El año ha comenzado con un menú de actualidad difícil de digerir. En los últimos días Donald Trump ha ordenado una incursión en Venezuela, mientras amaga con apoderarse de Groenlandia y lanza amenazas a varios líderes latinoamericanos; es solo el aperitivo de un 2026 que se intuye convulso. Esta no es la sección de Internacional, pero quizá convenga detenerse a pensar qué implicaciones tendría la ruptura del orden mundial para el sector de la gastronomía.
Las consecuencias para la alta cocina son evidentes y es probable que empiecen a sentirse ya en los próximos meses, estalle o no un conflicto bélico a gran escala. El negocio de la restauración de lujo descansa desde hace décadas sobre una premisa frágil: la existencia de comensales dispuestos a cruzar fronteras para sentarse a una mesa. Esa variable se resquebraja con facilidad, como pudieron comprobar muchos chefs de prestigio durante la pandemia.
No hace falta que caigan bombas para que el miedo al viaje, la incertidumbre económica o la simple fatiga mental vacíen aviones y mesas. Basta con que la tensión se prolongue. Si el escenario se enrarece y deviene en conflagración, no solo escasearán los clientes; también empezarán a fallar el producto, la energía y la mano de obra joven. La restauración, tan dependiente de equilibrios precarios, es uno de los primeros sectores en notar cualquier sacudida.
Durante una guerra los bares y restaurantes quizá no desaparezcan del todo, pero se verán obligados a redefinir su función. Resistir implicará cocinar mejor con menos recursos, revisar cartas, acortar cadenas de suministro y mirar más cerca. No como discurso identitario, sino por pura lógica de supervivencia. En ese contexto, contar con un sector primario sólido puede resultar casi tan decisivo como la potencia militar, y no está claro que estemos bien preparados.
Pero más allá de los clientes o la logística, un horizonte bélico ataca al nervio del sector: el hedonismo deja de ser un valor al alza, incluso para quienes pueden permitírselo. Sobrevivirán las mesas que sean capaces de pasar de lujo superfluo a lugares de encuentro necesarios.