En el norte de Chile, a más de mil metros de altura y lejos de los circuitos tradicionales del vino, hace 30 años nació una bodega que rompió esquemas sin plan de negocio y sin hacer ruido. Solo había ganas de quedarse y aportar a la comunidad.
Pequeña, de ladrillos de paja y barro, rodeada de un vergel en medio de cerros semidesérticos, mirando hacia atrás, Cavas del Valle nació como un milagro. En un país donde más del 80% del vino se exporta, nunca han salido a vender más allá de sus puertas. Sigue siendo lo que fue desde el comienzo: un proyecto familiar con ganas de hacer vino en una zona que no era de vinos, construido a mano y sin apuros.
“En realidad, nunca se pensó como negocio. Se pensó como un proyecto familiar”, nos cuenta desde el Elqui Sandra Piracés Duerr, hija de los fundadores y hoy a cargo del turismo y las ventas.

Sus padres, Raimundo Piracés y Marlies Duerr, vivían en Santiago. Él, geólogo; ella, economista. Durante años imaginaron una vida distinta fuera de la ciudad. La conexión con el Valle del Elqui, casi 500 kilómetros de su hogar, venía de antes. Raimundo había recorrido la región a pie para levantar su carta geológica. Entonces, en los años 70, llegar hasta este rincón escondido entre las montañas semidesérticas de Chile, les tomaba más de nueve horas. Los caminos eran estrechos, de tierra, muchas veces bloqueados por aluviones.
Primero compraron una casona antigua en el pueblo. Después, vinieron los veranos. La instalación de Raimundo fue primero, Marlies años después. Entre medio, los primeros intentos de él por hacer vino en su patio con uvas de los vecinos.
Moscateles y Pedro Jiménez, las uvas destinadas en el lugar para destilar sus vinos y elaborar Pisco, era lo que el geólogo que soñaba con hacer vino tenía a mano. El proceso, con libros sobre teorías de vinificación en mano, era experimental. “Recuerdo haber llenado las primeras botellas con una manguerita… era todo muy precario”, cuenta Sandra de aquellos años. Esos primeros vinos eran desbordados en alcohol, sin control técnico. Su padre los compartía con los vecinos. Ese gesto, compartir, se ha mantenido.
En 1996, después de mucho buscar, Raimundo encontró un terreno de seis hectáreas donde había plantado un viñedo de uvas moscateles rosadas para Pisco, y una casona al borde del camino con orden de demolición. El capital para restaurar el lugar eran las ganas, la paciencia y las décadas de ahorros de Marlies.

“Mi papá, sólo, con su familia en Santiago, demoró cinco años en arreglar la casona de más de 200 años. Antes, había buscado sin éxito asesorías para que le ayudaran a hacer un buen vino tinto”. Sandra recuerda que todos los enólogos estrellas que contactaron, dijeron que no era posible hacer buen vino en esta zona cálida, netamente pisquera. No aceptaron ayudar. Solo uno, les dio un consejo, Álvaro Espinoza. “Ten cuidado, protege las uvas de la radiación extrema”. Raimundo, sabiendo que estaba solo en su aventura a 1.080 metros sobre el nivel del mar, le hizo caso.
Plantó 300 plantas de syrah, una variedad tinta entonces nada conocida entre los vinos chilenos. La eligió porque creyó —que por su supuesto origen en Persia— debía resistir el inclemente sol y suelos pobres. Además, protegió sus racimos con el sistema de conducción llamado parrón español, utilizado por viñateros locales para no quemar aromas de uvas blancas.

Al quinto año, justo cuando terminó de construir la casona, con un nuevo sótano para guardar barricas y una nueva galería para proteger el edificio del sol, cosechó suficientes uvas para hacer su primer vino. El refrescante vergel alrededor de la casa comenzaba a crecer.
La primera cosecha se embotella en 2003, siete años después de la compra del terreno. Raimundo pensó vender estos primeros 1000 litros sin salir de la bodega. Tenía un plan. Abren la bodega al público con una propuesta hasta hoy inédita en Chile: sus visitas guiadas y degustaciones serían gratuitas. “No fue una acción de marketing, cuenta Sandra. Es parte de la cultura familiar. Una forma de aportar para que quien no tiene cómo pagar, pueda hacer la visita y conocernos”.

