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De vinos

Los vinos de Peter Sisseck enamoran a las Casacas Rojas

Lluís Ariza Soler
Lluís Ariza Soler 22/9/2016Comentarios

Recuerdo perfectamente cuando conocí a Peter Sisseck, hace casi 25 años. Un día otoñal, cuando la Ribera del Duero iniciaba su boom. Las bodegas no estaban acabadas, ni sus fincas cercadas, pues en una de ellas al pasar por la valla de cerramiento, el hormigón que soportaba la guía metálica no estaba fraguado y me lleve una monumental bronca, por parte del constructor, por haber roto la base de la guía de la valla al pasar con mi coche. Así era la Ribera en aquellos momentos.

Peter Sisseck

Peter Sisseck

Era una época en la que había más botellas que cepas y se vendía todo. El Alion arrasaba en el mercado y se compraba por recomendación o en el Corte Inglés. Sus primeras añadas tanto la de 1992 como la de 1994 eran auténticas joyas. También había vinos excelentes de bodegas como Pesquera, Torremilanos o  Emilio Moro.  ¡Y cómo cambió la zona con sus infraestructuras  y alojamientos! En Pesquera había un solo hotel y su mejor habitación, la nupcial, estaba pintada de color rosa.

Aquel año yo tenía una cita en Hacienda Monasterio, una bodega vanguardista de la que se hablaba mucho. Al llegar me dijeron que esperase al enólog0 ya que en ese momento estaba en la viña. La persona que me atendió me dijo “es muy buen chico pero dice muchos tacos”. Al conocerlo ya observé que poseía una fuerte personalidad pero además que sentía una gran pasión por su trabajo. Aprecié sus conocimientos de elaboración del vino y de la importancia en el tratamiento de las barricas. Hacia el final de la visita nos comentó que estaba iniciando la elaboración de un vino que, en palabras de Peter,”sería la hostia”. Fue la primera vez que oí hablar del Pingus. Este nombre, Pingus, es el seudónimo de Peter Sisseck. Así le puso su tío Peter Vinding y de ahí que él bautizara su mejor vino con este nombre.

Peter nació en Copenhague en 1962. Es enólogo e ingeniero agrónomo. Estudio en Burdeos. Había trabajado con su tío Peter Vinding, uno de los creadores de la nueva ola de vinos blancos bordeleses en Graves, cerca del aeropuerto y de Haut Brion. Estuvo también en California  junto a la prestigiosa enóloga Zelma Zong. Conocía bien España, especialmente Catalunya pues sus abuelos vivían en el precioso pueblo de Begur en el Empordá. No lejos de Begur, en 1999, en la población de Calonge, entró como enólogo en la bodega Clos d’ Agon, donde por primera vez en este país elaboró un vino blanco con las cepas francesas rousanne, marsanne y viognier. Más tarde, en 1990, se instaló en la Ribera del Duero y entró a trabajar como enólogo y asesor en Hacienda Monasterio.

En 1995 creó la primera cosecha de Pingus, de las cepas de una viña vieja burgalesa, en Quintanilla de Onésimo, elaborada con tinta fina. Solo 8.000 botellas de un vino de bajo rendimiento en viña y crianza en barrica, sin trasiegos ni filtrado. Elaboró también Flor de Pingus, un tinto en el que predomina la fruta negra, es muy goloso, con tanino firme. Suyo también es al que él llama el vino anti crisis, PSI, una auténtica delicia a un precio razonable.

La segunda vez que coincidí con Peter fue en 1998. Fuimos un grupo de amantes de la gastronomía y del vino a celebrar un aniversario a Vega Sicilia. Por la noche estuvimos en el nuevo hotel Estación, en Peñafiel. Se nos unió Peter acompañado de una botella -por aquel entonces una primicia- de aquel vino que me había explicado durante nuestra visita a Hacienda Monasterio. Era el Pingus 1996, posiblemente uno de los mejores vinos que haya probado nunca. Su carácter bordelés alcanzaba una finura y elegancia como pocas veces ha tenido un vino español, tan bueno como los mejores primer cru del Medoc.

En 2001 durante un reportaje para el suplemento de La Vanguardia tuve la ocasión de visitar su bodega. Recuerdo perfectamente los vinos en barrica que probé y también la botella del año 1998 que nos ofreció. También que mientras el periodista bombardeaba a Peter con sus preguntas,  yo en un rincón degustaba hasta la última gota de  la botella.

