Cocina de padre

El hueso de limón

Mi primer recuerdo relacionado con la comida son las manos de mi padre. Por supuesto que tengo otros miles de mi madre, pero en esta imagen, donde yo no subo de los tres o cuatro años, las manos de mi padre, grandes y hermosas bajo la luz que baña la mesa de la cocina, untan con delicada lentitud una rebanadita de pan con la nata que ha logrado retirar de la superficie de la leche que acaba de hervir para el desayuno. Puede que comente algo acerca de cómo ese tesoro amarillento es cada vez más escaso. Mi padre termina de cubrir la rebanada, añade unos granitos de sal y pone el pan en mi mano. Yo pruebo un bocado y esas notas lácteas con su singular textura se convierten, desde entonces y para siempre, en el mejor antídoto para los días grises.

 

Mi infancia transcurrió en la década de 1970. El mío era un padre moderno. El padre de mi padre entraba en la cocina para tomar un aperitivo apoyado sobre la nevera (entonces las neveras eran bajas y pequeñas, y aun así, cabía todo lo necesario para una familia de diez hijos). Al padre de mi madre, más mundano, jamás se le vio cruzar el umbral de aquella estancia femenina. 

 

Los padres de mis amigas y amigos de la infancia eran maestros de la paella del domingo, de la barbacoa, tal vez de aquella especialidad de su pueblo que, por supuesto, nadie hacía mejor que ellos. Eran «Curros Romeros de un solo plato”, al decir del periodista Héctor Márquez. Hombres habituados a reinar en su casa y a recibir el aplauso incondicional de sus súbditos, empezando por la esposa, liberada por un día de la obligación de poner la comida sobre la mesa, aunque rara vez de limpiar luego los cacharros.

 

A menudo se intenta explicar la desigualdad reinante aún en las cocinas de las casas apelando al supuesto reparto de roles en las tribus de la Prehistoria. Un reparto que convierte al hombre en cazador y defensor y a la mujer, en cocinera, recolectora, cuidadora y educadora. Una asignación de tareas que explica por qué las mujeres estamos dotadas, al parecer genéticamente, para la multitarea, mientras que los hombres solo pueden hacer una cosa cada vez.

 

Suposiciones y teorías que la arqueóloga Marga Sánchez Romero desmonta en ‘Prehistorias de mujeres’, un ensayo que recoge los hallazgos que está aportando la nueva tecnología aplicada al estudio de restos óseos. Datos que revelan que algunos guerreros, cazadores y reyes del Paleolítico o el Neolítico eran, en realidad, guerreras, cazadoras y reinas, y que los varones tenían más afición a lucir joyas y adornos que sus compañeras. Al final, desde que el ser humano es humano, sus relaciones están más determinadas por la mirada cultural que por la biología.

 

De ser cierto que nuestros comportamientos modernos están condicionados por lo que hicieron nuestros ancestros hace muchos miles de años, los antepasados de mi padre habrían sido recolectores y educadores antes que cazadores. Cada año aguarda con ansia las primeras lluvias para coger espárragos. Ignoro si es capaz de encender un buen fuego, pero me consta que es el mejor pinche cuando se trata de acometer tareas tan engorrosas para otras personas como limpiar, pelar y picar alcachofas, acelgas, habas, habichuelas o cardos, algo que hace con paciencia infinita. 

 

Sus especialidades culinarias se centran en la conservería y la dulcería simple. Mermeladas, carne de membrillo, una humilde pero deliciosa tarta de manzana, pan de nueces con pecanas recogidas por él y la receta perfeccionada por su hermano menor. Cuando acomete esas tareas laboriosas, no le importa hacerlo solo con la única compañía de la radio, pero disfruta más aún compartiendo cuando los hijos o los nietos se acercan a ayudar. Algo que ha propiciado que los primeros recuerdos relacionados con la comida de los hijos de mi hermano puedan incluir no solo sus tortitas del domingo, sino también las lentejas del lunes y la cazuela del martes, mientras que su mamá es la reina indiscutible del arroz de los domingos.