Un cartel fuera en el camino aún de tierra, daba aviso de la oferta. “Al comienzo llegaba un auto a la semana. Al verlos entrar, cuando estábamos de vacaciones con mis hermanas, decíamos ¡picó! ¡picó!”, recuerda la siempre sonriente Sandra. El boca a boca hizo el resto. Un día, sin saber quién era, llegó el sommelier español Pascual Ibañez; les compró unas botellas de syrah y las mandó a un concurso. Su color profundo, fuerza y carácter tan particular, llamó la atención. Ganó medalla de oro.
Para Sandra la fruta de sus vinos y en general las frutas del valle, como higos, granadas, damascos, feijoa, encantan porque son dulces, exquisitas… por la fuerza del sol y muy baja humedad. Son muy sabrosas, como los vinos”.
Desde el inicio, las degustaciones gratuitas incluyeron productos locales: quesos de cabra, frutas deshidratadas, preparaciones caseras… “Siempre había un maridaje… productos de la zona”, dice. La escala de entonces permitía ese trato.

Hoy Cavas del Valle produce alrededor de 100.000 botellas al año, todas vendidas directamente en la bodega. “Solo acá y por WhatsApp”, responde Sandra cuando se le pregunta por los puntos de venta. Y claro, ya no hay picadita gratuita para todos; sí, como siempre las visitas guiadas y una copa de cada vino para degustar por grupo. Además, ofrecen la visita premium, a 25 dólares por persona, con cosas ricas y degustaciones de sus vinos al lado de su precioso traque.
Antes de crecer hasta ser como hoy sostenibles económicamente, cuenta Sandra que entra ella y sus hermanas, no había una expectativa de continuidad. “Mi hermana mayor estudió arte, la segunda diseño, yo periodismo. Nunca supe qué estaba haciendo acá mi papá… no era seguro que esto fuera a resultar”. Sandra se dedicó al manejo de crisis y causas sociales. Fue decepcionada desde dentro de organizaciones de ayuda humanitaria, el por qué un día comenzó a soñar con formar su propia familia y, como sus papás, dejar la ciudad.
Hoy lleva más de diez años en la viña, junto a su pareja el agrónomo enólogo Rodrigo Alarcón Díaz, quien está a cargo de la parte productiva. Con su primer hijo con días de nacido, se fueron a vivir al Elqui. “Yo todavía no me aburro… la gente que nos visita nos devuelve mucho, demasiado”.

Nunca han usado productos químicos para cuidar el medio ambiente y su propia salud, ya que sabían que algún día vivirían allí. La certificación orgánica la obtuvieron en 2006. Ahora en la primera casona del pueblo, viven Sandra y Rodrigo con sus dos niños quienes van a la escuela local. Los cuatro adultos funcionan como un engranaje perfecto, los jóvenes en el día; los padres en definición de nuevas ideas y control financiero.
Con los años, al syrah se sumaron nuevas plantaciones de merlot, carmenere y malbec, permitiendo desarrollar nuevas etiquetas. También innovaron en 2006, con un tinto dulce hecho a partir de syrah, y un vino blanco con pieles semiseco de uva moscatel rosada. “El semiseco lo creamos sin siquiera saber que después se pondría de moda como vino naranjo. Se hizo para darle más carácter”. Además, sumaron de la misma variedad pisquera un vino dulce de cosecha tardía, su Cosecha Otoñal, porque pueden esperar que las uvas sin pudrirse todo el tiempo que quieran. En paralelo, las técnicas se fueron ajustando: mejor control de madurez, decisiones más precisas en cosecha y un manejo más fino en bodega.
El punto más alto de todo este trabajo es Alto del Silencio Syrah, con la selección de la mejor fruta y tres años en barrica. “Son solo 3.000 y es el vino donde se mide todo lo aprendido en estos años”.
Como una manera de acercar a sus aislados vecinos al mundo, la familia organiza cada año en sus jardines conciertos gratuitos de jazz y apoyan a la orquesta infantil local. Y, sabiendo que muchos niños vecinos, no conocen el mar a una hora y cuarto del pueblo, Sandra y Rodrigo buscan el financiamiento para que puedan ir a la playa y aprender a surfear, entre otras actividades educativas.

Mirando hacia atrás, Cavas del Valle, explica Sandra, nació cuando sólo había viñas grandes en Chile, y se ha mantenido a escala con un modelo propio. Cierto, no están en el radar de los grandes críticos de vinos, sí entre sus visitantes fieles, quienes durante pandemia les pidieron vinos porque no podían faltar en casa.
Sandra tiene grabada la imagen de su madre, niña milagro por su gran inteligencia, quien por años vestía tacones y traje de ejecutiva para ir al banco y mutaba a ropa de trabajo para ir al campo cada vez podía. Cuenta que Raimundo y Marlies han inspirado a enólogos que los han visitado, y se atrevieron a seguir su camino, como Tinta Tinto en Algarrobo. “Mi papá va a cumplir 80 en julio, y mi mamá tiene 76, ellos siempre quisieron hacer algo lindo… que esté tan bien hecho que puedan vivir en paz”. Bien podemos decir: misión cumplida.
