Solía ser una señal casi infalible de buena hostelería. Si al volante se avistaba un puñado de camiones aparcados a la puerta de un mesón de carretera, merecía la pena levantar el pie del acelerador y hacer un alto en el camino. El gremio del transporte era conocido por su olfato para identificar menús buenos, bonitos y baratos: tantos días lejos de casa enseñan a apreciar las recetas caseras y a no malgastar el presupuesto. Quien se pasa la vida en camino no puede permitirse derrochar en comidas mediocres.
Hace tiempo que esa lógica no se cumple con tanta exactitud. Pertenece a una época de ritmo más lento, de carreteras secundarias en torno a las que florecía una hostelería modesta pero aplicada. Había tantas mesas en el arcén que surgía entre ellas una sana competición para tentar al viajero. Al recorrer hoy esos mismos tramos, lo que se ven son persianas bajadas y pabellones en barbecho: donde hubo camioneros, hoy suele haber óxido y maleza.
Desde que nos movemos en cómodas autopistas aquellos negocios familiares han sido sustituidos por impersonales áreas de servicio. En ellas ya no se para a meterse probar un plato típico o los quesos y embutidos de la zona: como mucho, un sándwich envuelto en plástico, una bolsa de fritos industriales y un refresco tibio. Ojo, pagados al mismo precio que antes costaban primero, segundo y postre.
Esa uniformidad que se ha instalado en los cogollos más céntricos de nuestras ciudades —donde todo son hamburguesas, pizzas, sushi o poke— se deja sentir de manera aún más dramática al ponerse en carretera. Hay excepciones, por supuesto, y de mucho nivel: pienso en el vizcaíno Taskas, en los burgaleses Landa o El Lagar de Milagros, o en el alavés El Viso, por citar solo algunos de los más renombrados.
Pero la triste realidad es que lo que comemos hoy cuando estamos de viaje dice más de la riqueza gastronómica que hemos perdido. Lo que antes era un descubrimiento o un ritual –aquellas paradas en Teruel con los abuelos de camino a Benidorm– hoy es un trámite en el que repostamos calorías, pero ya no alimentamos recuerdos. Con las prisas de llegar a nuestro destino, nos estamos olvidando de que viajar también consiste en saber parar.