Monte, cocina de paisaje

Tribuna

En una aldea de apenas dieciocho habitantes se encuentra uno de los restaurantes asturianos con más interés en estos momentos. El nombre de esa aldea, San Feliz, no puede ser más bonito y ya predispone al visitante. Está a un paso de Pola de Lena, la capital del concejo, y con un fácil acceso desde la autovía A-66 que une Asturias con Castilla. Allí lleva siete años instalado Xune Andrade, un cocinero con largo recorrido al que conocí cuando trabajaba con la familia Morán en Casa Gerardo. Luego, entre otras cosas, un intento fallido de restaurante propio en Gijón y una etapa en Madrid con diversos proyectos. Pero, como están haciendo otros muchos cocineros, Xune decidió regresar a su tierra natal para poner en marcha un proyecto muy personal bajo el nombre de Monte. Ubicado en el antiguo chigre de la aldea, con un pequeño comedor de apenas siete mesas, la cocina abierta y una agradable terraza para tomar el aperitivo o la última copa los días en que la complicada climatología asturiana lo permite. Sus menús degustación (127 euros el largo, 97 el corto, y 65 uno especial para días laborables) introducen al comensal en el bucólico entorno de San Feliz.

 

Los de Xune Andrade son platos ceñidos a la temporada y al paisaje que le rodea, aunque sin la radicalidad de cerrarse a lo de fuera. Elaboraciones que enlazan con la tradición y a las que se aplican técnicas que son fruto de los muchos años de experiencia de un cocinero que empezó muy joven. Sensible siempre a las nuevas tendencias, apostando por la sostenibilidad y apoyando el desarrollo económico de la zona en que se ubica, trabaja con artesanos, ganaderos y agricultores locales con los que, según sus propias palabras, “comparte valores, filosofía y terruño”. El brioche negro de escanda, miel y carbón, homenaje a la cuenca minera, nos introduce en un menú de territorio en el que destacan la trucha de Cuevas curada y ahumada; el bacalao confitado con emulsión de caldo de pitu; la magnífica versión del pote asturiano; el solomillo de jabalí a las brasas, o el pitu caleya de la vecina sierra del Aramo guisado como un ave de caza. Y un remate dulce muy asturiano a base de marañuelas (galletas de mantequilla), arroz con leche y tarta de queso local. Una cocina sin prisas, de fuego lento, que reivindica la tradición de la montaña central de Asturias.

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