Revista Gastronómica Digital
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De narices

Vino y flamenco, diálogo sonoro

Cristina Alcalá
Cristina Alcalá 22/2/2011Comentarios

En el pasado mes de Noviembre el flamenco fue declarado Patrimonio Intangible de la Humanidad por la Unesco. El vino, tangible y bebible, no se ha llevado nada. Bueno, seamos optimistas, un poco sí, ¿no forma parte su consumo moderado de la dieta Mediterránea?. Pues eso, algo de consideración ha tenido la Unesco.

El guitarrista Rafael Riqueni tocando en Bodegas Ontañón

Pero más que de dietas, me gustaría hablar sobre el arte del flamenco y reflexionar sobre su relación con la cultura del vino. El motivo no es solo porque está de enhorabuena, sino porque da la casualidad de que en el último año he asistido a varios encuentros flamencos donde el vino tenía una presencia importante; he conocido a guitarristas, cantaores y palmeros de muy buen beber, entendidos y amantes apasionados del vino. Incluso en una ocasión tuve la oportunidad de compartir una interesante jornada de cata y flamenco, no sin cierto temor ante la audiencia que acudía, pues para mí era la primera experiencia “en directo” . Fue en Santa Cecilia (veterana tienda de vinos en Madrid), y mi compañero era El Mami, guitarrista que ha acompañado a  grandes voces del flamenco. La atención, el silencio, la calma de las casi cien personas allí reunidas me impresionó. Un estilo, un palo, diálogo sonoro. Expresiones artísticas y tienen mucho en común. Y otra coincidencia más, pocos meses después salió publicado el libro “Santísima Trinidad”, editado por la bodega riojana Ontañón, y escrito por Pablo García-Mancha, donde flamenco y vino son protagonistas. Por cierto, una bodega cuyo lema es “viña, vino y arte”, y que desde el año 2001, fecha en la que inauguró su primer concierto entre barricas con Juan Habichuela, han pasado artistas de la categoría de Pansaquito, Mayte Martín, José Meneses, Enrique de Melchor o Rafael Riqueni.

Dos expresiones artísticas

El arte jondo o flamenco, y el arte del vino entendido como expresión cultural, son artes relacionadas con los sentimientos, con la emoción. Y ambos han traspasado fronteras. La disciplina del flamenco (cante, baile y guitarra), y el arte de elaboración (viña y bodega) son respetadas y llegan a casi todo los rincones del planeta independientemente de la cultura de origen.

El flamenco, de lo que fue y es expresión artística de un pueblo, y de raíz española (aunque de dudoso e incierto origen), es un arte considerado como tal desde hace poco; es un arte relativamente joven, unos 200 años, pero que hoy merece el respeto del que en otros tiempos no muy lejanos carecía.

El vino es parte de nuestra cultura mediterránea. Es la tierra, el trabajo del viticultor, ha sido y es economía familiar, y ha pasado a tener una consideración y respeto social hasta hace poco desconocida. El vino representa status en sociedades civilizadas. Hoy por hoy, vino y flamenco no tienen fronteras, representan parte de lo genuino español y triunfa en todo el mundo.

Vino y flamenco pueden ser interpretados y moldeados por el artista. El guitarrista transmite su ritmo, hace suyo una nota y acompaña al cantaor en su sentir de letra y música. El enólogo transmite su forma de entender el vino a través de la tierra, las uvas…incrusta en el vino su impronta. Pero ambos, y esto es lo más fascinante, puede ser interpretados por el espectador, por el aficionado.

Flamenco y vino mantienen una relación especial con el público. Existe un acercamiento emotivo y sentimental sin necesidad de conocimientos artísticos ni técnicos. Lo emotivo está por encima de los estético. Nace del corazón, evoca los sentidos y despierta sensibilidades. Y aparece “el duende”, esa relación tan especial y única que conecta al artista con su público.

Jean Cocteau escribió, “el flamenco es un fuego que se empeña en morir y renacer”. La definición casi perfecta de la intemporalidad y universalidad del flamenco. Y del vino también.

Vino y flamenco están sujetos a tendencias que lo enriquecen (aunque los puristas no estén de acuerdo). Están en constante evolución. Aparecen nuevas generaciones de intérpretes, artistas que dejan su huella en un arte puro, que reinterpretan una historia universal heredada. En el vino, nuevos enólogos y bodegueros que, a su manera, también interpretan la tierra, dan forma, su forma personal, al sentir del vino.

Pero siempre, y en ambos caso, perdura y se hace presente el respeto al origen. Ya lo dijo Manuel Machado “vino, sentimiento, guitarra y poesía/ hacen los cantares de la tierra mía”.