Comer mientras Chile arde

Pensar la mesa

Nunca antes había mirado el pan con tanta cautela como ayer.

No por su textura ni por su sabor, sino por el sistema de relaciones que lo sostiene: la tierra, las manos, los tiempos lentos de crecer y cosechar el trigo, el agua y los sueños que se juegan detrás de cada espiga.
Escuché otra vez las noticias sobre los incendios en mi país y, se me encogió el corazón, al hacerse nítido lo que pasa cuando la tierra que nos alimenta se quema.

En Chile, por estos días no hablamos de otra cosa, nos conmovemos y rasgamos las vestiduras frente a las imágenes de las llamas devorándolo todo: campos, casas, animales, vidas. Nos solidarizamos con quienes lo han perdido todo, pero sabemos —aunque no nos guste admitirlo—que llegarán las lluvias de otoño y volveremos a olvidar, hasta el próximo verano, hasta el próximo incendio.

Chile arde. Literalmente. El mega incendio que se extiende por el centro y sur del país ya ha consumido más de 38.000 hectáreas, arrasando ecosistemas completos y comunidades rurales de las regiones de Biobío, Ñuble y Araucanía. Miles de personas desplazadas. Pérdidas humanas, naturales y materiales aún imposibles de dimensionar, dejando claro que no solo se quema el paisaje sino el sistema que nos alimenta.

Solo ayer, en la pequeña comuna de El Carmen, una de las localidades de Ñuble que visité la semana pasada, reportaba la pérdida de trece hectáreas de trigo y dos de castaños marrones arrasadas por el fuego. A eso se suman una enorme cantidad de hectáreas —todavía no catastradas— de parras calcinadas en el Valle del Itata, junto a una feroz destrucción de apiarios: cientos de colmenas calcinadas entre O’Higgins y Araucanía, con la consiguiente pérdida de biodiversidad y polinización.

El sector vitivinícola, en pleno proceso de maduración de la uva, enfrenta pérdidas incalculables. Productores como María Isabel Labra Carrasco, del espumante Sol Violeta, han perdido más de la mitad de sus viñas y huertos; la pequeña Viña Parra en Portezuelo sucumbió ante las indolentes llamaradas, y en sectores como Batuco, Ránquil y Checura, el incendio ha entrado directamente a las parras, mientras otros focos siguen amenazando pequeñas bodegas como Mujeres y Bandido Neira.

El alimento no está separado de la vida ni de los sistemas que la sostienen.

No hay buen pan sin trigo que crezca.
No hay animales ni vegetales sin tierra sana
No hay vino sin viñedos que sobrevivan.

Los incendios no solo destruyen hectáreas: desdibujan la relación entre territorio y alimento.
El humo entra en las casas antes que el viento. Podemos olerlo een la ciudad, aunque no veamos fuego visible. Y entonces, ante esa sensación pegajosa de preocupación, pienso en los agricultores de Ránquil, Penco o Nacimiento, cuyos campos están cubiertos de ceniza, cuyos animales dependen ahora de forraje importado porque el local fue devorado por las llamas.
El fuego altera algo más profundo que la superficie del suelo.
Altera la capacidad de imaginar un mañana donde volver a sembrar tenga sentido.
Es ahí cuando aparece la pregunta que evitamos desde hace más de diez años, porque los incendios no son nuevos. Lo nuevo es nuestra incapacidad persistente para aprender.
Llevamos una década apostando por monocultivos, por bosques continuos de pino y eucalipto, por un modelo que prioriza velocidad, rentabilidad y exportación, aun cuando sabemos —porque lo hemos visto arder una y otra vez— que este paisaje es altamente inflamable.
Y no, no es solo el fuego, el que amenaza como matar el mundo rural. Hay otras prácticas, mucho más cotidianas, no tan sobrecogedoras, que no tiene prensa, ni instagram, ni videos virales, ni campañas de solidaridad, pero que resultan igual de letales: el abandono, la incomprensión, la falta de inversión, la ausencia de políticas sostenidas que apuesten por el desarrollo rural, territorio que representa el ochenta por ciento de la superficie del país.
Mientras sigamos creyendo que el turismo rural es inferior, no pagando precios justos por lo que producen nuestros territorios, llenándonos la boca con el manido kilómetro cero aunque luego compremos en grandes superficies. Mientras sigamos apropiándonos de relatos rurales y sus símbolos, la desaparición del tejido campesino desaparecerá.
No hay que olvidar que el alma de la cocina está en el campo, en los pueblos. Esos que ahora arden. Quizás el verdadero desastre no sea solo lo que el fuego arrasa, sino todo lo que seguimos dispuestos a perder sin cambiar nada.