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De vinos

Hierro&Oro: Nobleza Obliga

Fernando Huidobro
Fernando Huidobro 6/10/2011Comentarios

Freixenet Casa Sala.

Hay veces, hay vez, porque se hace de una sola tacada, de una única re-experiencia, en la que, al volver la vista atrás, queremos ver y vemos, sabemos volver a ver, la senda que, según Machado, nunca se habría de volver a pisar. Esto es exactamente lo que la familia Ferrer ha hecho: emprender el camino de vuelta a casa, a la masía de la que partieron, “Casa Sala”. Se le llama volver a los orígenes. Back to the basics. Ponerse e imponerse como meta el punto de partida. Todos los grandes lo han hecho. A hierro.

Y la familia Ferrer está hecha, como su propio nombre indica, de ese material y por eso es una de las más grandes del mundo en el gran mundo del vino y la empresa. No digamos del cava. Su posicionamiento y situación no son, digámoslo así, ninguna falsa burbuja. Su valoración es segura.

Ha sido un largo andar desde que allá por 1895 el hereu Joan Sala adquiriera Casa Sala, emprendiera su carrera política como alcalde de Sant Sadurní d´Anoia y dejara en manos de su hija Dolores y su yerno, Pere Ferrer Bosch, el negocio de hacer y exportar los vinos de la tierra del Penedés. El, que procedía de la Freixenada, es “el Freixenet”, su mote fue la marca de la casa cuando, a barril seguido, acabaron por socavar sus inacabables cavas bajo el pueblo y fundaron sus bodegas de cava en Sant Sadurní en 1911.

Pero Pere perece pronto. Y también su hijo mayor en la guerra. Y ella, la pubilla Dolores, enóloga de casta y sapiencia, sigue haciendo empresa, fuerza de flaquezas, toma experiencia, define lo que quiere, continúa aprendiendo y mejorando, día a día, como si se repitiera el mismo cada amanecer, como tras otro, como en “El día de la Marmota”, así con férreo tesón y esperanza, hasta que consigue su objetivo. Sólo entonces el tiempo vuelve a correr para ella y su marca, con el sentido y valor, que por calidad y cualidad le proporciona la reproducción de esos actos primordiales, de esos gestos ajenos que se convierten en propios y personalísimos, eterno retorno, se hace a sí misma en la historia y se convierte en el mito del cava que hoy es.

Desde entonces, los descendientes han continuado la saga con sagacidad, con ese mismo espíritu que heredaron y acogieron como suyo en consideración de la experiencia, a sus pompas y a sus obras, en aprovechamiento de lo recibido y lo aprendido, convirtiendo esos valores y esos saberes en su concepción fundamental, una filosofía genuina de la historia vivida, la suya, la de los Ferrer Sala.

Vida e historia de una familia de ferradores alquimistas que han hallado su piedra filosofal haciendo realidad la vieja ambición del gremio de los químicos mágicos: la panacea universal, la transmutación del cava en oro mediante la más básica, sencilla y conocida fórmula, su voluntad de hierro, la de su férrica sangre y naturaleza. Esta sí es su aurica burbuja. Su aura. Su única y verdadera herramienta, su Carta Dorada.

Sin embargo ahora en la vorágine de su éxito, en ese imparable quehacer en el que no cejan de explorar, han llegado, como diría T.S. Elliot, a donde arrancaron y han conocido en verdad ese lugar, Casa Sala, por primera vez. Y allí han sabido de sí mismos y de su ser, su alma mater. Se han rebelado firmemente contra el tiempo concreto, al ahora impuesto, con nostalgia de un retorno al tiempo mítico de sus principios. Y han expresado esa remisión ab origine de la mejor manera que saben, haciendo lo que saben hacer, un cava especial y único, el Freixenet Casa Sala, en honor y debido homenaje “hacía aquellas personas”, todas ellas, pues allí permanece aún la tercera generación de masoveros unidos a la masía y la tierra, “que hicieron posible el nacimiento de la empresa”.

Y lo han producido como entonces, como en casa, con la antigua prensa fabricada en La Champagnia francesa por E. Dubois, a principios del pasado siglo, ahora restaurada en sus viejas maderas, doloridas duelas que permiten el delicado prensado vertical, neumático y biodinámico que, por necesidad y gravedad, decanta naturalmente el primoroso y compensado mosto de perellada y xarelo que sirve de base a su voluntaria y corta producción.

El resultado es un cava de alta calidad, de burbuja muy pequeña que asciende permanente en rosario, fina e integrada, de color dorado algo oscurecido por los cincuenta meses que como mínimo permanece en barrica, sin dotarlo a pesar de ello de agresividad, manteniendo por el contrario su sabor frutal, acidez y frescura que en nariz da bollería y frutos secos, tostados y restos de levadura. Excelente.

El uso de las primeras etiquetas y botella degollada a bolea completan esta travesía rumbo al comienzo que no ignora sino que aplica las soluciones asumibles de otros procesos de tiempos más modernos; que pueden incluso dar respuestas a determinadas incógnitas actuales gracias a ese repaso a los haceres de la tradición y las sapiencias básicas de lo antiguo.

Freixenet elabora su mejor cava al volver a San Quintín de Mediona, a la Casa Sala que les vió nacer, donde los bisabuelos jugaban con sus primeras crianzas. Volver a los orígenes, así se llama. Nobleza obliga.

3 Comentarios

  1. Daphne Lessey dice:

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  3. Fernando Huidobro dice:

    Y que haces entonces por aqui escribiendo y afirmando sin dar argumento alguno???