 

Explica Gregori Salas, fundador y alma mater del grupo gastronómico Casacas Rojas el por qué somos tan felices siendo de este grupo gastronómico. Probablemente cada uno de nosotros tenga innumerables respuestas, recuerdos, experiencias y festivales que lo ratifican. Y seguramente el compartir nuestra pasión por la gastronomía y la enología sea también una de las claves.

Para celebrar la Cata del Año invitamos, a uno de nuestros encuentros, a Peter Sissek. El cinco de septiembre llegamos a la gran fiesta, a nuestro festival en el Palau de la Música Catalana. Peter Sisseck nos dió una “audición vinícola” acompañado por ilustres cantantes y concertistas: la soprano Beatrice Jiménez Marconi, el barítono Oleg Aleksandrov y el pianista Andreu Riera. Los artistas interpretaron: Schubert, Suleika I; Paño Moruno, Roso de Josep Rivas y el Romance  del diablo de Anton Rubenstein.

Y llegó el momento esperado: se abrió la puerta de la sala y Peter entró lentamente en la platea. Todos los ojos estaban fijos en él. Subió los peldaños hasta la mesa-altar preparada en el escenario para explicarnos su vida y darnos a degustar los vinos que le han marcado, para deleite de los demás.

Pero antes de comentar los elaborados me gustaría destacar algo: el servicio del vino. Estaban los 45 casacas sentados en la grada, detrás del escenario, y un experto en vinos sirvió a cada uno de ellos. El servicio era tan perfecto que más que un servicio de copas de vino parecía una marcha militar y eso que se sirvieron más de 600 copas, una a una. Esto fue posible gracias al fabuloso equipo de Vila Viniteca con Quim Vila y su socio Siscu al frente.

La empresa Riedel, con su director general Howard Wiese, casaca también, estuvo presente en el acto y facilitó las copas adecuadas para cada vino. Algunas de ellas auténticas joyas de diseño.

 

Los vinos

Peter escogió, como homenaje a los vinos blancos bordeleses y a su tío Peter Vinding, un Domain de Chevalier 2010, un vino  elaborado con las tradicionales blancas bordelesas, semillon y sauvignon, de cepas viejas. De su estancia en California y su amistad con Zelma Zong, surgió uno de los vinos más emblemáticos de la zona: Ridge Montebello 2011. Un cabernet sauvignon en estado puro que se sumó a la lista de vinos que nos acompañaron. Inconfundible. Otro de los tintos con los que nos obsequió fue el homenaje a la que considera la gran zona vinícola de España, La Rioja. Se trataba de un vino típico de la región y un clásico de toda su historia: Viña Tondonia Reserva 1995. Fruto de su paso por Hacienda Monasterio, una de las bodegas dotadas con mejores prestaciones tecnológicas de la Ribera, nos trajo el que Peter ha considerado su mejor vino: el Reserva de la añada 2001. Seguidamente, el enólogo nos dio a conocer los vinos que elabora desde 1995. En primer lugar el más apreciado y buscado: Pingus. El tinto procede  de unas cepas viejas de tinta fina, de una finca en La Horra  (Burgos), donde elabora unas 8.000 botellas en su bodega de Quintanilla de Onésimo. Y no solamente eso, sino que nos trajo los que han obtenido mayor reconocimiento con la máxima puntuación posible: 100 puntos Parker. Estos son las añadas 2004 y 2012. Delirio entre los asistentes.

A continuación sirvió Flor de Pingus. “No es un segundo vino”, exclamó “es otro vino”. Me gustan sus aromas de fruta negra, su mineralidad y sus taninos firmes de las añadas 2006 y 2012.

El tercer vino que elabora, el PSI 2007, era una explosión de fruta. Un vino comercial, fácil de beber y con un precio excelente.

Como recuerdo de su estancia en Catalunya, nos ofreció el primer vino blanco que salió de la Bodega Clos d’Agon, la añada 1999, elaborado con uvas de cepas francesas. Tomado hoy, este blanco esta perfecto.

Y como homenaje a los vinos de Jerez, tan maltratados y olvidados, acabó la función con el amontillado Quo Vadis.

La fiesta aún no acabó aquí, se sirvieron canapés acompañados de un exquisito champagne Delamotte mientras solicitábamos a nuestros ilustres cantantes y al pianista otra y otra canción.

Nos despedimos del Palau y bajé las escaleras con Peter. Recordamos nuestros años de amistad y al final me dijo “si Lluis, han sido 25 años de trabajo, de ilusión, de sacrificio, pero en el mundo del vino esto solo es el principio”.