Temporada baja

Dejo comanda
Entre mayo y octubre, en esas mismas barras no cabe un alfiler. Uno se abre camino entre la multitud, busca anhelante la mirada del camarero y agarra con buen pulso el marianito. Pero en estos meses en los que apenas se oye rodar una maleta, la escena es bien distinta. La hora punta del aperitivo se vuelve una pausa larga, la barra aparece desangelada y el camarero repasa por tercera vez la misma copa, esperando que la señora del tercero baje a por su Rueda con un hielo.
Lo curioso es que hablamos de bares y restaurantes icónicos, esos que figuran en todas las guías bajo el epígrafe de ‘imprescindibles’, con decoración pintoresca y situados en las mejores esquinas de la ciudad. Lugares donde, en temporada alta, todo son selfies sosteniendo una gilda y yanquis mirando con extrañeza una ración de chipirones. En estas tardes lluviosas de febrero o marzo envidian, aunque no lo confiesen, el ambiente de un bar de barrio o de una taberna de pueblo.
Son los riesgos de orientar la brújula exclusivamente hacia el visitante, sea nacional o extranjero. Llega con hambre de experiencias, se hace la foto, paga lo que le pidan —para eso está de viaje— y rara vez vuelve. Nada que reprochar, simplemente se guía por otra lógica. La pandemia nos recordó la importancia de cuidar al cliente cercano, el que llena la caja cuando no aterrizan aviones. Pareció que habíamos aprendido la lección, pero al quitarse la mascarilla algunos hosteleros perdieron también la memoria. Ahora, en temporada baja, se descubren demasiado dependientes de un flujo que no controlan.
Basta, sin embargo, con darse una vuelta por enclaves menos evidentes para comprobar que la ciudad sigue latiendo. A la hora del poteo, incluso entre semana, las plazas de los barrios recuperan ese murmullo dicharachero que alivia los rigores de la rutina. La gracia de salir a tomar el vermú o una caña no está tanto en el trago —que también—, sino en cruzarse con los de siempre, comentar la jornada, saberse parte de algo. En la plaza turística hace tiempo que dejamos de encontrarnos. Y sin ese espejo cotidiano, ningún bar, por pintoresco que sea, está del todo lleno.

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