Clos de Luz, vinos de hoy en un campo con 470 años de historia

En Almahue, al sur de Santiago de Chile, tres carmenère y un parrón centenario son el relato vivo de “Chile, país de vinos”

Mariana Martínez

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Antes de llamarse Viña Clos de Luz, el campo donde estamos formó parte de la Hacienda Larmagüe, una merced de tierras otorgada en 1552 por el gobernador de Chile Rodrigo de Quiroga a su alguacil mayor, Juan Gómez de Almagro. La merced sumaba algo así, cosa poca, unas 30.000 hectáreas entre las juntas de los ríos Cachapoal y el entonces Tintillica.

 

Según avanza esta historia, documentada en Historia de Almahue (edición de Vinífera) ya en 1725, la hacienda se dividió, y esta parte en lo que hoy es el valle vitivinícola de Cachapoal, pasó a llamarse Almahue Viejo. Estaba en el sector Casas Viejas; —“viejas”, por ser construcciones levantadas sin clavos, porque aquí aún no los había—. Las casas estaban rodeadas además por una viña amurallada. Los muros son un dato clave para el proyecto que en 2015 fundaría aquí Gabriel Edwards, pues en Borgoña los viñedos amurallados se llaman clos.

La abuela Luz, bodega Clos de Luz.
Retrato de Luz Lyon, quien plantó las primeras cepas francesas en la finca.

El nombre Luz, lo elegiría Gabriel en honor a su abuela Luz Lyon, quien plantó en su campo de Almahue las primeras parras de cepas francesas y que hoy dan origen a los vinos más emblemáticos de Clos de Luz.
Ahora es fines de abril 2026, y los viñedos del rededor están teñidos de rojo. Bajo un sol todavía cálido, principalmente trabajadores bolivianos cosechan las uvas. El paisaje confirma algo que aquí ya conocen bien: lo que se plantó alrededor de 1940, porque era la mejor variedad tinta francesa que se daba en el lugar, no es merlot.

 

Entre pocos metros de distancia, en la misma propiedad, se están produciendo tres interpretaciones distintas de carmenere, la variedad ‘redescubierta’ en Chile en 1994. Así es, Luz Lyon plantó estas parras a mediados del siglo pasado creyendo que eran merlot.

El viejo parrón de cepa país junto a la casa original en Clos de Luz.
El viejo parrón de cepa país junto a la casa original en Clos de Luz.

“Todavía lees algunos letreros que dicen merlot”, dice Gabriel mientras camina entre las hileras. De fondo escuchamos vallenatos y cumbias. Estamos en plena vendimia de las uvas de su famoso carmenere; el que vende a terceros bajo la D.O. Peumo. En los audífonos de los temporeros no sabemos qué ritmos marcan sus pasos acelerados. Hoy la vendimia se paga con fichas, por eso corren con baldes llenos de uvas.

 

Muy cerca, en completo silencio, escondido en una quebrada, rodeado de boldos, naranjos, membrillos y duraznos, aparece un intruso; un sobreviviente solitario de la antiquísima historia de esta hacienda. Es un parrón de cepas país o listán prieto, retorcido por los siglos, sujetado por troncos igual de viejos, regado solo por el agua de lluvia que baja por la quebrada. Estar bajo su sombra te transporta a cuando aquí vivían 111 familias chilenas, y cada una (niños incluidos) cultivaba cada año cuatro cuadras de viñas de país, desde la poda hasta el momento de la vendimia.

Parrón en quebrada en Clos de Luz
Parrón en quebrada en Clos de Luz.

La historia de este campo en la familia materna de Gabriel data de 1892, cuando Roberto Lyon Santa María, hijo de ingleses y fundador de una importante fundidora, compró la propiedad en un remate. Décadas después, en 1927, su hija Luz Lyon Lynch recibiría una parte de la hijuela de Almahue y la llamaría Santa Amelia en honor a su madre.

 

Con apenas diez viejas cuadras de cepa país, en un tiempo de mucha pobreza en Chile, Luz se arriesgó y sumó veinte cuadras más con variedades francesas: semillon, merlot, malbec (o cot) y cabernet sauvignon. Vinificó en una bodega cerca, en Aculeo. En su mejor momento, la propiedad llegó a tener 90 hectáreas de viñedos. Luz, igual que su madre, enviudó joven. Y, según cuentan en la familia, fue con ella al mando cuando las viñas se convirtieron en el pilar económico del fundo que antes cultivó maíz, cebada cervecera, trigo y frijoles, y tuvo cría de vacunos, caballos y producción de miel y quesos, entre muchos otros rendimientos.

 

“En este valle que es cálido, también se plantaron variedades blancas”, cuenta Gabriel. “Con el pasar del tiempo, y viendo que el supuesto merlot se daba mejor, el vecindario fue decidiendo sacar las blancas y poner más merlot”. El boom exportador llegaría en los años 80. La correcta identificación del carmenere, confundido como merlot, recién en 1994.

Volver para reinterpretar

Gabriel Edwards es ingeniero comercial y tiene un máster en comercio del vino en Borgoña. Trabajó durante años en una viña tradicional antes de volver al campo familiar administrado por su padre, agrónomo de profesión; quien, por cierto, como parte de su legado generacional también plantó aquí viñedos. Como correspondía entonces, lo hizo en las más preciadas laderas. El proyecto sigue siendo familiar. Su madre, hija de Luz, se preocupa de la estética y la diversidad de flora entre los viñedos. Los hermanos de Gabriel se reparten entre marketing, ventas y agricultura. De las 35 hectáreas del proyecto, unas 12 están plantadas con carmenere. Las mejores uvas son para Clos de Luz.

