Más allá de ser una de las ciudades más grandes del mundo —su área metropolitana suma más de 14 millones de personas—, más allá de su vanagloriado cosmopolitismo y de su amplia propuesta gastronómica, Buenos Aires nunca fue sede propicia para esas cocinas asiáticas que se pusieron de moda en buena parte del mundo occidental a lo largo de los últimos 30 años. Es verdad. hay en esta ciudad muy buena cocina coreana tradicional, pero faltan en cambio restaurantes indios de calidad; lo mismo sucede con la cocina china o la del sudeste asiático, que brilla más por ausencia que presencia (con excepciones, como el pionero Sudestada, con más de 25 años en Palermo).
Sin dudas, Cocina Sunae, mítico lugar a puertas cerradas creado en 2008 por la cocinera estadounidense —de familia filipina— Christina Sunae, actual socia en Apu Nena, marcó un quiebre en este relato; quiebre confirmado diez años más tarde por el exitosísimo Niño Gordo, que sumó desenfado, gracia y reconocimiento internacional (ocupa el puesto 21 en el Latin America’s 50 Best Restaurants 2025) al exótico mundo oriental. Hoy, ese camino es transitado por José Delgado y Thomas Nguyen, venezolano el primero, vietnamita el segundo, que con sus restaurantes Cang Tin y Tony Wu se posicionan como los nuevos grandes promotores de la cocina asiática en Buenos Aires.

Thomas y José son dos trotamundos que entienden el espíritu de época. Thomas garantiza el paladar oriental: nació en Vietnam, vivió 25 años en Estados Unidos, otros seis en Tailandia, fue DJ y hotelero, hizo cursos de cocina, se enamoró de un argentino y terminó radicado en Buenos Aires. “Vine por primera vez a la Argentina hace veinte años. Recuerdo haber ido en ese momento al Barrio Chino y descubrir que ni siquiera allá se podían conseguir esos ingredientes que tanto me gustaban… Incluso era difícil encontrar algo tan básico como la salsa de pescado”, cuenta.
José, por su lado, comenzó como gastronómico de adolescente: “Arranqué a los 15 años, en Venezuela, haciendo sushi para mis amigos. Luego seguí en un bar, después abrí un delivery. Me fui a vivir a Denver (EE.UU.), de ahí me mudé a Montreal (Canadá), volví a Venezuela y en 2015 me vine a la Argentina”, dice. Ambos se conocieron en Buenos Aires, trabajando en Saigón Noodle Bar, un restaurante de cocina callejera vietnamita. “En 2020 decidimos abrir un restaurante juntos, donde ofrecer los sabores de Vietnam y de Tailandia. Ese fue el inicio de Cang Tin. Antes de hacerlo, viajamos a Tailandia: queríamos lograr algo auténtico, y la única manera de hacerlo era viajando, probando cosas allá, trayendo ingredientes en la valija”, recuerdan. Si bien la idea original era recorrer varios países del sudeste asiático, los sorprendió el inicio de la pandemia y pasaron solo tres semanas en Bangkok. “Estar allá en medio de ese caos nos permitió conocer cocinas menos glamorosas, más reales. Comer unos satay en la calle, probar una won ton soup, un cerdo char siu, un chicken hainanese, todo simple y delicioso”.

Ubicado en un borde del barrio de Palermo, en una cuadra olvidada junto a las vías del tren, Cang Tin abrió en 2021 y se convirtió en un éxito instantáneo. Cocina rápida y sabrosa, vajilla colorida traída de Tailandia, una gran barra en forma de herradura para 25 personas, una vereda luminosa. “Empezamos con pocos platos, unos 15. Hoy la carta tiene más de 45 opciones. Es un lugar divertido, muchos de los platos están pensados para comer con la mano, que te ensucies un poco. Un buen día pasan por ahí más de 250 personas”, afirman. El menú recorre best sellers obvios (dumpling, nem frito, pad thai, pho) e ítems menos vistos por estas latitudes, desde ostras frescas con salsa nam jim jaew, al bò tái chanh, el crispy pork o el pescado estofado al modo de cá kho tộ (un pescado estofado en una reducción de salsa de pescado y de soja oscura, que sale con pickles de mostaza y arroz). Varios de los platos son picantes, alcanzando umbrales más altos de lo usual en Buenos Aires.

In the mood for China
El gran salto a las primeras planas gastronómicas de esta dupla de cocineros ocurrió hace justo un año, con la apertura de Tony Wu, precioso local que se convirtió en una de las aperturas resonantes de 2025. “Cang Tin funcionó muy bien, recuperamos la inversión en apenas un año. Ahí nomás nos pusimos a pensar en una nueva propuesta”, cuenta José. “Los argentinos creen que les gusta la comida china, pero en realidad saben muy poco de esta gastronomía. Para abrir Tony Wu nos fuimos a Hong Kong, aprovechamos y seguimos un mes y medio por Vietnam, Bangkok y Japón. Luego volvimos y decidimos abrir un restaurante no tan estricto, donde mezclamos platos tradicionales de China con otros más estadounidenses, de esos que nacieron de la mano de los inmigrantes chinos en Nueva York”, explica Thomas.

Un punto esencial del éxito de Tony Wu es su puesta en escena, tan apta Instagram, con una estética cuidada que parece surgida de los primeros planos de In the mood for love (Con ánimo de amar), el icónico film del director Wong Kar Wai: colores saturados, luces de neón, los patos colgando a modo de barrio chino, la pecera iluminada, el rojo omnipresente, los acrílicos setentosos. Un restaurante que, a lo largo de las horas, suma intensidad y se camufla como bar.
La carta es generosa con la intensidad: hay pimienta blanca y de sichuan a raudales, hay jengibre, ajo, ajíes picantes, está la acidez del tamarindo, el dulzor de los almíbares, las salsas de soja y de ostras, el aceite de sésamo, entre más ingredientes claves. “Allá comimos mucho en la calle, y aparecían todos estos sabores. Muchos los logramos repetir, a otros todavía no les encontramos la vuelta. Hay clientes que nos piden que bajemos la potencia, pero es al revés, ya estamos regulando un poco para que no se espanten”, cuentan. Entre los dim sum salen mucho las alitas de pollo deshuesadas y rellenas luego con cerdo y langostinos, también los xia long bao, o el gai lan, una col cocinada al vapor y aderezada con lao gan ma. El pescado frito con sal y pimienta es uno de los puntos fuertes de la casa, lo mismo que el mongolian beef, los baos de cerdo cantonés y el pato laqueado servido a modo mandarín, con delgadas crepes para armar en la mesa.

Hay más por venir: mientras que José Delgado tiene, en paralelo y con otros socios, el restaurante Yakinilo —una barra donde mezclan yakitoris, nigiris y música en vinilo—, ambos planifican ya la próxima apertura en conjunto, planificada para este mismo año: “Será nuestro reto más grande, un restaurante sin origen particular, que plasmará en su carta toda esa Asia que recorrimos y nos gusta. Platos malayos, indios, franco vietnamitas, tailandeses, muchos saliendo de la parrilla, tan querida acá en Argentina. Algo así como un BBQ beef con sabor asiático”, confirma Thomas. Lejos de toda ortodoxia, permitiéndose algunas obviedades pero también unas cuantas genialidades, Tony Wu y Cang Tin señalan la dirección por donde crece la cocina asiática en Buenos Aires. Un punto lejano en el mapa culinario, que cada vez parece más cerca.
