Revista Gastronómica Digital
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El convidado

Macarrones, pollo y helado de vainilla

Ada Parellada
Ada Parellada 4/8/2008Comentarios

¿Quién inventó el menú infantil? ¿Quién creó la fórmula mágica?

La respuesta es sencilla y nada tiene que ver con mentes dominadas por el marketing, ni con gurús gastronómicos, ni tampoco con linces financieros, ni tan siquiera con recomendaciones nutricionales.

Simplemente, quién diseñó el menú infantil fueron los propios niños, estas mentes libres que en cuanto tienen poder de elección, emplean un único criterio, el hedonismo. Ni salud, ni aventuras ni aprendizajes: conocido y agradable al paladar, son los parámetros que un niño tiene en cuenta cuando tiene que escoger una comida.

Hay una verdad incuestionable, a la mayoría de los niños del ancho y largo mundo les gustan los mismos alimentos: pasta, carne, patatas y helado.

Y, a su vez, a prácticamente todos los niños les disgustan los mismos alimentos: legumbres, pescado y verduras.

¿Cuál es la curiosa razón del mimetismo gustativo entre los niños de todo el mundo?

Encontramos una explicación en las necesidades fisiológicas infantiles; los niños crecen y se mueven. Los nutrientes cuya función es la de hacernos crecer y darnos energía son las proteínas y los hidratos de carbono.

La proteína de mayor calidad se encuentra en carnes, huevos y pescado. La carne y los huevos nos aportan, también, grasas, que aseguran a los niños reservas de energía; a diferencia del pescado, cuya aportación de proteínas es importante, pero es excesivamente magro.

La pasta, y los cereales en general, son ricos en hidratos de carbono de absorción lenta, ideales para contrarrestar el desgaste físico; el azúcar es hidrato de carbono de absorción rápida, necesaria para el consumo de energía inmediato.

Así, pues, como la naturaleza es sabia, el sentido del gusto nos conduce a preferir aquellos alimentos que nuestro organismo necesita de inmediato.

Esta afirmación es altamente peligrosa si se toma al pie de la letra, de manera que solo nos preocupemos de dar a nuestros niños aquello que su organismo nos pide a gritos a través del gusto. Hay  que tener en cuenta que los adultos tenemos la responsabilidad de crear una especie de “plan de pensiones de salud” para nuestros hijos, esto es, de asegurarles una edad adulta plenamente saludable, y por ahí pasa la necesidad de tener en cuenta una alimentación variada, llena de nutrientes reguladores – vitaminas, minerales, fibra y agua – que se encuentran en profusión en las verduras y las frutas, pero también en las legumbres y el pescado.

Por lo tanto, aunque a nuestros niños no les gusten demasiado, en la mesa debe haber a menudo, legumbres, pescado y verduras.

Sí, muy bien, para verduras, pescado, legumbres y malos rollos ya están los padres y el colegio. El restaurante es el templo de la felicidad, dónde se come por placer, donde amablemente nos sirven, donde todo vale porque un día es un día. Y para este día mágico, los restaurantes ofrecemos un único e innegociable “menú infantil” basado en el sota, caballo y rey que se traduce en la carta como “macarrones, pollo y helado”; la baza que no falla, que a todos los niños les gusta y con el que no van a rechistar, no van a llorar, no habrán dramas, y no van a molestar a sus padres, dejándoles comer tranquilos.

Ahí, ahí está el tema: la tranquilidad. Los padres, agotados de toda una semana de estrés laboral, de prisas matinales y de logísticas extraescolares, acuden a los restaurantes el fin de semana pretendiendo simplemente eso, estar tranquilos y descansar de los quehaceres diarios, a la vez que no se sienten con fuerzas para contradecir los deseos de sus retoños.

Me parece lícito, lo entiendo perfectamente, porque lo he vivido, no como restauradora sino como madre. Confesaré que yo también he deseado que mis hijos me dejaran comer en paz y, que a menudo en los restaurantes, he pedido el menú infantil para que callaran sin tenerles que obligar a comer.

