A propósito de la creciente apuesta del negocio inmobiliario por incorporar restaurantes a sus proyectos, se abre un debate que va mucho más allá de Chile: ¿Cuánto valor genera la gastronomía para un inmueble y cuánto de ese valor logra capturar el propio restaurante? En Santiago, un caso reciente vuelve a poner esta pregunta sobre la mesa. A menos de ocho meses de su apertura, acaba de cerrar el cuarto restaurante al interior de Terrazas San Cristóbal, un proyecto inmobiliario de cerca de 24 millones de dólares, con más de 4.300 metros cuadrados destinados a restaurantes y locales comerciales, estacionamientos y una sala cultural, en el conocido barrio Bellavista. La apuesta parecía lógica: cerro San Cristóbal, turismo, cultura, gastronomía y vida nocturna. Pero los hechos muestran que un territorio no es un PowerPoint. La gastronomía está cada vez más presente en los proyectos inmobiliarios: terrazas, mercados, food halls. La comida dejó de ser un servicio complementario y pasó a formar parte de la estrategia de valorización, como si acabaran de descubrir que los restaurantes venden (y no sólo platos), venden imagen, permanencia, deseo. Hacen que un edificio parezca un destino, que una calle se active y que un