El viñedo que empezó a seguir el agua

Viña Garcés Silva, en la costa del Chile central, ha repensado el futuro, rediseñando su viñedo desde el paisaje, la lluvia y la viticultura regenerativa

Mariana Martínez

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El océano aparece como una franja azul nítida entre los lomajes del valle de Leyda. El viento sopla constante desde la costa y las hileras de vid dibujan curvas suaves, como las ondas del mismo lejano Pacífico.

 

Durante años, la columna vertebral de este viñedo de la familia Garcés Silva fue un cuartel convencional de sauvignon blanc plantado a comienzos de los 2000: hileras largas, un solo clon y grandes bloques productivos. Hoy el paisaje es distinto. “Antes eran dos cuarteles gigantes. Hoy son dieciséis”, dice el enólogo y viticultor Diego Rivera mientras camina conmigo entre las plantas más jóvenes. La decisión fue radical cuenta: arrancar el viñedo antiguo y volver a plantar, pero siguiendo una lógica completamente distinta. La pregunta inicial no fue qué variedad plantar, sino cómo se mueve el agua en el paisaje.

 

La idea surgió hace más de una década, cuando Ignacio Casali llegó a la bodega como viticultor y quiso comenzar a aprovechar los servicios que el propio ecosistema podía entregar al viñedo. Esa inquietud fue empujando lentamente a que la familia propietaria fuera queriendo una transformación del campo.
El último gran proyecto en esta dirección, comenzó cuando aquel antiguo cuartel de sauvignon blanc llegó al final de su ciclo productivo.

Ignacio Casali
Ignacio Casali

Primero estudiaron la topografía con drones y mapas de alta precisión para entender cómo fluye el agua en la ladera. A partir de esa información definieron las llamadas líneas clave del terreno, base del sistema keyline, una técnica utilizada en agricultura regenerativa para distribuir mejor el agua, evitar erosión y aumentar la infiltración en el suelo.

 

“Al saber cómo fluye el agua en esta ladera, definimos las líneas clave y desde ahí diseñamos todo el viñedo”, explica Rivera, quien estuvo a cargo de la plantación junto a la empresa Ko.Terra. El resultado cambió completamente la forma del viñedo que sumará 20 hectáreas. Las hileras ya no siguen líneas rectas. Dibujan curvas suaves que acompañan la pendiente natural del cerro. Cuando llueve, el agua no escurre rápidamente hacia abajo: se distribuye y se infiltra en el suelo.

Viñedo Garcés Silva
La imagen aérea del viñedo Garcés Silva muestra cómo ahora las líneas siguen la orografía del suelo para ayudar a distribuir y permitir la filtración del agua.

Casali, ahora gerente general de la bodega, explica el principio de manera simple. “El keyline permite cosechar agua y también cosechar suelo. Si el agua infiltra mejor, riegas menos y si evitas que el terreno se erosione no te llevas el suelo finalmente al río o al mar. Entonces vas generando también mucho suelo”.

 

Los números ya muestran buenas señales. Hace algunos años, cuantifica Casali, el viñedo necesitaba cerca de 3.000 m³ de agua por hectárea durante la temporada. Hoy el consumo está entre 1.800 y 2.000 m³. En un valle costero donde el cambio climático se hace sentir cada año con mayor intensidad, esa diferencia, destaca, no es menor.

 

El rediseño no se detuvo en la plantación de vides. Entre los cuarteles se dejaron franjas de terreno sin plantar que funcionarán como corredores biológicos. Allí se plantarán especies nativas para aumentar la biodiversidad del lugar. Con el tiempo, pensando en el enoturismo que pronto comenzarán a recibir en la viña, esos corredores formarán pequeños bosques que cruzarán el viñedo. “Antes esto era solo viña. Ahora también es paisaje”, dice Rivera.

Viña Garcés Silva
El viñedo se alterna con especies vegetales autóctonas para diversificar el paisaje.

Casali agrega otra capa al proyecto: esas franjas coinciden con las líneas clave del terreno y conectan las quebradas naturales del campo con los cerros cercanos. La idea es crear un sistema vivo que aporte servicios ecológicos al viñedo: insectos, aves, microorganismos y equilibrio biológico. “Todo tiene una razón. Buscamos que el paisaje y la producción funcionen juntos”, explica.

