El filete es limpio, uniforme, sin espinas y de un naranja tranquilizador. En el lineal del supermercado parece una decisión sencilla. Lo que no se ve —y de eso se ha hablado en la segunda jornada del Encuentro de los Mares— es el rastro que deja detrás. Porque el precio final de ese salmón no figura en la etiqueta y una parte importante la paga la naturaleza.
La acuicultura crece de forma exponencial y superó por primera vez a la pesca extractiva en 2022. Aumenta el consumo y el volumen de negocio, —aunque no necesariamente el empleo— muchas veces a costa del equilibrio natural de las zonas que acogen esta forma de ganadería marina. La Fundación Rauch lleva años estudiando su impacto de la industria: en Grecia, uno de los grandes laboratorios europeos del sector, sus mediciones muestran acumulaciones de materia fecal que alteran la calidad del agua y dañan ecosistemas sensibles a kilómetros de distancia, incluso fuera del perímetro visible de las granjas.

El problema no es solo lo que ocurre bajo las jaulas, sino a su alrededor. Las praderas submarinas son zonas de cría y alimentación clave para conservar la biodiversidad. También grandes sumideros de carbono: una hectárea de posidonia mediterránea puede capturar hasta 17 veces más CO₂ que una hectárea de selva amazónica. Y, sin embargo, ya hemos perdido cerca del 30% de estas praderas por la presión humana: urbanización, anclajes, calentamiento del agua y, también, exceso de materia orgánica derivada de la acuicultura.
El resultado es que miles de especies autóctonas que se refugiaban entre las hojas de estas plantas subacuáticas para desovar o alimentarse pierden su hábitat, desplazadas por los voraces salmones. “Si la ganadería terrestre tiene regulaciones estrictas, la acuicultura debería tenerlas también”, plantean Patti Schaefer y Ann Golob, de la fundación Rauch. “Hay un futuro para la acuicultura, pero no de la manera en que se está haciendo en algunos puntos, a costa de la salud de los ecosistemas”. Por eso abogan por una regulación que ya reclaman movimientos ciudadanos en distintos puntos del Mediterráneo, cada vez más concienciados y mejor organizados.

El debate no es menor. La llamada economía azul mueve unos 2,2 billones de dólares al año y ha crecido un 150% desde los años noventa, muy por encima del 90% de la economía global. Pero ese crecimiento encierra una paradoja. “Estamos convirtiendo el océano en una granja —advertía la economista eslovena Sandra Damijan—, pero si no salvaguardamos el equilibrio natural estamos minando esa economía de cara al futuro”. Porque el mar no solo provee alimento: sostiene transporte, turismo, logística y estabilidad climática. “Si el océano falla, falla nuestra alimentación, pero también otros sectores”.
“Pescados de gimnasio”
La cocina puede contribuir a corregir esa inercia. “Lo que eligen los chefs acaba teniendo más valor para las comunidades locales y eso tiene un impacto en la economía global”, defiende Damijan. “El mar es demasiado rico para comer siempre lo mismo, por eso no compro acuicultura, ni para el restaurante ni para mi casa”, resumía con lógica aplastante el portugués Gil Fernandes, de Fortaleza do Guincho. “No tiene sentido desaprovechar pescados más nutritivos para alimentar ‘pescados de gimnasio’”, ahondaba el chef Pablo Vicari en un debate sobre las posibilidades de la gastronomía marinera más allá de la docena de especies que dominan el mercado.

Durante décadas hemos tratado el océano como un recurso inagotable y como un espacio sin dueño, dos ideas que hoy hacen aguas. “Desde 1970 hemos perdido el 56% de la abundancia de poblaciones marinas —advertía el oceanógrafo Carlos Duarte— y, sin embargo, seguimos valorando más un pez muerto que vivo”. Ejemplos elocuentes: un tiburón puede generar hasta 2 millones de dólares a lo largo de su vida en ecoturismo en lugares como Palaos; en el mercado, apenas unos euros por kilo. Una orca en el Estrecho de Gibraltar puede aportar hasta 20 millones en actividad turística, pero atrapada en una red, su valor es cero.
“La protección también se traduce en beneficios económicos”, se insiste una y otra vez en una edición del Encuentro de los Mares que, bajo el lema ‘Capital natural azul’, se ha empeñado en hablar al capitalismo en su propio idioma. “Es una necesidad estratégica, no seremos capaces de alimentar al mundo de la misma manera que lo estamos haciendo ahora”, advertía Damijan. Eso invita a mirar de otra manera ese filete perfecto, aparentemente inocente, pero que resulta mucho más caro de lo que marca la etiqueta.
