Revista Gastronómica Digital
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El convidado

Receta (y 3). Un relato.

Saúl Cepeda
Saúl Cepeda 23/7/2012Comentarios

Decidió entonces volver esa misma noche y comprobarlo, penetrando en los fogones si era necesario y comprobar así lo incómodo de su presencia durante la elaboración de pan.

Repitiendo la operación de los vasos de agua, pero habiendo evacuado en el orinal antes de ponerse en marcha, volvió a escrutar la cocina desde su horadado acceso. Lo que vio entonces sobrecogió su mente.

Los mulatos entraron por la puerta que siempre había visto cerrada, transportando un tonel embreado de grandes dimensiones. Lo depositaron junto a uno de los hornos, cuyas ascuas avivaba entusiasmada la hija con ayuda de un gran soplillo. Los hombres destaparon el barril e introdujeron sus poderosos brazos en él. El infalible olfato de Marcel detectó entonces el aroma de un vino amontillado elegantísimo, con un sutil matiz acerado, pleno de glicerinas. En un principio el francés pensó que sus ojos le engañaban, pero el tiempo fue suficiente para ver con precisión cómo de la cuba sacaban el cuerpo de un hombre rollizo, de grotesco color cerúleo, horriblemente abotargado por la inmersión en el líquido. A una mirada de la madre, como si aquello se hiciera de memoria, los negros arrojaron el cuerpo a los tizones del horno en el que se produjo una breve deflagración flamígera.

Después la mujer mayor, sujetando su colgante, dijo unas palabras en una lengua que era todavía más incomprensible que el inglés para Marcel, repitiéndolas en sosegada letanía mientras el cuerpo se consumía entre las llamas.

Souvestre comprendió en el acto lo que estaba sucediendo. Ese era el molido que había encontrado en la urna y él estaba siendo engordado…

¡Su destino estaba en aquel barril!

Luego harían con él lo mismo que con el cadáver y así formaría parte de aquella siniestra y deliciosa panificación: alguien comería sus cenizas; sus recuerdos, su memoria, su más pura esencia. Enloquecido por el horror, sólo pensó en escapar, pero ignoraba por dónde podría hacerlo. Se negaba a convertirse en ingrediente, pero no pensaba arriesgarse a empujar puertas cerradas hasta que aquellos gigantes oscuros lo pusieran a macerar como un pepinillo de la Provenza. Recordó el patio y sus árboles, pero para llegar a él debía atravesar la cocina. Contuvo el aliento y esperó a que los ocupantes de la misma hubieran acabado con sus tareas. Largo rato hubo de aguardar, una eternidad de miedo en la que cada sonido inesperado paralizaba su corazón, hasta que las cenizas fueron recogidas y guardadas en su receptáculo. Al final del proceso apenas si quedaban pocas pavesas y unos pocos dientes. Marcel pudo ver cómo la joven devolvía éstos últimos al fondo del tonel de vino generoso, ya sin el lastre del cuerpo. Los negros se lo llevaron por donde habían venido y las mujeres tomaron el camino del corredor.

Con la estancia vacía, el francés se deslizó a toda prisa hacia el patio, sin poder evitar dedicarle un vistazo al horno, que ahora se le sugería como la misma boca del averno. Le faltó tiempo, de esta suerte, para hacerse con un cuchillo, el más grande de cuantos vio. Al ritmo obligado de su insidiosa cojera a la que creía haberse acostumbrado hasta que miró a los ojos del terror, hizo cuanto pudo para abandonar cuanto antes aquel lugar. Hacía no mucho, pensó, había sido el hogar soñado, uno del que nadie en su sano juicio habría querido marcharse. Unas horas antes él era quién se proponía una maldad que ahora, comparada con los sucesos más recientes, era la travesura de un santo.
Las cosas cambiaban, pensó, y lo hacían muy rápido.

Uno de los manzanos, tal y como recordaba, le permitiría encaramarse al tejadillo de la segunda planta y ya desde allí encontraría la manera de bajar y correr mucho y muy lejos. Comenzó su desafío alpinista, atropellado como si le sobraran extremidades.
Y entonces volvió a notarlo.

Era el inconfundible picor en la cerviz.

Se trataba de la mujer más mayor. Lo observaba con una tranquila expresión de femenino huroneo, casi coqueto, tendiéndole la mano. El corazón de Marcel casi salió por su boca del respingo. Ella se acercó y él aferró el cuchillo: no era un asesino y todos los intentos que había llevado a cabo en su vida por hacerle daño a alguien sólo lo habían conducido a toda clase de lesiones y accidentes personales que lamentar, pero ¡qué demonios!, a sus ojos aquella mujer nigromante era la madre de todas las brujas y cualquier ignominia que hubiese escuchado en ese mismo instante no le habría impresionado más que los ojos serenos y fríos de su anfitriona, los cuales, estaba más que seguro, eran capaces de poseerlo con un horrible sortilegio. Alentado por el pánico, expuso su mano armada y apuñaló en el pecho a la mujer. Ésta abrió los ojos en un rictus espantoso de sorpresa y horror, como si no esperara ser acuchillada de buena mañana.

Ningún ruido, sin embargo, salió de sus labios.

