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Snacks

El MoMA juega a las cocinitas – Redacción

Redacción
Redacción 17/9/2010Comentarios

Artículo publicado en El Mundo por Julio Valdeón Blanco.

 

La adolescente recorrió los mercadillos de comida mal llamada ecológica. Compró en moribundas tiendas de discos. Bajo la rotunda luminosidad de los puentes de hierro escrutó la rosa de razas y lenguas, la plaga de coches, ambulancias, perros, dueños de perro en pijama, ciclistas y mendigos que animan el poso hormigueante de la ciudad, esa apoteosis de acero automático, rutilantes boutiques, conciertos al aire libre y moscas sobre las bolsas de basura desparramadas. Y una noche, tras visitar el MoMA junto a sus padres, comentó:

-Qué curioso. Lo tienen lleno de muebles que parecen de IKEA.

¿Qué hubiera dicho hoy, de haber asistido a la presentación de ‘Counter space: desing and the modern kitchen’, la exposición dedicada a la cocina moderna, esto es, a sus muebles y electrodomésticos, «a lo que de barómetro tienen de los cambios estéticos, tecnológicos e ideológicos del último siglo»? Por miedo a tanta exposición de interés relativo -como muchas de las celebradas en el mediático Museo de Brooklyn, que no levanta cabeza- uno podría perderse un mundo de cables y cuchillos, vidrio y acero, cazuelas, soperas y cucharones inopinados, redentores del trabajo doméstico o al menos dibujados para facilitarlo.

Recorrer ‘Counter space’ equivale a pasear por las tuberías del XX. Rinde homenaje a aquellos pioneros empeñados en transformar las oscuras fumarolas que eran los fogones en los modernos, funcionales, luminosos espacios que conocemos. Al mismo tiempo que la Bauhaus reinventaba edificios, espacios, muebles, gente como la inolvidable Margarete Schütte-Lihotzky -alquimista del objeto cotidiano, combatiente antinazi, primera arquitecta de Austria, prisionera de las SS- imaginaba la revolución del hogar. Su ‘Cocina Frankfurt’, recientemente adquirida por el MoMA, constituye la pieza central de la exposición. Nos recuerdan como tras la I Guerra Mundial, más de 10.000 cocinas similares fueron vendidas en la ciudad: «Con su diseño ergonómico y compacto, su aproximación integrada a los espacios de almacenamiento, los equipos y las superficies de trabajo reflejaba el compromiso para transformar la vida de la clase trabajadora».

Luego llegó la II Guerra Mundial, el énfasis en el ahorro. Con la posguerra, al menos en Estados Unidos, arranca la era de los grandes electrodomésticos, de Hollywood como factoría de cocinas dignas de un sultán del suburbio, espaciales, palaciegas, inmensas, de lavadoras semejantes a tamaño a un automóvil y neveras siderales. Los españoles de entonces las contemplaban en el cine estupefactos, acaso convencidos de que eran de cartón piedra, como las gacelas de tarzán o el gorila que trepaba, rubia en ristre, por la fachada del Empire State Building.

Gracias al fino estudio de los comisarios, pasamos de la batidora ‘vintage’ a la tecnología japonesa, del plato irrompible a los colores carnívoros de los 70 o el minimalismo de los noventa. Tampoco olvidan el romance entre la cocina y el mundo del arte, sobre todo desde que Andy Warhol comprendiera que el guión del siglo lo marcaba el gusto popular, la producción en masa, la manufactura reglada. De la compañía Braun a Virgilio Forchiassin, de largometrajes como ‘Full of lide’ a los portaaviones construidos por General Electric: la cocina asoma como un sutil pararrayos que admite la tertulia familiar, la visión creativa o la cadena de montaje. Dicen los responsables de la muestra que evoca «toda una gama de emociones, de la emoción a la genuina ansiedad, penetrando las artes desde finales de los 60 y generando debates en torno a la economía, la política y el género».

Ahora que los cocineros españoles pasan por ser los mejores del mundo, con Adrià dando lecturas en Harvard y José Andrés ejerciendo de mandarín en Washington, mientras los fogones conocen un Renacimiento, esta exposición tiene la tensión justa para enamorar. No incendiará Manhattan. Para eso están los grandes mamuts de la temporada. ‘Counter space’ juega en otro tablero, aunque no sería prudente tacharla de humilde. Del carbón a la vitrocerámica, la novela del siglo.