Gabriel Edwards
Gabriel Edwards.

Las ganas de Gabriel de hacer vino estaban desde niño, viendo a su padre vinificar cada temporada. Hasta 1985, cuando el terremoto derribó la antigua bodega. Gabriel retomó el proyecto en 2015. “No soy enólogo. Me siento más elaborador”, aclara. Porque, aunque en bodega tiene la ayuda diaria del enólogo Rafael Olivares y su asesor Felipe Uribe, él también mete las manos.

 

Fue con el apoyo de Uribe y del consultor de terroir Pedro Parra que mapearon el campo para identificar los mejores sectores. Arriba hay más arcilla. Abajo, más limo arenoso. Cambian las fechas de cosecha, los remontajes y la expresión.

Tres lecturas de carmenere

Luz es el vino más importante de la viña Clos de Luz. Es el homenaje a la abuela. Proviene de los sectores más equilibrados del campo, se cosecha más temprano y en varias pasadas. “Felipe fue el más impulsor de cosechar en marzo, cuando en Almahue el carmenere podía cosecharse en mayo”. La idea hoy, explica, es conservar tensión y fruta.

Parte de la familia de vinos de Clos de Luz.
Parte de la familia de vinos de Clos de Luz.

Sus tres carmenere, en consecuencia, son vinos con fuerza de fruta y mucha estructura; no livianos, pero sí frescos.

 

Luz 2021, actualmente en el mercado, a pesar de su guarda en fudres y concreto más la botella de estos cinco años, sigue siendo profundo, estructurado y aún muy joven. Se producen entre 3.000 y 4.000 botellas. Cuesta unos 60 euros.

 

Massal 1945 nace en homenaje a las parras de carmenere más viejas que quedan en el campo. De las más antiguas seguro que aún existen de la variedad en Chile. Gabriel lo llama “el hermano chico”. Se cría en fudre austríaco; es más cremoso y menos profundo. Vale unos 23 euros.

cosechando carmenere a mediados de abril.
Vendimiando carmenere a mediados de abril.

Azuda, la tercera interpretación del carmenere en Clos de Luz, nació casi por accidente. Su vino era un lote para Massal que por espacio en bodega nunca tuvo madera. “Como no teníamos dónde ponerlo, se fue a concreto. Lo probamos nueve meses después y dijimos: está rico, si lo mezclamos, lo perdemos”. Azuda, nombre que rinde tributo a las grandes ruedas de agua o azudas, que permitieron regar el sector ya entrado el siglo XX, es más directo, más jugoso y con las notas herbales a pirazina más evidentes. Cuesta unos 20 euros.

Azuda de Clos de Luz
La azuda de la finca, restaurada y en funcionamiento, que da nombre a uno de los carmenere de Clos de Luz.

Aunque así parezca, en Clos de Luz no todo gira en torno al carmenere. Además de cabernet, malbec, syrah y una garnacha que fue pionera en el Chile del siglo XXI, Gabriel decidió, por probar, hacer un país del viejo parrón; del intruso. Y decidió vinificar sus uvas a la antigua, con la menor intervención posible. Su primer año fue 2017.
Mandó muestras al crítico español Luis Gutiérrez y su evaluación recibió 93 puntos. Igual que Luz. Obviamente, se quedó en el portafolio. Primero se llamó Agreste. Ahora es Agrás.

 

Este precioso país, tan liviano, fresco y tenso como su Garnacha Azuda aunque con menos carácter a fruta roja, fermenta con el racimo completo y se pisa en bins abiertos. Luego se guarda en madera vieja. Al igual que todos los vinos de Clos de Luz, se fermenta con levaduras nativas y sin azufre, sólo cal en el viñedo. Tiene apenas 12 grados de alcohol. En la copa de Agrás 2023 aparecen notas herbales y cítricas, tal vez por las naranjas y/o unas plantas de moscatel que hay entremedio; y, una sensación levemente secante.

 

Podemos decir que esta delicia existe por nostalgia. También, para recordar la verdadera historia del vino chileno.
Enoturismo en ascenso

La casa de degustación de Clos de Luz.
La casa de degustación de Clos de Luz.

Hace dos años abrieron formalmente al turismo. Primero lo pidieron sus familiares. Luego, grupos de wine lovers. Este año ya suman unas 500 visitas. Ofrecen recorridos por el parrón viejo, su mirador, y trekking por el cerro entre flora y fauna nativa, donde conviven cactus y hongos silvestres; todo sumado a degustaciones y picoteos con quesos locales. También ofrecen visitas a la preciosa azuda completamente restaurada y operativa.

 

Luz, quien enviudó joven, ya no está. Gabriel cuenta sin drama, sin advertirnos, que murió por comer hongos silvestres del jardín. Los ordenó cocinar con espaguetis, asegurando eran buenos. Era porfiada y decidida. Entre las tres lecturas de carmenere que hoy definen Clos de Luz y ese viejo parrón de país que sigue regándose solo con la lluvia, cuesta no pensar que algo de su recio carácter sigue aquí.