En 2023, el Instituto Nacional de Vitivinicultura de Argentina otorgó la Indicación Geográfica Paraje Hilario. Un año después, el Concejo Deliberante de Calingasta declaró sus viñedos Patrimonio Natural, Biológico, Histórico-Cultural y Paisajístico, y sus prácticas tradicionales de poda y manejo, Patrimonio Intangible. Dos reconocimientos institucionales que son, en realidad, la punta visible de un proceso mucho más largo, el de un valle que lleva décadas construyendo, casi sin saberlo, una forma propia de entender la tierra y el vino.

El ingeniero agrónomo y productor de la zona Simón Tornello documentó ese proceso en un trabajo breve, ágil, disponible en internet, que levanta el mapa completo del lugar: geología, formación del suelo, orientaciones, clima, historia. Pero también algo más difícil de cuantificar: cuántas de las 16 familias que viven en Hilario dependen directamente de esos viñedos para existir, y de qué manera ese entramado de saberes locales transmitidos de generación en generación entre parrales constituye, en sí mismo, un patrimonio intangible. Lo que Tornello describe es un proceso en el que la vitivinicultura patrimonial no es un vestigio del pasado sino una proyección hacia adelante: una forma de producción que combina herencia cultural con enología contemporánea, y que usa el vino como vehículo de identidad territorial.

En el Valle de Calingasta coexisten dos modelos; el de los grandes emprendimientos orientados a la exportación de uva, mayormente malbec en espaldero gestionados desde afuera del departamento, y el de los pequeños productores integrados en el territorio, con parral, riego superficial y variedades criollas o cepas europeas antiguas. Hilario es el núcleo de ese segundo modelo. En Hilario, en 2010, casi no se vinificaba. Hoy hay al menos seis emprendimientos elaborando vinos con fruta del paraje. Bodega del Carmen es uno de ellos.
El oasis y su lógica
Barreal, en el Valle de Calingasta, existe antes de que alguien decidiera hacer vino ahí. Un oasis de desierto al pie de la Precordillera, con la Cordillera de los Andes de fondo como telón permanente, donde el agua llega directamente del deshielo, por gravedad, a través de canales que bajan de la montaña. El Río Castaño cruza la finca de Bodega del Carmen de norte a sur y se junta con el Río Los Patos unos diez kilómetros al sur para formar el Río San Juan. Hace diez años, en este valle, la expresión turno de riego no existía. Hoy sí, aunque el agua sigue siendo una ventaja que pocas regiones vitivinícolas argentinas pueden exhibir con la misma naturalidad.
En ese valle, que hoy tiene 300 hectáreas plantadas y tenía apenas 120 en 2012, cada productor está construyendo su propia respuesta a la pregunta de qué significa hacer vino. Hay quienes hacen garnacha. Hay quienes trabajan criolla y bonarda. Hay quienes recién están plantando cabernet franc o marselán. Patricio Bellone, de Bodega del Carmen, dice: «Cada proyecto tiene su interpretación para seguir investigando».

Pero hay algo que los caracteriza a todos. El frío de montaña. Barreal tiene el hilo conductor de la frescura como marca de los vinos y con ella la posibilidad de estructurar vinos que atraviesen el tiempo. Porque si bien la historia no es larga hacia atrás, la pregunta sobre si la estructura del lugar da vinos capaces de estibar no tarda en llegar, sobre todo cuando esa columna vertebral equilibra el intenso sol que le da tanta identidad a la uva.
Cuidar un patrimonio comprándolo
A unos 23 kilómetros al sur de Villa Corral, donde está la finca de Bodega del Carmen, está Paraje Hilario. Lo que Patricio Bellone describe como «el corazón del valle»: parrales de 100 años plantados al pie de la Precordillera, con vista a la cordillera. Vides que el INTA identificó como reservorio de variedades autóctonas: uva de pascua, coco de gallo, moscatel tinta, criolla blanca chica, junto a cepas ya conocidas como torrontés sanjuanina, criolla chica y cereza. Un patrimonio genético que existe porque existieron familias que lo sostuvieron, y que corre el riesgo de desaparecer si nadie comprara la uva. Bodega del Carmen trabaja uva de Hilario. Patricio cuenta el motivo: «La forma de protegerlo es vinificándolo».