Pero, a veces, solo para divertirme, imagino estar con mis hijos en la mesa de un buen restaurante, y oír recitar al dueño del local:

– El menú infantil que hoy ofrecemos a nuestros menudos clientes empieza por una liviana crema de lentejas chispeantes, continua con una pequeña porción de quiche de espinacas y piñones, para seguir con media dorada al horno con patatas suflé y acaba con un barco pirata de melón relleno de fresas y helado de yogur. –

Si hubiera algún empresario que “se atreviera” a diseñar este – a mí entender – interesantísimo menú infantil, muy probablemente se encontraría con una fuerte animadversión de los padres, quienes verían tambalear su “fiesta en paz”.

Estoy convencida de que los padres rechazarían tan suculenta propuesta con un lacónico “¿No tienen nada más normal?”

Y, perdón, ¿dónde está la anormalidad del menú?:

a) ¿En las lentejas, las espinacas, la dorada, las patatas, el melón, las fresas o el yogur?

b) ¿En el equilibrio nutricional del menú, que tiene en cuenta incluir la mayoría de los grupos de alimentos?

c) ¿En el interés del cocinero en ofrecer un menú atractivo con alimentos, en general, rechazados por los niños?

d) ¿En el interés del dueño del local en ofrecer un menú educativo, a la vez de saludable?

La anormalidad radica en que durante el fin de semana, la educación y la salud no interesan, ni a los padres ni a los empresarios. Los restaurantes no somos ni una escuela ni un centro de salud, somos un negocio y, por lo tanto, nuestro objetivo es satisfacer, en todos los casos, a nuestros clientes.

Educación y salud son términos propios de los días de diario, asociados a horarios, rutinas, disciplinas.

De acuerdo. Siempre y cuándo así sea. Pero, permitidme que analice someramente como estamos educando en alimentación a nuestros hijos los días de cada día.

Al mediodía los niños comen en la escuela, unos menús equilibrados y muy correctos, esto sí, pero muy sencillos –  por decirlo de alguna manera – desde el punto de vista organoléptico.

Por la noche, de lunes a viernes los padres vamos tan apurados de tiempo que no nos queda ni un minuto para dedicarle a la cocina, de manera que cuándo es la hora de cenar, lo “solucionamos” con cualquier cosa; porque, además del poco tiempo disponible, los nutricionistas nos recomiendan cenar ligero, por lo que algo a la plancha, un tomate aliñado y un yogur es suficiente para cumplir el protocolo de la cena.

El viernes empieza la sensación de libertad, y una pizza comprada, y engullida ante la televisión, es siempre bienvenida por toda la familia.

Podemos dilucidar, ante este panorama, que una excelente educación en alimentación basada en una dieta variada en sus nutrientes, un interés en el conocimiento de las materias primas y en el placer de descubrir matices organolépticos en cada uno de los platos, no es lo más habitual en nuestros domicilios.

Así, pues, llegamos a la conclusión que sería el fin de semana el momento ideal para dedicar las comidas y las cenas a educar el paladar de nuestros hijos. Y, es el restaurante, con todos sus recursos – materias primas escogidas, cocineros experimentados, osadía en la combinación de sabores – el espacio ideal para realizar esta tarea.

Pero, el restaurante nos ofrece muy pocas opciones para los niños: O el susodicho menú infantil o unas raciones considerables o unas propuestas excesivamente complejas para el paladar infantil, que no han estado expresamente diseñadas para ellos.

En definitiva, ante tal panorama, el menú infantil impera, toma protagonismo y va cerrando las posibilidades de aprendizaje gustativo en el niño.

¿Cuál es la solución? Difícil pero posible.

Es evidente que un solo restaurante no puede luchar al estilo “llanero solitario” contra los estereotipos y el rechazo palatal de los niños, ofreciendo menús tan poco usuales como el sugerido unas líneas antes.

