Revista Gastronómica Digital
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Actualidad, Opinión

¡Sal de ahí!

Fernando Huidobro
Fernando Huidobro 7/3/2014Comentarios

El sazonador por excelencia se convierte en un producto ‘gourmet’ con sus múltiples formas y procedencias

De la Habana ha venido un barco cargado de… ¡SAL! Sí, porque hasta allí, que están a la cuarta pregunta, deben andar produciéndola a ver si así, con salero, salen de su ruina. Y es que el mundo mundial se ha metido en salazón y se ha salido de madre con esta monomanía salobreña. Apenas deben quedar un par de pueblines desalados que no produzcan su propia sal y la vendan como la mejor. Me temo que con su pan se la comerán.

Flor de sal Camargue

Flor de sal de Camargue.

Quién les iba a decir a los ejecutivos y accionistas de Di Sal que a su gorda y fina de mesa, metidas en paquetes de plasticata transparente que nos llevamos a casa por kilos, les iba a salir tanta, tan lujosa, pija y cara competencia. Al marketing, sí, sólo al maldito márquetin que se apoderó de nosotros y nuestros salarios, se le puede echar la sal de la culpa de lo que pasa, es decir, de que vayamos como saltimbanquis, saltando de flor a escamas, de cristalillos a pirámides de sal. De la de la mar a la de las montañas del Himalaya, de la de nieve a la de playa, de la rosa a la blanca pasando por la gris para llegar a la negra, de la amarilla de limón a la roja atomatá, de la ahumada a la especiada. Hasta con insectos las he probado en México, ¡ándale resaladote! La sal nos sale por las orejas.

Montones de sal. Para regalar, para dar y tomar aunque ya no nos sirva para pedirla el habitual “pásame la sal”, que nos hace quedar como catetos ignorantes que nada saben de la sal de la vida gastronómica. “¿La de escamas al vino tinto te va bien?”, te contesta del tirón el resalao que menos te esperas como el que reza un salmo. Porque ya hasta el más soso es entendido en sales. Y no de baño.

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Kit Flor de Sal Deluxe d’Es Trenc.

Es tal esa invasión de sales de cocina y mesa que ahora la gente incluso la regala, como si con ello complementara tu salario. La pilla en cualquier parte: delis, supers, aeropuertos, tiendas de souvenirs, mercadillos y mercadotes modernos y gastroimpresionantes. Recuerdo de Bretaña, sal de Guérande; sales de Jordania, sal del Mar Muerto; regresas de marcha de Ibiza con los bolsillos rebosantes de sal; si es que te perdiste en Bolivia, te la traes del Salar de Uyuni y si tas pirao a surfear olas a Hawái, pues vendrán vacíos por haberla disuelto y devuelto a su origen. Las vas acumulando en la alacena pues no hay forma humana de darle salida ni a base de ensaladas, salmueras, doradas a la sal o cocimientos marisqueros; mucho menos aún si somos presa de las alarmas y temeridades de la demostrada insalubridad de su excesivo consumo y nos hemos visto forzados a convivir malamente con el desaborido mundo de lo soso.

Bromas y cachondeitos aparte, lo que no puedo aquí es restar con ello ni un ápice de importancia al incontestable protagonismo culinario que la sal tiene por mérito propio y único; ni debemos ni podemos dejar de maravillarnos ante el gran milagro y misterio del efecto que una pizca de sal produce en los alimentos y su cocinación. Ningún otro ingrediente es tan básico, tan esencial, tan imprescindible, tan real y realzante. Porque sólo la sal da sabor a los sabores, incluso al de nuestros salinos ríos de lágrimas.