Attilio y Mochi: de importar vino a hacerse viñateros

Tras años importando y vendiendo vino en Brasil, decidieron comenzar desde cero en el chileno valle de Casablanca. Entre el capricho y la necesidad nació una pequeña viña con vinos de identidad propia

Mariana Martínez

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En el valle de Casablanca, a apenas una hora de Santiago de Chile, entre los bajos lomajes que dejan entrar el viento directo desde la costa, los brasileños Marcos Attilio y Ángela Mochi se sienten más que en casa. En este valle, reconocido internacionalmente por sus variedades blancas de clima frío desde fines de la década de 1980, ambos se identifican como viñateros, y con razón: plantaron 2,2 hectáreas de viñedo y, prácticamente solos, producen 11 etiquetas de vinos al año. Mirando hacia atrás, han pasado quince años desde que dejaron su vida en Brasil para tomar lugar al otro lado del mesón.

 

En una fría mañana de otoño, con los viñedos teñidos de amarillo fuera de la ventana, Ángela cuenta que tanto ella como su marido son ingenieros en alimentos. Se conocieron en la universidad, donde Marcos investigaba destilados brasileños. De ese interés nació el primer negocio que desarrollaron juntos: un bar o cachaçería con más de 300 etiquetas distintas. Después vino la tienda de vinos y, finalmente, la importadora. “Probábamos vinos que nos encantaban afuera y que no existían en Brasil. Ahí vimos una oportunidad”. El trabajo creció rápido, cuenta.

 

También el desgaste.

Ángela Mochi
Ángela Mochi.

“Teníamos tres empresas y tres equipos distintos. El restaurante funcionaba de martes a domingo, la tienda de lunes a sábado y la importadora, de lunes a viernes. Además, viajábamos mucho porque distribuíamos por todo Brasil… Un típico día de oficina era entre números, revisar cosas y pensar cómo mejorar. Lo que más me gustaba era mostrar vinos en capacitaciones a clientes nuevos, pero eso pasaba poco”.

 

Hasta que apareció Chile. Mejor dicho, Tunquén.

 

“Llegamos acá por una crisis de los 40 tremenda… Pasamos diez días en Tunquén, una playa que para mí es el paraíso en la tierra, porque es desconexión total en un ambiente muy prístino. Fueron los mejores diez días de nuestra vida. Cuando volvimos a Brasil nos dimos cuenta que ya no nos daba más”.

 

Después de ese viaje, no pensaron mudarse a cualquier lugar de Chile: la decisión era venir a Casablanca. La razón puede parecer demasiado simple: aquí se producían los vinos que más les gustaba beber. Esa intuición sigue marcando el proyecto que lleva hoy el apellido de ambos.

El entorno del viñedo de Casablanca, rodeado de montañas nevadas.
El entorno del viñedo de Casablanca, rodeado de montañas nevadas.

Y Tunquén sigue siendo central en la viña. Es el nombre de la línea de vinos que elaboran completamente en acero inoxidable, buscando frescura y tensión. “Tunquén es el principio de todo, son los diez días que nos hacen cambiar literalmente de vida, por eso son los vinos más frescos, para beber solos, en el verano”.

 

Otro nombre clave dentro de Attilio & Mochi es Sucre, su primer vino: una mezcla tinta vibrante y compleja. Nació después de una noche inolvidable en el restaurante Sucre, en Buenos Aires. Ángela sonríe antes de resumirlo de una forma muy precisa: “Por eso las etiquetas de nuestros vinos son como tatuajes”.

 

Mirando hacia atrás, Ángela y Marcos llegaron desde Campinas, una pequeña ciudad cercana a São Paulo, en 2011; con un plan, sí, pero poco más. Empezaron comprando uvas del valle y elaborando en otra bodega mientras buscaban un terreno propio. