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De vinos

La crónica de Vinoble 2018: Indies con tirón, coreógrafos de lujo y catas históricas

Yolanda Ortiz de Arri
Yolanda Ortiz de Arri 12/6/2018Comentarios

Poca gente en el Marco de Jerez se atreve ya a defender (al menos en público) el viejo dicho de que los vinos se hacen únicamente en la bodega. Como se vio la semana pasada en Vinoble, la feria de vinos generosos y dulces que se celebra cada dos años en Jerez, el origen, la identidad y el viñedo empiezan a cobrar mayor relevancia, algo que ya ocurre en todas las regiones vinícolas de calidad del mundo. Todavía falta casi todo por hacer para que a viñas, uvas y viticultores se les preste la atención que merecen, pero el movimiento hacia el terruño está en marcha y avanza paso a paso pero de manera firme.

 

Foto: Abel Valdenebro

Foto: Abel Valdenebro

Aunque Vinoble es una feria cómoda y muy civilizada, la carpa de Territorio Albariza, una especie de escenario indie en un festival de grandes clásicos, estuvo abarrotada los tres días en que el imponente Alcázar de Jerez y sus jardines se perfuman con vino. Su nombre, toda una declaración de intenciones.

Sumilleres, compradores, periodistas y algún que otro bodeguero intentaban hacerse un hueco para probar las nuevas manzanillas de pago de los hermanos Blanco (Callejuela), el vermut Ataman o la colección Zerej de Barbadillo y Armando Guerra, los blancos de pago de Forlong además del Socaire y el nuevo blanco de Primitivo Collantes elaborado con uva rey de Chiclana, una de las 119 variedades existentes en la zona antes de la filoxera.

Los UBE de Ramiro Ibáñez y los Barajuelas de Willy Pérez son ya vinos de culto entre los aficionados al jerez. A ese pedestal se subirán en breve las nuevas referencias de M. Antº De La Riva, la antigua marca de Domecq que estos dos grandes artesanos de la albariza han recuperado. En su primera añada, tanto el fino como el blanco de Macharnudo, tienen una personalidad y una calidad extraordinarias. El oloroso, afilado y profundo y el moscatel, 90 únicas botellas, son estratosféricos.

 

Mejoras en la organización

Contaba el gran Juancho Asenjo, cuya ayuda —gratuita— ha sido clave para que esta edición haya salido adelante con la cabeza bien alta, que hubo que rechazar más de una docena de expositores porque con 63 stands el recinto llegó a su máxima capacidad. Mientras, y como nunca llueve a gusto de todos, algunos productores consagrados optaron motu proprio por ausentarse de Vinoble en protesta por la sugerencia de Asenjo de otorgar un espacio prominente a los productores pequeños. Afortunadamente el Ayuntamiento, organizador de Vinoble, supo elegir la opción más acertada para los intereses de la feria.

Tras la fallida edición de 2012, que se canceló a última hora, Vinoble va poco a poco remontando el vuelo. Todavía se echa de menos más presencia internacional, tanto de bodegas como de asistentes —sólo el 20%, frente al 80% de visitantes nacionales— y más información sobre catas que no aparecían en el programa oficial, pero en esta edición se han corregido errores de la anterior, y lo más importante, hay ganas de seguir mejorando.

Los eventos off también se multiplican, principalmente gracias a bodegas que no tienen stand en la feria, aunque algunos como la impresionante fiesta en Bodegas Tradición, donde los excelentes finos y amontillados de la casa se sirven generosamente junto con canapés de calidad, son ya un clásico de la segunda noche de Vinoble.

Las catas han sido otro de los puntos fuertes de esta edición. Las colas de acceso de 2016 desparecieron este año gracias a la posibilidad de reservarlas online un par de meses antes (aunque el servidor del Ayuntamiento, que no pudo con la avalancha de inscripciones, sí que es mejorable) y se agradeció la originalidad, variedad y calidad de las propuestas. Sauternes, Italia, Portugal, vinos de hielo, Montilla, fondillones y moscateles de Alicante, incluso cava —en una atrevida cata de Gramona vs jereces oxidativos— y, por supuesto, mucho jerez en las dos salas del Alcázar.

