Revista Gastronómica Digital
image

Síguenos en:

  • facebook
  • twitter
  • youtube
  • googleplus

De vinos

“La relación entre la arquitectura y el vino ayudó a las bodegas a sobrellevar la crisis”

Redacción
Redacción 8/4/2011Comentarios

Jesús Marino Pascual ha hecho de la cultura vinícola riojana una especialidad arquitectónica y, ayer, compartió su experiencia con los participantes de la jornada «Arquitectura en color: Innovando el paisaje rural y urbano». Su conferencia sobre el proyecto de la bodega de Antión abrió una ronda de intervenciones en la que también se escuchó al arquitecto gijonés Antonio Fernández Morán y a la química Isabel Zamora. Tras la cita en Gijón, este fórum, promovido por el grupo Lanxess y Candás Manzano -líderes en el desarrollo y distribución del hormigón arquitectónico pigmentado-, dará el salto a París.

-¿Le hace falta color a la arquitectura?

-El color es inseparable de la arquitectura. Puede transformar un espacio y la forma de habitarlo. Tiene incluso una influencia en lo emocional, una impresión psicológica sobre el ser humano. El color cualifica, va más allá de lo puramente material.

-¿Cómo se puede innovar sin distorsionar el medio rural?

-Armonizándote con él. Haciendo que la arquitectura se integre en el paisaje con naturalidad. No significa que la arquitectura no tenga que tener su presencia. Pero las piezas que insertemos deben estar en armonía con el lugar. Los arquitectos debemos interpretar cómo ha de ser esa inserción con absoluto respeto hacia las preexistencias que tengan significado.

-¿Cunde ese respeto en la profesión?

-Lo que hacemos es una responsabilidad, porque obligamos a todos los demás a disfrutarlo o a sufrirlo. Y cada vez somos más conscientes de la importancia del medio ambiente. Cualquier territorio hay que tratarlo como un paisaje.

-¿Es la filosofía que aplica a la hora de diseñar una bodega?

-La arquitectura es el reflejo en piedra de la historia de una sociedad. Cuando haces una obra, están la tecnología, las ordenanzas municipales, los planes urbanísticos, los conocimientos sobre cálculos y materiales… y, además, el conocimiento de la historia acumulada. En las bodegas modernas sólo sale a la superficie el edificio de visitantes. Porque si los antiguos mantenían el vino bajo tierra era por algo, porque así se mantenían las mejores condiciones térmicas, eso implica sostenibilidad y eficiencia energética. En cambio, se han desterrado la telaraña, el polvo y la piedra. Ahora, la escenografía es importante.

-La relación entre vino y arquitectura es relativamente nueva. ¿El balance a día de hoy?

-El enamoramiento surgió cuando los bodegueros se dieron cuenta de que, además de la funcionalidad, es necesario que la presentación de sus vinos sea exquisita. Hace diez años, las bodegas no se abrían a los visitantes. Ahora, todos los días pasan autobuses. El Museo Vivanco, por ejemplo, triplicó el número de visitantes de San Millán de la Cogolla, que es Patrimonio de la Humanidad.

-¿Sería posible trasladar esa experiencia a los llagares de sidra asturianos?

-Las bodegas riojanas, hasta hace nada, eran naves industriales. Así que es cuestión de ponerse y situarse en el contexto internacional. Porque si no cualquier día te llegan los australianos, que tienen mucha manzana, y te montan un negocio de sidra. La arquitectura aporta un valor añadido que contribuye a generar riqueza. Que las bodegas se hayan transformado está ayudando al sector a sobrellevar estos tiempos de crisis. La Rioja, de hecho, ha aumentado un 12 por ciento las ventas de vino.

-¿A qué retos se enfrenta la arquitectura del siglo XXI?

-Uno de los retos más importantes es conseguir que los bloques de viviendas sean jardines, estancias al exterior, en las que entre el sol. Al final, se trata de hacer ciudades más fáciles de habitar. Aquello que hagamos no debe restar, sino aportar estímulos al vivir.

Fuente: Miriam Suárez, La Nueva España