De esas vides centenarias el proyecto elabora torrontés. Trece hectáreas dan origen a lo que quizás sea el ejemplo más nítido de cómo el mismo viñedo puede producir expresiones radicalmente distintas según quién lo trabaje. Hay muchas interpretaciones distintas del torrontés de Paraje Hilario circulando en el mercado, desde versiones naranjo hasta pasitos, desde blancos frescos hasta macerados. La de Bodega del Carmen —el Nido del Tigre— apunta a un perfil cítrico, fresco, voluminoso, que deliberadamente evita el torrontés aromático típico. «La idea es que no aparezca un torrontés tan aromático, sino que sea más bien de frescura y volumen», explica Patricio. Para eso, el enólogo Federico Isgró trabaja con puntos de cosecha tempranos, vinificación en tanques pequeños de acero inoxidable y nada de madera.
El passito que duerme en camas de caña
Pero si hay una elaboración que resume la audacia del proyecto, es el passito seco. Apenas 1.300 botellas. Un vino que empieza con una cosecha a nueve grados de alcohol potencial —muy temprana, deliberadamente— y que necesita alcanzar 12,5% al final del proceso. El camino entre esos dos números transcurre en camas de caña. Las uvas se depositan en esas camas y se las pesa diariamente, a veces más de una vez. Cuando el racimo pierde un 35% de su peso original, entra en proceso de elaboración. El criterio es ese: el peso que falta. Después, el 30% del vino va a roble —entre barrica de 500 litros y clayver de 400— y el 70% restante pasa 14 meses en clayver de cerámica, sin madera. Una crianza en dos mundos que busca un equilibrio entre estructura y ligereza. El resultado es un vino que se ubica en un territorio poco transitado por nuestro país: passito seco. No dulce, no oxidativo, no al estilo italiano. Algo propio del Valle de Calingasta.

Ante la pregunta sobre qué viene primero, la familia Bellone arma sus prioridades: «Primero viene el lugar, segundo la enología, y el varietal está tercero». Es la declaración de principios del proyecto. Y se nota en cada decisión, desde las etiquetas que no comunican la variedad, hasta Predador, un tinto de 60% Malbec y 40% Cabernet Franc originario de Villa Corral, que mezcla crianza en barricas de roble de 225 y 500 litros con huevos y piletas de hormigón, dando como resultado un tinto complejo, estructurado y embotellado sin filtrar. O La línea Chimuelo Carbónica, un blend tinto joven compuesto por malbec y ancellotta de Villa Corral, donde el enólogo Federico Isgró se destaca por sus métodos disruptivos de elaboración. Un malbec que realiza maceración carbónica con racimos enteros en piletas de hormigón para potenciar la fruta, mientras que la ancellotta se vinifica al estilo de un blanco mediante un prensado inmediato tras una breve maceración en frío sin pieles. En esta línea, la última creación de Federico será un blanco llamado Pieles que también promete innovación.

Bodega del Carmen tiene 15 hectáreas plantadas sobre unas 400 disponibles. De esas 15, la mayoría son de malbec, con 2,5 hectáreas de ancelotta y 2,5 de cabernet franc. También son los únicos del valle que trabajan ancelotta, y suman de a poco variedades al porfolio para en un futuro contar con marselán, calladoc, sauvignon blanc y monastrell. El agua, a diferencia del resto de los valles sanjuaninos, no es una limitante. Pero el timing sí importa, y para eso está Leo Ruiz, el ingeniero agrónomo. Su aporte más significativo fue diseñar el riego de prevención de heladas: mojar mucho antes del invierno, en el momento clave, para proteger los puntos de mínima temperatura. Un conocimiento que solo se tiene viviendo ahí adentro. «La única manera de saber cuándo regar, cómo tratar el viñedo, es estar».

Entre Federico Isgró como enólogo, Leo Ruiz ingeniero agrónomo y Pablo Garriga como sommelier de la bodega, se construye una cadena de decisiones que mantiene un estándar muy alto y un equipo que ante todo tiene el espíritu joven de una nueva generación. Y es importante entender que por los volúmenes que maneja la bodega, lograron tener un equipo fijo propio que les permite no depender de cuadrillas externas de trabajo. El primer vino de esta nueva generación de Bodega del Carmen fue la añada 2022, con un malbec, cabernet franc, y el Ripasso de Nido del Tigre. En 2023 se sumaron la ancelotta de Predador y el Chimuelo con carbónica.
Quizás Barreal sea hoy el fractal más genuino para mostrar lo que el vino puede realizar en un lugar. Aquí pocas familias decidieron proteger el patrimonio y organizar su paisaje en beneficio de una mejor vida posible. Esas decisiones, paradójicamente, traen siempre aparejado un gran estándar de calidad en lo que producen. Se trata de un materialismo extraño que construye a las cosas buenas; que más que por grandes ideales, se componen de esfuerzos diarios que conforman una red por donde no se escapa nada. Sin dudas un rompecabezas que habrá que seguir armando. Y mientras tanto, Barreal es ese punto en tu agenda, que no debes dejar de visitar.
