo de campo relleno, ravioles de borraja o de calabaza, cerdo cocinado en hornos de barro (que los mismos chicos construyeron, hornos de donde también marchan panes y tortas con un sabor especial). Otra especialidad que suelen ofrecer es el arroz graneado, que obtiene su punto en la cocina solar de diseño propio. El menú cambia según la estación y siempre hay un plato del día, dependiendo de la cosecha. Tampoco faltan las empanadas (empanadilla) y para el final: flan o budín con dulce de leche y crema, todo casero. Quienes quieran alargar la estadía se pueden quedar a dormir, porque cuentan con hospedaje en cabañas auto construidas, una piscina para zambullidas y el día sin trabas, para estar en contacto con los animales, aunque cuidado: a las cabras les gustó mi vestido y casi lo pierdo en la aventura. A veces reciben empresas que piden pasar el día, pero puede llegar a ser riesgoso: en una de las últimas visitas, una gran ejecutiva, después de la experiencia, llegó a su casa y mandó la renuncia. Se había replanteado su vida y decidió hacer lo que realmente le gustaba.

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los animales de Los Girasoles

El secreto del crecimiento de Camino Abierto, me cuenta Susana, es entenderlo como una empresa, un proyecto integrador: el restaurante debe crecer y auto sustentarse para que el resto de los programas sociales sigan en marcha. Para eso es básico, por ejemplo, comprender el circuito de la energía que me explica Hugo: vegetales y animales son la base del restaurante y de los productos que venden. Con sus desperdicios alimentan a los animales y fertilizan la tierra y a su vez, con los desperdicios de los animales producen biogas, con un biodigestor fabricado por ellos mimos. Por eso, nos reímos cuando de una mesa piden ayuda porque hay hormigas y Hugo les contesta: no hay problema y corre la mesa: las hormigas siguen tranquilas haciendo su vida.

Pero si alguien pudiese imaginar que esta pareja iba a cerrar el círculo de sus sueños solo con el restaurante, no los conoce. Desde hace unos años, abrieron la fundación a la comunidad. Esto se traduce en que además de darles a los chicos de Camino Abierto una educación formal (y además, tienen claro que aquí todo el mundo debe trabajar según sus posibilidades), abrieron una escuela de cocina (donde también concurren los vecinos), a la que sumaron una escuela de cocina conciente y huerta para los más chicos, porque el paladar se educa. A su vez, después de las cacerolas, los chavales (me están saliendo españoladas, todo se aprende) tienen clase de música y armaron su orquesta sinfónica con 60 integrantes, más una escuela deportiva, con equipo de fútbol. Susana observa los talentos y los apoya. Por ejemplo, el chiquito que me está sirviendo la bebida asiente: es camarero los fines de semana, de lunes a viernes estudia, es uno de los violines de la orquesta y uno de los que destacan en el equipo de fútbol. Lo mismo ocurre con el resto.

Y para cerrar el círculo, incluyeron a la tercera edad. Organizan escuela de tango y folclore, con show los sábados, donde los clubes de jubilados asisten y participan y los chicos les preparan comidas típicas. Entonces, cuando tanto se habla de crisis, no hay que olvidar que los seres humanos tenemos la capacidad de encontrar diferentes salidas. En un pueblito perdido de la Argentina se cocina otra historia. Compartirla con ustedes, como lo hice hace ya muchos años, es mi manera porteña de brindar con 7 Caníbales… ¡por la vida!

Información

Calle Roca, a 200 metros de la despensa Cachi, Carlos Keen, +02323-495041 www.caminoabierto.org.ar