François Massoc: "Decir que el vino se hace solo es casi ofensivo"

En el sur de Chile, el bodeguero François Massoc desafía el discurso de la no intervención con una bodega que funciona como sistema y la convicción de que el vino es un acto humano

Mariana Martínez

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François Massoc no duda. En un momento donde la idea de la no intervención gana terreno en el vino, su postura va en dirección contraria. Para él, el vino no es naturaleza desbordada ni azar. Es decisión. Cada poda, cada cosecha, cada fermentación es una cadena de elecciones humanas.

 

En el sur de Chile, entre viñas viejas y lluvias que marcan el ritmo de la cosecha 2026, Massoc trabaja en una bodega enorme, como ninguna otra. Funciona como un sistema: genera su propia energía, reutiliza el agua, transforma sus residuos y comparte espacio con otros diez proyectos. Es taller, casa y bodega al mismo tiempo.
Su historia parte cerca de ahí, en una mesa familiar en Concepción, donde el vino era parte de la vida cotidiana. Su padre, hijo de inmigrantes franceses, se lo daba desde temprano, diluido en agua, con comida, sin prohibiciones. En ese gesto está la clave de aprender a relacionarse con el vino sin ansiedad ni exceso. De entenderlo como cultura.

 

Como muchos de su generación, Massoc comenzó estudiando algo que no quería.

Francois Massoc
Francois Massoc empezó Derecho, pero sin avisar se cambió a Agronomía para seguir su vocación.

“Soy del 69, cuenta. Entonces, soy de esa generación que crecimos en dictadura, con el mundo en Guerra Fría. Los principales movimientos del rock nacieron en esa época. Intelectuales. Salí de un colegio tradicional, la Alianza Francesa, en Concepción. Entonces, partí mi historia estudiando leyes, teniendo muy claro que no pensaba ser abogado”.

 

Sin avisar, dejó la carrera y se cambió a Agronomía en INACAP. Después, terminó ingeniería en ejecución agropecuaria. Una profesora detectó su interés y lo empujó hacia el mundo del vino desde una tonelería. Ahí aprendió a construir y tostar barricas, luego a trabajar con corchos y a entender la comercialización. Más tarde, en una bodega de Casablanca, otra mujer lo impulsó a estudiar enología en Francia.

 

“Primera clase en Dijon, recuerda Massoc, me encuentro con la molécula de un tanino en el pizarrón y dije: aquí estoy muerto. Salí de esa clase a cotizar pasajes para volver. En el camino, en una feria de las pulgas, encontré mis libros de química del colegio. Con ellos en 10 días recuperé el nivel y entendí todo lo que pasaba. Me fue súper bien”.

 

En ese recorrido entendió algo que hoy sigue marcando su trabajo: el vino no es solo lo que ocurre en la copa, sino todo lo que sucede antes. Recuerda una conversación en Borgoña con el copropietario del afamado Domaine de la Romanée-Conti. Recién titulado, lleno de teoría, le proponía técnicas y mejoras. La respuesta de Aubert de Villaine le resultó de alto impacto:

 

“Ten cuidado con lo que quieres extraer, porque podrías conseguirlo”.

 

Ese aprendizaje —la moderación, la espera, la observación— se convirtió en su principal herramienta. “Lo más importante que tenemos en la bodega es tiempo”, reflexiona Massoc.

 

Después de Francia e Israel, volvió a Chile. Trabajó en Casablanca y Cachapoal, y con el permiso de sus jefes comenzó a construir lentamente un proyecto propio y a tomar asesorías. Antes de regresar había conocido a Noëlle, también de Concepción, su esposa, madre de sus tres hijas y ahora socia. Juntos imaginaban volver al sur y construir algo los dos.

Francois y Noelle Massoc
Francois y Noelle Massoc.

“Queríamos volver acá porque además hay un potencial gigantesco, viñas viejas, en secano, alta densidad. No he visto en ninguna otra parte del mundo que tenga la sanidad y la calidad de las viñas que tenemos acá. Nuestra apuesta es un trabajo a mediano y largo plazo. Los que creen con una o dos vendimias tocar las estrellas, ojalá les resulte, pero no creo, hay que hacer el trabajo”.

 

En 2018 compran una bodega de los años 70 en el Valle del Itata, en remate. No hubo más oferentes. La adquieren al mínimo, pero el costo real vendría después: restaurarla. Lo hacen en medio del estallido social y la pandemia. Escasez de materiales, falta de mano de obra. Viven ahí. La reconstruyen con sus propias manos.
En ese espacio, demasiado grande para ellos, surge la idea del Atelier Noëlle & François Massoc: un lugar donde distintos proyectos conviven bajo un mismo techo.

