Llegamos bajo un cielo que no cesaba de verter su llanto gris sobre el Maresme. No era lluvia: era un telón de agua cayendo sobre la Serralada de Marina, en una mañana que se deshacía en brumas que borraban la frontera exacta entre el Mediterráneo y las cepas.

En ese territorio antiguo que los romanos llamaron Laietania y que todavía hoy guarda una manera particular de entender la vida: con el mar cerca y la tierra pegada a las manos.
Subir a Alta Alella bajo el aguacero fue como adentrarse en un poema de Salvador Espriú: “Oh, qué rara claridad de repente se viene desde el mar”. Aunque la claridad fuese de plomo aquel día, el alma de la tierra palpitaba bajo los suelos de sauló, ese granito descompuesto que se vuelve dorado cuando el sol lo acaricia y oscuro cuando la lluvia lo recuerda. Parecía casi solemne.
Apenas entramos, nos recibió Mireia Pujol-Busquets (con esa serenidad de quien ha crecido entre cepas) y comenzó a hablar del vino como si estuviera contando una historia familiar. En realidad lo estaba haciendo: su familia lleva décadas cultivando estas viñas, continuando una tradición que en este territorio se remonta a los laietanos de hace más de dos mil años.
Mireia posee esa sabiduría sosegada de quien conoce los ciclos de la luna y el capricho del viento. Hablaba con una sintaxis impecable, donde cada palabra parecía elegida con el rigor de un orfebre y la pasión de una poeta. Escucharla era entender que el vino no es solo un producto, sino una forma de lenguaje.

Catando espumosos, blancos y tintos
Después de un breve recorrido, ciertamente impedido por la lluvia, recalamos en las estancias habitables de la bodega.
Sobre el mostrador estaban las botellas agrupadas como viajeros silenciosos, esperando su turno para contarnos su propia historia. No paraba de caer agua que iba escurriéndose sobre los cristales. Mireia empezó a narrar. Lo que hizo no fue exactamente una cata: fue un relato. Cada vino tenía un origen, una pendiente, una orientación hacia el mar, un recuerdo de vendimia. Y ella lo contaba con esa manera limpia de quien sabe que el vino puede no explicarse, basta con evocarlo.
Empezamos por el Puput 2023, la irreverencia hecha vino, un pet nat que es puro zumo de vida. Esa abubilla (la que aparece en la etiqueta) que sobrevuela los viñedos no engaña: es turbio porque guarda su verdad, con una burbuja juguetona que estalla en la lengua como un recuerdo de infancia. Es un vino vertical, radicalmente directo, que te obliga a sonreír. Beberlo es como morder la uva directamente de la cepa un lunes por la mañana. Una sacudida de frescura necesaria.
A continuación pasamos a la solemnidad de los espumosos: el Laietà Gran Reserva 2021, una arquitectura líquida. Este Cava de paraje es el equilibrio absoluto entre la fruta y la crianza. Aquí la Pansa Blanca y el Chardonnay se dan la mano sobre un lecho de sauló. La burbuja es finísima, una caricia de seda con esa mineralidad salina que es firma de la casa. El 2021 regala una estructura envidiable, una elegancia que proclama su nobleza. Un vino de mesa de mantel blanco y de conversación pausada mientras fuera el cielo seguía siendo gris.

