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Rutas de Sabor

Barcelona desde la barca

Carmen Alcaraz del Blanco
Carmen Alcaraz del Blanco 25/7/2016Comentarios

Entre la marabunta de guiris que corren hacia la playa, los yates, los restaurantes de paellas y las tiendas de souvenirs aún queda algún reducto ajeno al turismo que preserva su esencia primigenia. Una de esas trincheras del tiempo, tal vez la más importante o quizá el templo laico por antonomasia de La Barceloneta sea La Cofradía de Pescadores. Es tal su discreción que ni siquiera muchos locales conocen su existencia.

El puerto de Barcelona. Foto: Carmen Alcaraz del Blanco

El puerto de Barcelona. Foto: Carmen Alcaraz del Blanco

Sin embargo, esta institución no lleva dos días. Los pescadores llevan unidos al menos desde el s.XIV, como queda constatado en la majestuosa y próxima Santa María del Mar, donde su generosidad y empeño por levantarla quedó impresa en sus muros. El barrio de La Barceloneta, un terreno ganado al mar, se fundó en 1753, momento en el que sus reuniones sucederán en el primer edificio del vecindario: la Iglesia de San Miguel, simultaneadas con barracas a pie de playa. Su primer símbolo quizá fuera el mismo que permanece como icono de la institución, la Torre del Reloj, nacida como primera farola que daba luz a los barcos en 1772.

La figura jurídica de la cofradía fue vital para los trabajadores de antaño, los cuales estaban divididos en tres gremios: el de pescadores, el de marineros y el de “mestres d’aixa” (constructores de embarcaciones). Todos destinaban parte de su salario, a través de cuotas periódicas, a un fondo asistencial común que les protegía a ellos del infortunio de cualquier enfermedad o a sus familias en caso de defunción. También lograron establecer las primeras pensiones de jubilación, un hito en la época que desembocó en un órgano fuerte de carácter cooperativo.

Las contiendas bélicas de la Guerra Civil minaron completamente la flota, pero la recuperación fue posible gracias al tesón y, de nuevo, la generosidad de los afectados y del barrio. En 1945 se constituyó la Cofradía tal cual la conocemos ahora y en la ubicación de esa primera farola que, para salvarla de su destrucción por desuso, convirtieron en reloj y emblema.

Barceloneta, producto, historia, puerto. Foto: Carmen Alcaraz del Blanco

Barceloneta, producto, historia, puerto. Foto: Carmen Alcaraz del Blanco

Los productos del mar recogidos diariamente son de primera. La gamba, la cigala, la sardina, el boquerón, el bonito, el pez espada, el rape, el pulpo, la bacaladilla, la dorada y la merluza son algunas de las especies de km. 0 que se subastan en la lonja propia y que algunos restaurantes y tabernas de La Barceloneta (aunque no la mayoría) abanderan en sus barras. La gamba, por ejemplo, es muy apreciada por su delicadeza y como tal se trata en la plancha, donde apenas tiene contacto siendo servida muy poco hecha. El pescado azul, como la sardina, goza de certificación Q de Calidad del Gobierno de España, lo cual garantiza su calidad.

La Cofradía lleva casi un lustro intentando poner en marcha un plan de pescaturismo que parece que por fin llega a buen puerto. Además de ver zarpar los barcos, ahora es posible enrolarse en la embarcación y vivir la experiencia de ser lobo de mar durante una jornada. Eso sí, el madrugón es imperativo. A las cinco y media de la madrugada de cualquier día laboral es posible subir a una barca de arrastre (las de cerco son nocturnas y las de arte menor no se contemplan) con el propósito de participar, si uno quiere, en los deberes diarios de cualquier marinero.

Pero no todo es faenar, también te hacen partícipe de sus viandas, imperiosas para soportar el trabajo diario y la mejor manera de conocer el producto recién pescado. Por ello, “l’esmorzar de forquilla” (desayuno de tenedor) y la comida de cazuela son también consideradas como parte de la experiencia integral, una muestra de un corpus de recetas marineras que se niegan a dejar en el olvido. Platos adaptados al trajín del barco y a los productos de temporada, como son los macarrones con pulpo y all-i-oli o el suquet de pescado. El coste de la experiencia es de 80€, asequible si se valora el hecho de ser testigo de una Barcelona tan desconocida como patrimonial.

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Este artículo forma parte de “Itineraries of Taste” de San Pellegrino, un proyecto que aboga por la difusión de la cultura gastronómica de ciudades internacionales a partir de la mirada y la voz de gastronómos locales. En la presente edición, es Carmen Alcaraz del Blanco la embajadora de los sabores de su ciudad, Barcelona. Sus doce textos se publican alternativamente en la web https://itinerariesoftaste.sanpellegrino.com/es/ y en 7caníbales.