La solución radica en trabajar en equipo, en iniciar una campaña común, general, en la que la mayoría de los restaurantes nos comprometamos a ofrecer un nuevo menú infantil, cuyo objetivo primordial sea despertar los paladares más exigentes: el paladar infantil.

El idílico menú infantil debería contemplar los siguientes aspectos:

  1. sabroso, delicioso, bien cocinado.
  2. equilibrado desde el punto de vista nutricional
  3. con introducción de nuevos sabores y nuevos alimentos, de manera “no traumatica”, esto es, que sea suave y diseñado especialmente para los niños

El primer punto, y el más importante, que el menú infantil sea sabroso, delicioso y bien cocinado, parece obvio, pero es el que más falla. Los menús infantiles que se sirven actualmente en la mayoría de los restaurantes, aunque no podemos generalizar, por supuesto, no cumplen los citados tres aspectos, pero, sobretodo, no cumplen el primero, puesto que bajo la argumentación de que los niños no aprecian la comida, pocas veces están bien cocinados.

Aún así, vamos a ser optimistas, podemos hacer muchas cosas, hay un gran y arduo  recorrido por delante. Solo es necesario concienciarnos de que los restaurantes tenemos el deber de servir a la sociedad, lo que incluye un importante papel en la educación en alimentación de nuestros futuros clientes.

8 Comentarios

  1. calignasi dice:

    pues en casa nosotros por falta de solicitud lo desterramos de la carta ya hará tres años sólo que tenemos platos al alcance de los niños y tres o cuatro veces al año nos solicitan macarrones. Creo que es más convencer a los padres de que sus hijos comerán otras cosas, un solomillo entre dos, un buen helado como por ejemplo de vainilla de Papantla que es muy sabroso y aunque estén dentro de un postre diferente no cuesta nada hacer un apartado para poner tres bolas en un cuenco o que restaurante no tiene un plato de pasta? auqnue sea solo hervida con mantequilla y queso?
    También es verdad que restaurantes que estamos a 100 kms. o más de ciudades importantes el comensal viene más predispuesto a dejarse aconsejar y se arriesga más a que sus hijos que ya llevan todo el día jugando o han ido de excursión cuando llegan vienen más relajados y con hambre y ahí si que jugamos con esa ventaja.
    En casa oir comentarios de “pues en casa no se lo come” “deja la mitad” y otras es bastante normal. Yo soy partidario de que los niños coman como los padres, menos cantidad eso sí, y los clientes jóvenes que hemops ganado por insistir es considerable.
    Que sepais que nos atrevemos a ir con nuestros niños hasta con cocinas estrelladas y no salimos defraudados, al revés si dedicamos un ratiro a educar son clientes de futuro y luego nos presentarán a sus novias-os y a mi me gusta….

  2. xavier agulló dice:

    Preclara y acerada visión, la de Ada, sobre un tema que afecta, me temo, a territorios tan estratégicos como la alimentación y las dramáticas problemáticas que induce en el presente y el futuro de la infancia.
    Hace ya unos años que Ada, desde su solidaria y desinteresada conciencia social, realiza un trabajo asombroso aunque local y a menudo sordo. Aquí, desde luego, se debería implicar más la administración. Nos va algo más que unos macarrones, ¿no?. Y también te sugeriría la sinergia con otras entidades privadas, caso de ALICIA, que seguro podrían amplificar y dar ámbito más global a una pasión que se me antoja más que necesaria, perentoria.
    Recibe, Ada, mi admiración por tu singular pero valiosa trayectoria en defensa de un futuro mejor.

  3. lletres i vi dice:

    He coincidido con Ada algunas veces y siempre la he visto “al peu del canyó”, educando a los más peques o a los que no lo son tanto. Su menú para gente joven (donde pagan según su edad) es muy interesante porque después de los macarones, si sigue sin haber una cultura gastronómica, las citas de los adolescentes son de pizza y lambrusco. Es de agredecer que los jóvenes puedan disfrutar de la emoción y el arte de la comida adaptados a su economía.

