Michel Rolland y la obsesión por el malbec

En la antesala del Malbec World Day, un recuerdo sobre cómo la mirada incisiva del desaparecido enólogo francés Michel Rolland ayudó a moldear el malbec argentino que conquistó el mundo

Mariana Gianella

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Fue una revolución, es difícil pensarlo ahora, pero había algo muy disruptivo en las palabras de un francés que visitaba Cafayate y decía en plena década de 1980, que el malbec podía conquistar al mundo. Viñedos maduros, de estirpe alta y luz seca. Rolland insistía en la madurez y en la oxigenación, mientras hacía un culto del uso de la madera. Los verdes convertidos en marrones, las frutas cocidas, las vainillas, los tabacos y el chocolate. Las geografías fueron cambiando y el vino fue emergiendo de la mano de un personaje controvertido, pero efectivo. El malbec fue encontrando su rumbo y los paladares acostumbrándose a una dulzura con marca país. Esa insistencia casi obstinada fue una de las huellas imborrables que dejó Michel Rolland.

Michel Rolland, a la izquierda, en una de sus primeras visitas a Argentina.
Michel Rolland, a la izquierda, empezó a hacer proyectos con Malbec a finales de la década de 1980.

Llegó a la Argentina sin una narrativa previa. No venía a rescatar nada ni a confirmar una identidad. Lo que encontró fue una uva con potencial desde mediados del siglo XIX y un sistema que todavía no sabía qué hacer con ella. El malbec existía, sí, pero no era todavía una promesa internacional. Era más bien una posibilidad dispersa, con viñedos viejos que empezaban a perderse y vinos que no siempre lograban sostener una idea clara de calidad.

 

No hay que arrancar Malbec, hay que hacer mejor vino

 

Su reacción, según contó más de una vez, fue inmediata. “No hay que arrancar malbec, hay que hacer mejor vino”. En esos años, finales de los 80 y principios de los 90, esa frase tenía algo de intuición pero también de diagnóstico. El país venía de décadas de volumen, con poca precisión técnica y un mercado interno dominante. Pensar en exportación implicaba, necesariamente, cambiar el estándar.

 

Pero esa intuición venía acompañada de una convicción más profunda y más incómoda. “Si la Argentina no tuviese malbec, lo único que podría haber cultivado es verdura para ensalada”. No era solo una frase díscola, era una forma de ordenar prioridades, de señalar que el diferencial del país estaba ahí, en esa variedad que muchos todavía consideraban secundaria, mientras se buscaba calidad en los cabernet, el tempranillo o el merlot.

El primer laboratorio fue Cafayate, en los Valles Calchaquíes, donde el sol empuja todo al límite. Rolland entendió que esa intensidad podía ser una virtud si se la ordenaba. Sus mandamientos en piedra hablaban de madurez plena, concentración y estructura. No se trataba de domesticar el lugar, sino de acompañarlo hasta el final, eran vinos de sol y de altura, con lo cual pensar en 16 grados de alcohol bien equilibrados no era del todo una locura. El malbec del norte empezó a mostrar una potencia que hasta entonces no estaba en el radar internacional.

Valles Calchaquíes, viñedo
Los Valles Calchaquíes fueron el primer laboratorio de la uva Malbec para Rolland.

Esa búsqueda de madurez no era negociable. “En el vino no hay milagros”, repetía. Y en esa frase condensaba su método: esperar, ajustar, intervenir cuando hacía falta, pero siempre con un objetivo claro: eliminar cualquier rastro de rusticidad. El verde no tenía lugar en su mapa.

 

Una nueva expresión para el malbec

 

A fines de los 90, ese aprendizaje se traslada a Mendoza, más precisamente al Valle de Uco. Vista Flores, en ese momento, era poco más que una promesa. El proyecto Clos de los Siete, con capitales franceses y dirección técnica de Rolland, no solo organiza una zona, también fija un lenguaje. Fruta madura, textura envolvente, madera integrada. Un estilo que rápidamente encontró eco en los mercados externos. Ese fue, probablemente, el momento en que el malbec argentino se volvió legible para el mundo.

 

Los números acompañaron ese proceso. En menos de dos décadas, la superficie plantada creció de manera exponencial y el malbec pasó a representar el corazón productivo del país, con más de 44.000 hectáreas y un aumento del 171% desde el año 2000 . Pero más allá de la escala, lo que cambió fue la percepción. Argentina dejó de ser un origen periférico para convertirse en una referencia concreta.

Mendoza, bodega Rolland
Viñedos de la bodega Rolland en Mendoza.