Para cerrar el tiempo de burbujas, un soberbio L’Art Laietà 5, un testamento de paciencia. El número 5 marca un hito de madurez, un Cava que ha visto pasar los días en silencio. Aquí el tiempo se ha vuelto textura. Es ancho, profundo, con un final eterno que te deja el sabor de la tierra vieja y el trabajo bien hecho. Es el orgullo de una estirpe, la demostración de que el Mediterráneo, cuando se le trata con respeto, es capaz de una sofisticación que nada tiene que envidiar a los grandes terruños del mundo.
Las botellas se iban alineando sobre la mesa como soldados en desfile lento. Fuera, el paisaje laietano aparecía más mojado y brumoso, como si lo hubiera pintado Turner después de un viaje al Maresme. Las viñas descendían hacia el mar entre nubes bajas, y el Mediterráneo parecía un secreto. Recordé entonces a Josep Pla, que sabía mirar estos horizontes con la precisión de un catador de diversas luces. “El paisaje es una manera de sentir el tiempo”, escribió en alguna parte.
A mitad de la cata, entre el rumor de la lluvia contra los cristales, se acercó a saludarnos Josep Maria, el patriarca de esta firma. Fue un momento de una calidez extrema. En su mirada se lee el orgullo del pionero, del hombre que supo ver un viñedo donde otros solo veían monte. Su presencia fue el recordatorio de que la excelencia es una carrera de relevos, un diálogo constante entre generaciones. Como decía Montserrat Roig: «La cultura es la opción política más revolucionaria». Y hay mucha cultura, mucha resistencia y mucha belleza en mantener viva esta ladera frente al mar.
Vinieron los vinos tranquilos. Primero los blancos: Cau d’en Genís, Pansa Blanca 2024, la primavera misma atrapada en un cristal. Un vino que huele a la mañana tras la tormenta, con esa salinidad punzante que te recuerda que el mar está ahí mismo, a un paso de las cepas. En boca es puro nervio, una verticalidad cítrica que te limpia el alma. Es la expresión más franca de la Pansa Blanca; un vino que no quiere ser otra cosa que la pureza de esta tierra en un año de luz vibrante. Y enseguida, Lanius Vignes Velles 2022, aquí la Pansa Blanca se vuelve sabia, se vuelve texto denso y profundo. Procede de las viñas viejas, de esas que ya no tienen prisa. Es un vino de meditación, donde la acidez, esa columna vertebral del sauló, sostiene toda la estructura con una elegancia aristocrática pero humilde.

Y luego los tintos: Cau d’en Genís 2023, Granite Soul (Garnacha Peluda)
Es, literalmente, el «alma del granito». La Garnacha Peluda en esta zona es un milagro de frescura. Nada que ver con las garnachas pesadas; esto es pura fruta roja. Tiene una transparencia casi de Borgoña, pero con el carácter salvaje del sotobosque catalán. Es un vino que se bebe con la facilidad del agua pero que te deja el recuerdo de la piedra fría en el retrogusto. Una joya de ligereza y precisión. Y cerrando la propuesta: Orbus 2023, un Syrah que ha decidido ser marinero. Un tinto con garra, con un tanino presente pero pulido por la mano experta de Mireia. Un vino oscuro en el color pero luminoso en el trago, con una estructura que pide tiempo y que habla de una añada de sol y equilibrio.
Llegamos al final, al postre que no empalaga, a la caricia de terciopelo, Dolç Mataró 2022. Este tinto dulce de la variedad Mataró (Monastrell) es un prodigio de equilibrio entre la delicadez y la acidez. Un vino con memoria, que se queda pegado al paladar y al espíritu, recordándonos que la dulzura, cuando es honesta, es una de las formas más altas de la belleza.
Fuera seguía lloviendo. La conversación de la lluvia. Mientras, el paisaje laietano giraba en nuestras copas y las cepas brillaban como si alguien las hubiera barnizado con paciencia. El mar continuaba oculto, pero su presencia era innegable: estaba en el aire, en la sal invisible, en la frescura de los vinos.
“El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones como el río del tiempo”, escribió Borges. Pero aquí, en esta bodega suspendida entre nubes, el vino se explicaba, se sentía, se agradecía.
Nos fuimos con el sabor de las uvas en el paladar y la certeza de que, mientras existan lugares donde se cultive la tierra con esta integridad, el mundo seguirá siendo un lugar habitable, incluso bajo el diluvio. Partimos con el alma lavada por la lluvia y el corazón encendido por la hospitalidad de una familia que ha hecho del vino su mejor poema.