  4. Gabriel Barrachina dice:

    Creo que el artículo es muy interesante por diversos motivos:
    1.- Desde mi experiencia de niño y adolescente al que le encantaba comer y probar e incluso cocinar nuevas cosas (ahora a mis 36 años me sigue gustando probar y cocinar nuevas cosas) me resultaba frustrante el que siempre el susodicho camarero o maitre se empeñara en endosarme el “menú infantil”, que obviamente no me interesaba en absoluto, y además soportar la cara de incredulidad al pedir un solomillo al roquefort.
    Por suerte tengo una familia y unos amigos a los que les gusta el buen comer y me llevaron al restaurante de referencia de mi zona en aquel momento: La Venta del Pilar (Alcoy) restaurante ya desaparecido que me permitió con 14 años probar delicias como las angulas o el steak tartar.
    2.- A mi hijo e 3 años le cuesta comer, le gusta casi todo, pero en pequeñas cantidades, vamos que se cansa rápido de lo que está comiendo. A mi me encantaría que probara nuevos sabores, nuevos platos… y aunque estoy de acuerdo en que a veces también me viene bien el menú infantil, sobretodo por el tema de la “tranquilidad”, me encantaría poder ofrecerle a mi hijo un menú del estilo al que propones en el artículo, y además que el se sienta “integrado” en el asunto culinario… Ellos se dan cuenta de que tu comes un plato elaborado y para ello vuelven a haber los mismos espaguetis que comen en el cole (o peores que al meno en el cole de mi hijo se come muy bien, y lo digo porque yo también como allí de vez e cuando) y aunque les encanta.. yo creo que a veces también les cansa.
    En cuanto a mi tranquilidad comiendo, si es eso lo que pretendo, y muy a la larga, me voy a algún buen restaurante con mi mujer… y los niños encantados de comer en casa de sus abuelas que les haces fantásticas y equilibradas comidas.
    Por último, desde mi punto de vista como docente, en las escuelas solo trabajamos el componente nutricional, no solo en los comedores escolares, sino también cuando se habla de cocina en el aula.
    EL año pasado desde la semana cultural hicimos una breve incursión en el mundo del gusto, que no relataré para no hacerme pesado, y que fue un verdadero éxito.

  5. ada parellada dice:

    Gabriel,
    Llevo varios años proponiendo al departament d’educació de la Generalitat de Catalunya elaborar un “catálogo” de talleres escolares en los que se trabaje, principalmente, los aspectos más “gastronómicos” de la alimentación; esto es, el despertar de los sentidos, la cocina como patrimonio de toda cultura, el conocimiento de los alimentos y su transformación como resultado de un proceso culinario; precisamente para equilibrar la temática nutricional impartida como único aspecto asociado a la alimentación; y con el objetivo de paliar los desarreglos alimentarios infantiles con los que los medios de comunicación nos alertan a diario.
    Así, pues, celebro sinceramente que dedicarais una semana cultural al sentido del gusto, y me estaría encantada de conocer todos los detalles de las actividades realizadas, talleres y propuestas, por lo que te animo a que relates el acontecimiento tanto como lo desees.
    Aunque la responsabilidad de la educación en alimentación recae, sin lugar a dudas, en los padres, creo que la escuela juega un papel importantísimo, como coeducadora, puesto que los padres, a menudo, no tienen el tiempo, la paciencia, los conocimientos ni las herramientas para educar en alimentación, y a las pruebas me remito…

  6. Jorge Vázquez dice:

    Las recetas saludables para niños, incluso en el restaurante, creo que son un deber disponer de ellas. Habrá padres que inculquen a sus hijos una alimentación diferente a otros, y por ello, unos irán a comer fuera les pedirán pollo con patatas. Sin embargo habrá otros padres cuya educación a sus hijos la enfoque más a una alimentación sana y equilibnrada, y desearán que los suyos coman en el restaurante un filete de pez espada con verduras. Creo que es una cuestión de conciencia y educación, que como bien sabemos todos, es muy variada, al igual que el gusto.

  7. Book of Ra dice:

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