Rolland tuvo mucho que ver con esa transición. No solo por sus propios proyectos, sino por la cantidad de bodegas que buscaron en él una guía técnica. Control de temperatura, selección de fruta, manejo del viñedo, uso de barrica. Elementos que hoy parecen parte del sentido común, pero que en ese momento implicaron una profesionalización acelerada. La creación del laboratorio Eno-Rolland en 1999 se encargó de asesorar a cientos de bodegas que llevaban sus muestras y a cambio recibían consejos de cosecha, elaboración y know-how. Su obsesión era clara. Evitar el verde, eliminar la rusticidad, llevar el malbec a un punto de expresión donde pudiera competir con los grandes vinos del mundo. En ese camino, la madera no era un accesorio sino una herramienta. “No hay vino de alta gama sin madera”, decía, con la misma convicción con la que defendía la cosecha tardía.

 

Rolland nunca creyó en una diversificación como estrategia identitaria para Argentina. “El malbec es el rey de las variedades para la Argentina”, decía, y lo reforzaba con una lógica difícil de discutir en ese momento: “¿Por qué buscar lo que no tenemos si tenemos la suerte de tener malbec?”. Incluso cuando reconocía que el país podía ofrecer muy buenos cabernet sauvignon, merlot o cabernet franc, incluso blancos de gran nivel, volvía al mismo punto. En esas variedades, entendía, la competencia global era demasiado amplia, mientras que el malbec ofrecía un territorio más propio, menos disputado. El malbec era un norte, pero también abría, casi sin decirlo, otra pregunta: qué implica para un país vitivinícola tan diverso sostener una identidad tan concentrada cuando el mapa muestra muchas más posibilidades.

 

Visión cumplida

Ese modelo funcionó. Los vinos empezaron a viajar, a obtener puntajes, a instalarse en mercados clave como Estados Unidos y Europa. El malbec dejó de ser una rareza para convertirse en una categoría reconocible. Pero todo modelo exitoso genera su propia resistencia y a medida que el estilo se consolidaba, comenzaron las críticas. Se habló de uniformidad, de vinos que se parecían demasiado entre sí, de una pérdida de identidad en favor de un perfil internacional. El término “rollandización” apareció para describir esa sensación de receta replicable. El documental Mondovino capturó ese momento con crudeza. Rolland, moviéndose entre bodegas de distintos países, dando indicaciones precisas, repitiendo procedimientos. Para algunos, era la prueba de un sistema que privilegiaba el mercado por sobre el origen. Para otros, simplemente la evidencia de una técnica aplicada con consistencia.

Viñedos de Malbec
En cuestión de años, el malbec se convirtió en símbolo de los vinos argentinos.

También ahí, su respuesta fue frontal. Defendía que el consumidor ya no toleraba defectos y que la tecnología era la herramienta que permitía a países como Argentina competir en igualdad de condiciones. No había nostalgia en su discurso, había pragmatismo. En Argentina, esa discusión tomó otra forma. Una nueva generación de enólogos empezó a mirar hacia otro lado. Menos madera, menos alcohol, más tensión, más lugar para el suelo y el clima. No como negación de lo anterior, sino como evolución.

 

Rolland nunca terminó de coincidir con ese giro. Lo veía, en parte, como un riesgo de perder aquello que había hecho distintivo al malbec argentino. La madurez, la amplitud, esa sensación de plenitud que el sol garantiza. Sin embargo, incluso en esa diferencia, hay un punto de continuidad. El estándar técnico que hoy permite explorar estilos más austeros fue, en gran medida, construido en aquella etapa. La obsesión por la precisión, por el detalle, por evitar el defecto.

La imagen muestra la tipicidad de la uva Malbec en la DOC Luján de Cuyo
Cepas de Malbec en un viñedo de la DOC Luján de Cuyo.

El día del Malbec cumplirá una nueva edición el próximo 17 de abril, y hoy el paisaje es otro. Es una cepa que ya no necesita ser explicada, se despliega en múltiples versiones, desde las más concentradas hasta las más filosas. Habita distintas alturas, distintos suelos, distintas decisiones. Pero en ese mapa, todavía es posible rastrear aquella primera insistencia. La idea de que el malbec podía ser más de lo que era, que había algo en esa uva que merecía ser llevado hasta el límite. Michel Rolland trabajó sobre esa intuición con una convicción poco negociable. No fue el único, pero sí uno de los que más empujó. Y en ese empuje, con sus aciertos y sus tensiones, terminó de moldear una parte decisiva de la historia reciente del vino argentino.

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