Viejos conocidos

Dejo comanda
Quizá es porque crecí en un pueblo, acostumbrado a que nadie fuera del todo anónimo. Allí yo no soy solo Guillermo, soy el nieto de Marisa, y eso nunca me ha incomodado; más bien al contrario. Me gusta vivir en una ciudad que combina el pulso urbano con cierta vecindad rural: Bilbao tiene el tamaño justo para que, al doblar cada esquina, pueda aparecer una cara conocida. Camino despacio y saludo mucho. A veces basta un leve cabeceo; otras, el encuentro se enreda y termina en conversación, o mejor, en un plan improvisado.
Hay quien se cala la gorra o simula una llamada para esquivar un encuentro fortuito. Se queja de ver siempre las mismas caras, como si la familiaridad fuera un incordio. Cualquier ciudad, por mundana que sea, acaba quedándosele pequeña. No termino de verle la gracia a diluirse entre la multitud, tampoco se me da bien pasar desapercibido. Reconocer y ser reconocido tiene algo de ancla. Los vecinos —aunque cueste admitirlo— nos ponen en nuestro sitio.
Algo parecido sucede en esos restaurantes donde, tras un puñado de visitas, uno acaba alcanzando el rango de cliente habitual. Saludar por su nombre al camarero, dirigirse a la mesa de siempre o que el vino llegue sin despegar los labios son pequeños privilegios que solo se consiguen al volver. La novedad y el descubrimiento tienen su parte excitante, pero no compiten con la certeza de lo que ya ha demostrado su valor.
Vivimos fascinados por las primeras veces, cuando lo cierto es que casi siempre resultan torpes. Una mesa que cojea, un camarero que olvida un plato o un vino que llega demasiado frío: pequeños tropiezos que, curiosamente, forman parte del encanto inicial y que una segunda visita se encargará de ajustar. A los restaurantes, como a las personas o a las ciudades, hay que pillarles el punto.
Mañana iré a conocer el último local de moda, es parte del oficio. Pero confieso que preferiría reservar en el comedor de siempre. Acomodarme en la mesa redonda cerca de la ventana. Sonreír a la señora de al lado, que siempre me recibe con un chascarrillo. Y repiquetear los dedos en el mantel, mientras se dibuja en mi cara una sonrisa al ver acercarse al camarero con una botella de Alberdi.

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