El monstruo de las galletas

Dejo comanda

El monstruo de las galletas nunca fue un personaje con criterio. Su gracia consistía, precisamente, en lo contrario: esa ansiedad primaria con la que devoraba todo lo que caía en sus manos, dejando un rastro de migas. Comer era para aquel bicho de pelo azul un impulso irrefrenable, no una necesidad fisiológica, ni mucho menos un acto cultural.

 

Ese peluche tragaldabas parece estar hoy al mando de una villa donde, a la vuelta de cada esquina, abre una nueva y tentadora tiendita de ‘cookies’. Hablo de Bilbao, pero podría ser cualquier ciudad del mundo. Todas comparten la misma estética naíf, los mismos colores pastel, los mismos nombres deliberadamente ingenuos. Quizá sean una moda pasajera, pero su insistencia resulta inquietante.

 

No tengo nada contra las galletas; yo mismo las devoraba con fruición en etapas de mi vida más necesitadas de energía rápida. Tampoco contra quien decide ganarse la vida vendiéndolas, a menudo extranjeros bienintencionados que han dejado un trabajo anodino en algún país con sueldos más altos para perseguir su sueño: endulzar el proceso de gentrificación que se extiende por nuestros cascos históricos.

 

Pero el éxito de las dichosas ‘cookies’ está lejos de ser inocente. Si a fuerza de imponer un imaginario común, aquellos monstruitos televisivos contribuyeron en su día a que los niños olvidaran muchos cuentos populares, también estas galletas americanas arrinconan otros dulces típicos. ¿Alguien se acuerda de las paciencias, las txirloras, los cocotes o los suspiros de monja?

 

El problema no es que aparezcan nuevas propuestas. El problema es que todas se parezcan tanto. Ese mazacote azucarado es un símbolo de una homogeneización e infantilización del gusto que prescinde de toda una tradición de sabores quizá menos evidentes, más austeros, pero que nos retrataban como pueblo.

 

Caminamos hacia ciudades que, más allá de los cuatro iconos visitables, resultan sospechosamente idénticas. Cada persiana que se levanta es una invitación a satisfacer un capricho de forma compulsiva, y en el proceso, nuestra dieta se está volviendo tan monótona como la de aquel monstruo que solo devoraba galletas.

NOTICIAS RELACIONADAS