Primitivo Collantes de Territorio Albariza. Foto: de Abel Valdenebro.

Primitivo Collantes de Territorio Albariza. Foto: de Abel Valdenebro.

Catas singulares

El Consejo Regulador, siempre muy implicado en Vinoble y ahora negociando la admisión de vinos blancos de palomino sin encabezar dentro de su reglamento, presentó una interesante y casi inédita colección de “vinos para meditar”. César Saldaña y Beltrán Domecq trajeron una pequeña representación de las botas conmemorativas en las que que guardan los vinos de la tradicional pisa que se celebra cada año durante la fiesta de la vendimia y que se conservan en la Bodega San Ginés, la sacristía de la institución jerezana. Desde un vino en honor de un poeta laureado británico, con una vuelta a los años 50 y acabando con un vino del año 48, que Domecq, abandonando momentáneamente su flema jerezano-británica, definió como “el mejor de mi vida”.

Sin notas de apoyo ni presentación pero retransmitiendo en streaming a la bodega, Antonio Flores invitó a los asistentes a su cata de vinos de la Solera Reservada de González Byass a notar bajo sus pies “el crujir de la madera de la bodega Rebollo”. Comenzando con la bota 92 de Tío Pepe, de la que se servía a la familia y empleados en los 60 y 70, Flores fue describiendo con su cautivadora prosa los finos de añada y los grandes “vinos de pañuelo” con más de 40 años que guardan en las soleras de la venerable casa jerezana para finalizar con unas gotas servidas en jeringa de Pío X Moscatel 1903. “Negro como la noche, dulce como el amor, un milagro de Jerez”, clamó solemne antes de posar para los selfies de rigor con su eterna simpatía.

La última cata del segundo día corrió a cargo de Eduardo Ojeda junto con Jesús Barquín y Álvaro Girón, “embajadores de Jerez y Montilla” y los primeros en recuperar el estilo de vinos blancos que ahora renacen con fuerza. Ante tres miembros del Equipo Navazos, muchos se esperaban una selección de sus La Bota De… pero lo que se cató fueron ocho vinos de Miraflores y Macharnudo, muchos de ellos presentes en el stand de José Estevez en Vinoble, como La Guita (“el vino del que más orgulloso estoy”, según Ojeda), La Guita en Rama, que se encabeza con alcohol de viñas de Jerez, y cuatro vinos de Macharnudo: Ojo de Gallo criado en depósito sin flor (“Es deseable que estos vinos se integren en el Marco”), Inocente, uno de los grandes finos del Marco, amontillado Tío Diego y palo cortado Cardenal VORS. También trajeron un mosto de Miraflores concebido para el Equipo Navazos (“la mayoría de los vinos de Equipo Navazos los hemos hecho, no los hemos encontrado”) y un Equipo Navazos Niepoort de 2009 con una evolución impecable en botella (“¡la palomino tiene una jartá de carácter!”).

La cata estrella del último día, a cargo de Ramiro Ibáñez y Willy Pérez, cumplió de sobra con las expectativas. Desde “la humildad y el respeto a la tradición”, estos dos defensores de la identidad de la viña explicaron ante una sala abarrotada los tipos de suelos, orientaciones y alturas de los pagos de jerez y su influencia en el carácter de los vinos. Solo por participar en esa cata, que sin duda se recordará durante muchos años, ya mereció la pena el viaje.

La cata de clausura, con vinos de Portugal, Alsacia, Burdeos, Hungría y un palo cortado de la añada 1998 de Williams & Humbert presentado por su enóloga, Paola Medina, marcó el cierre de una edición que ha dejado un buen sabor de boca entre la mayoría de asistentes y expositores. Como dijo Paola Medina, “que se repita” en 2020.


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