¿Quién da la vez?

Dejo comanda

Paseaba hace unos días por el centro de Bilbao con un paquetito de la charcutería de los alemanes colgado del índice y me maravilló comprobar la envidia que despierta. Veía la mirada de los transeúntes deslizarse por la manga hasta detenerse en ese característico hatillo blanco anudado con un cordón rojo. Los hermanos Thate llevan décadas resistiéndose a las bolsas de plástico, seguramente conscientes de su poder de seducción. Las mismas viandas amontonadas en un triste saco de polietileno no resultarían igual de tentadoras. Otro gesto elocuente: en su casa, el que llega pide la vez; se niegan a reducir a sus clientes a un número.

 

Hacer la compra en un alegre pasacalles de tienda en tienda es un ritual casi extinguido: aquí el pastel de carne, allá un puñado de cacahuetes tostados, a dos calles, el café, y a la vuelta de la esquina, una cuñita de queso. En cada parada, tamborilea el estómago y las papilas empiezan a bailar. Nada que ver con la marcha fúnebre que nos escolta hasta el súper o a las mal llamadas tiendas de conveniencia, que no sabemos del todo a quién convienen. Ahorrarse el paseíllo es aún más descorazonador: significa seguir pegado a la pantalla, hacer un pedido online y esperar a que suene el timbre, renunciando incluso al entretenimiento de vagabundear por los pasillos.

 

El repartidor tendrá suerte si el cliente le dirige dos palabras mientras desliza una propina. Las tiendas, en cambio, solían ser escenario de animadas conversaciones. “¿Quién da la vez?”, era el santo y seña para entrar en una improvisada asamblea vecinal, donde corrían las noticias importantes, se intercambiaban confidencias y se moldeaba la opinión pública. Si la charla se ponía interesante, más de uno era capaz de ceder el turno que solo un minuto antes había defendido con uñas y dientes.

 

Hoy apenas nos concedemos el tiempo necesario para hacer cuatro recados. Seguimos comprando, qué remedio, pero se nos invita a hacerlo sin salir de casa y sin hablar con nadie. Por eso entrar en una tienda y pedir la vez se antoja un acto casi subversivo. En el fondo, ese paquetito tentador en el índice no es solo una forma de despertar envidia entre los transeúntes. Es toda una invitación a la rebeldía.