El gabacho, ya en materia, se dejo llevar por el fragor sanguinario, asestando atroces golpes con el arma blanca en el cuerpo de su provecta anfitriona, continuando mucho después de que el último aliento la hubiera abandonado, conducta que brindó a su novato asesino un aspecto poco apropiado para llevar a cabo cualquier clase de visita social.

Cuando contempló lo que había hecho, el fino hilo de cordura que conservaba Marcel Souvestre se desmoronó. Trepó como una ardilla silvestre por el árbol y saltó hasta el tejado con agilidad urgente, como si un gato montés se hubiera apoderado de sus miembros, incluso de la pierna tullida. De ahí casi se dejó caer a la acera ignorando el dolor de sus rodillas, corriendo por las calles sin rumbo aparente, buscando la distancia, un concepto mental más que un lugar.

En el año 1829, sir Robert Peel, ministro del Interior del Imperio, había creado una moderna fuerza, la Policía Metropolitana de Londres, que rápidamente se acostumbró a lidiar con los crímenes más atroces y los delincuentes más execrables. Mientras, el condado de Kent, al cual pertenecía la ciudad de Dover, sólo contaba con un superintendente y unos pocos condestables, la mayor parte de ellos agradables borrachines de amables modales, alérgicos a los problemas. El joven Carl Ferdinand había ingresado en la policía para poder estar cerca al mismo tiempo de su madre -enferma hacía años- y de Molly O’Brennan, una prostituta irlandesa de buen corazón que había desvirgado al muchacho e incluso le guardaba un cariño especial, como si se tratara de un cachorro de golden retriever.

Cuando el joven ayudante de condestable Carl vio salir una aparición ensangrentada de entre la niebla, corriendo como un pollo sin cabeza, directamente en su trayectoria, hizo lo que cualquier hombre muy asustado hubiera hecho y aporreó al francés hasta dejarlo sin sentido y un poco más, sin tener claro, hasta que pudo tomarse un ponche de grog en las dependencias policiales, si a quien había abatido no era el mismo fantasma de Canterbury.

Marcel Souvestre no pudo hacer una declaración convincente de lo sucedido, puesto que quien se encargó de traducir cuanto decía, un viejo marinero al que todos conocían como Jack “dos dientes”, realmente no dominaba el idioma del otro lado del Canal tal y como había asegurado, sino quizás un poco menos, al nivel de un bebe gabacho, habiendo sido ahorrativo con la verdad para poder percibir los cinco chelines prometidos por desempeñar esa labor. En aquel momento toda la ciudad sabía que Mamá Anne, la respetada ama del obrador, había sido brutalmente asesinada en su hogar. Ella era una institución local, descendiente de una familia de virtuosos panaderos, cuyas elaboraciones eran reclamadas por la más alta nobleza local e, incluso, por la misma Reina Victoria en sus visitas al sur. La difunta, al igual que su hija, fue tocada por Dios en su oficio, pero a cambio Éste se llevó la voz de ambas, motivo por el que, según se decía, las dos desdichadas mujeres habían sido abandonadas por tantos maridos, los cuales, tras convivir con ellas un tiempo, se marcharon para no volver jamás.

Jack “dos dientes”, horrorizado por el crimen y nada dispuesto a perder sus cinco chelines, le evitó a Marcel Souvestre el engorro de defender su inocencia y se limitó a afirmar todas las acusaciones que pesaban sobre él, incluso cuando el superintendente (llegado desde Kent al conocer la gravedad del crimen) se sorprendía de que una larga parrafada del francés se convirtiera en un sucinto monosílabo.

Jack “dos dientes” se limitaba a asegurar con cazallera convicción que el francés era un idioma así de complicado y que por eso Napoleón había perdido en Waterloo, puesto que por cada instrucción de su bando se daban doce inglesas. Una precisa descripción de Souvestre acerca de las macabras prácticas de Mamá Anne y su hija en la tahona tuvo tanta trascendencia como la misma nada.

El fiscal de la Corona no pestañeó a la hora de pedir la horca y tampoco le supuso un problema al juez concederla. Ni siquiera tuvo suerte Marcel cuando le pidieron que eligiera algo para tomar en su última cena. El bedel encargado de la gestión, incapaz de entender al francés, prefirió decir que no quería nada a esforzarse en conseguir una respuesta.

Cuando Marcel se dio cuenta de lo que sucedía, ya estaba subiendo las escaleras del cadalso. Colgó por el cuello hasta la muerte y llegado el momento pensó que después de tantas cosas, no le vendría mal un sueñecito.

En un acto de perdón cristiano que fue aplaudido por toda la comunidad, Anne hija, ahora Mamá Anne, asumió los gastos funerarios de Marcel, haciéndose cargo sus criados del cadáver. Las cenizas de su madre ya reposaban en otra urna de la cocina, una que, desde hacía siglos en su familia, sólo se empleaba en las recetas más especiales.

Los sirvientes negros, últimos miembros de una raza de aborígenes de una isla del Pacífico en la que no se conocía el color blanco, enterraron al desdichado Marcel Souvetre bajo los manzanos, junto a sus gruesas raíces.

Donde no le faltó compañía.

Fin