 

Otro cambio importante ocurrió en el manejo del suelo con la ayuda de ovejas. Las ovejas siempre estuvieron en el campo. Antes eran casi 500 y se movían libremente por grandes superficies. Hoy, son apenas más de 100 y se concentran en pequeños sectores durante pocos días. Pastan intensamente, pisan el suelo, fertilizan naturalmente y luego se trasladan a otro lugar. El método se inspira en lo que Allan Savory, el creador del manejo holístico de campos con ayuda de ganado, identificó como “efecto manada”: grandes grupos de herbívoros que regeneran los pastizales mientras pasan todos juntos comiendo, pisando sobre un terreno. Además, la planta devorada reduce su raíz y luego vuelve a crecer con más fuerza”, explica Rivera.

El objetivo es estimular el crecimiento del pasto, aumentar la actividad biológica del suelo y reducir el uso de maquinaria.

 

Este cambio también resolvió otro problema. Hace algunos años los ataques de perros salvajes provocaban la muerte de muchas ovejas cada temporada. El nuevo sistema incorpora cercos eléctricos y perros ovejeros que acompañan al rebaño. Los ataques desaparecieron.

 

El rediseño del viñedo también trajo otra consecuencia positiva para los vinos de Garcés Silva: más información sobre el territorio. Porque si antes todo el sector funcionaba como una sola unidad productiva, hoy el terreno está dividido según suelos, pendientes y composición geológica.

Viñedos con vista al mar
Viñedos con vista al mar

Rivera muestra un mapa lleno de colores. “Antes teníamos un clon y un solo cuartel enorme. Hoy tenemos dieciséis sectores distintos”. En el terreno aparecen suelos de coluviones, depósitos aluviales, sectores graníticos e incluso zonas con carbonato de calcio. Este conocimiento permite decidir qué variedades plantar en cada zona. “Mientras más entiendes el lugar, mejores decisiones puedes tomar después en la bodega”, resume el enólogo.
“Esto es trabajo de décadas; observar el paisaje antes que seguir recetas”, dice Casali. Muchos de los resultados probablemente no los va a ver, reconoce. “A mí me deja muy tranquilo que uno siembra algo y otros cosecharán esas virtudes del lugar, virtudes del campo que son ayudadas o hay una sinergia con las personas que trabajamos ahí”.

Cuatro vinos clave de Garcés Silva

Para Diego Rivera, ahora viticultor además de enólogo de la bodega, el carácter del valle de Leyda, donde se encuentran, es bastante claro. Es un lugar frío, cercano al océano, donde el sauvignon blanc desarrolla perfiles muy definidos: alcohol moderado, acidez natural alta y notas cítricas marcadas. En su opinión, Leyda ha logrado algo importante en la última década: construir identidad. “De a poco el valle ha ido poniendo su bandera en el mapa del sauvignon blanc chileno”.

 

Por eso, aunque aún es temprano para hablar de vinos nacidos del nuevo viñedo diseñado con sistema keyline, los que suman más de 20 años, y tienen certificación orgánica, ya marcan estilos diferentes especialmente con la cepa sauvignon blanc; efectivamente su cepa blanca estrella.

 

Boya Sauvignon Blanc es la expresión más directa del valle: cítrico, vibrante, con notas de lima y fruta blanca sostenidas por una acidez marcada. Amayna Sauvignon Blanc suma volumen y complejidad. La fruta se mueve hacia registros más maduros —pera, piña o durazno— con una textura más amplia en boca. Arriba de la pirámide, Cordón Huinca, proveniente de los cuarteles en altura, muestra el lado más austero del lugar, con notas minerales y salinas que recuerdan la cercanía del mar.

Dote DMar3
Côte d Mar es el nuevo vino del viñedo nacido de la actual filosofía.

Separado de los vinos blancos, la más novedosa etiqueta de la viña nació de la cosecha 2022, a partir de los viñedos más altos del Cordón Huinca, plantados entre sus frondosas quebradas. Se llama Côte d’Mar, y es una mezcla tinta 85% de syrah, con un 10% de garnacha. Un 5% de la mezcla final es viognier co-fermentado con syrah. El nombre hace alusión a la apelación protegida francesa Côte du Rhône, por la mezcla de cepas similares. Además del lugar: en la pendiente del cerrito que mira al mar.

 

Como si el viento que llega del Pacífico no fuera suficiente, Rivera explica que la garnacha ayuda a refrescar la parte más especiada del syrah, levantándole la fruta roja y quitando un poco de densidad. El resultado es un vino muy jugoso, sin perder la base floral ni especiada de pimienta blanca. Muy joven aún para ser 2022, por lo que todavía tiene una larga vida por delante. Ahora será fantástico para la compañía en la mesa de un cordero, como este viñedo que sigue el agua, criado con vista al mar.

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