 

“Fue bien espontáneo, nunca publicamos un aviso. Todos los años tenemos solicitudes y ahí vamos haciendo un filtro, sobre todo por las ganas que tenga la persona, la proyección… Más importante que el proyecto es la persona detrás… Nos gusta mucho compartir; hay harto asado. Tengo chicos trabajando de distintas partes: un suizo en práctica, una francesa, una española, más los chilenos que estamos”.

Noelle en el Atelier es socia, parte del equipo y pilar
Noelle Massoc, en el Atelier, es socia, parte del equipo y pilar del proyecto.

Es un coworking del vino, donde comparten equipos, infraestructura y una filosofía común: calidad. Entre los proyectos consolidados están Pandolfi-Price, Masintín, Diego Urra y Cooperativa Moscin; y otros nuevos que aún no salen al mercado, como Cata Terrois, Ignis Aqua, Zenaida y Malvoa.

 

Massoc no les impone una estética, pero sí una condición: no puede salir de aquí vino malo.

 

También hay eficiencia: proveedores comunes, economías de escala. En barricas, su pasado en tonelería marca ventajas. “Yo trabajo con una sola marca, que es la misma donde partí, Nadalié, de los Villard, con ellos puedo hacer mis tostados y mi selección de maderas”.

 

Los propios vinos de Massoc se agrupan en dos líneas. Aristos es la más exigente. Nace del concepto que los aristócratas eran los mejores en lo que hacían. Por eso, si un año no alcanza el nivel esperado, no se embotella. Cabernet de Cachapoal, malbec del sur, chardonnay de distintas zonas: más que una colección, es una selección de terruños de todo Chile. Massoc Frères, sociedad con su hermano, en cambio, se ancla en el sur. Itata y Biobío, viñas viejas, variedades como país, moscatel y cinsault. Aquí hay más exploración, aunque misma constante a mi parecer: vinos pensados para perdurar y evolucionar con el tiempo.

 

François Massoc: «Decir que el vino se hace solo es casi ofensivo» 3
Aristos es uno de los proyectos de François Massoc.

 

La bodega también es un sistema cerrado. Genera más energía de la que consume gracias a paneles solares. El agua se recupera por gravedad, pasa por un humedal construido y vuelve al riego. Los residuos de la fermentación, los orujos, se remojan con agua, y eso que llama piquette —igual que en Francia— Massoc lo destila para crear sus excelentes espirituosos, vinos fortificados y licores. Lo restante vuelve a la tierra como compost.

 

Cuando le pregunto por su estilo, responde que no tiene. Sus vinos no buscan imponer una firma, sino expresar origen y año. Cada cosecha es distinta, cada decisión se toma en función de lo que la uva ofrece. “Más reflexión que acción”, resume.

 

Es ahí donde aparece su postura más polémica. Massoc cuestiona el discurso de los vinos naturales, no desde la negación de la baja intervención, sino desde la invisibilización del trabajo humano. “Decir que el vino se hace solo es casi ofensivo”.

 

Para él, no existe vino sin intervención. “Para mí es ofensivo decirle a quien labura sus tierras, que poda su viña, que cosecha su uva, que su trabajo es casi nada. Es como ningunear el factor humano. Para hacer un vino hay montón de horas, hombre. Los sacrificios, los riesgos, todas las intenciones”.

Massoc y corchos Aristos
Massoc defiende sin ambages el vino como un producto de la intervención humana en la naturaleza.

Para Massoc, o todos los vinos son naturales o ninguno es natural. “Es un producto muy humano, que solo lo hacen los humanos para los humanos. Ningún otro animal en la naturaleza toma vino. Es algo que es parte nuestra, es un vector de cultura, de civilización, de afecto porque se está haciendo algo para agradar a otros, y por mucho que quieran demonizar algunas grandes marcas, empresarios, etcétera, sigue siendo vino. Entonces, mientras sea vino, yo los quiero a todos”.

 

Massoc insiste en que nada de lo que ha logrado es individual. Habla de su equipo, de su familia, de colegas invisibles. Recuerda a César, un trabajador de bodega que murió hace muy poco en el Valle del Maipo intentando salvar a otro. Un hombre clave, que amaba lo que hacía; que nunca estuvo en la foto. “La industria necesita reconocer más a quienes sostienen el vino desde abajo”, reflexiona.

 

Cuando habla del futuro, es claro: “El consumo baja, sí. Pero quienes siguen tomando buscan mejor calidad. Menos volumen, más intención”. Al final, su discurso vuelve siempre al mismo punto: el vino es un acto humano. Negarlo es no entenderlo.

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