Cuando manda el diseño

Tribuna

Como en un buen restaurante de Madrid especializado en cocina de fusión. El menú no ha estado nada mal. Llega la hora del café. Me lo sirven en una taza de diseño, muy ‘cuqui’, pero que carece de asa. El café está casi hirviendo. Me gusta tomarlo bien caliente, pero no puedo. Imposible coger esa taza-vaso sin quemarse los dedos. No tengo más remedio que esperar a que se enfríe. Y mientras tanto voy pensando que el ser humano decidió poner un asa en las tazas precisamente para no quemarse al cogerlas. ¿Qué necesidad hay de quitarla?

 

La taza sin asa es sólo un ejemplo. Vasos pesados y gruesos que dificultan beber en ellos. Cuchillos cuyo precioso mango impide cortar nada. Platos en los que es imposible introducir una simple cuchara para tomarse un caldo. O esas terribles pizarras planas, auténtica plaga, que constituyen una tortura para los camareros y en las que cualquier ingrediente medianamente líquido se sale por los lados derramándose por el mantel. Suponiendo, claro, que haya mantel. Por no hablar de las estéticas sillas que invitan a levantarse a los pocos minutos. ¿No empiezan a estar ustedes hartos de esta dictadura del diseño que se extiende por tantos y tantos restaurantes?

 

Cierto es que en una buena comida intervienen todos los sentidos, y aunque gusto y olfato son los más importantes, también la vista juega su papel. Algo tan simple como la manera de poner la mesa o de presentar los alimentos, condiciona lo que comemos. Por eso son fundamentales los detalles. Una buena mantelería, que además nos permita jugar con el tacto; copas y vasos de cristal fino, cubiertos bonitos pero cómodos… se convierten en elementos que pueden hacer una comida mucho más gratificante.

 

A lo largo de los siglos, la utilización de las más bonitas cuberterías, cristalerías o vajillas ha sido una constante. Pero casi siempre se ha hecho buscando que la estética esté al servicio de la comida. Ahora ocurre justo al revés. Se impone lo visual. Los cocineros diseñan sus propias vajillas adaptadas a los platos que elaboran. En algunos casos, con acierto. En otros, auténticos disparates que en vez de contribuir a la satisfacción del comensal, le llevan a la desesperación. ¿Han comido alguna vez esos geniales diseñadores con sus creaciones? Tengo la impresión de que no. Porque de lo contrario, no olvidarían algo tan obvio como que el diseño no puede estar por encima de lo práctico.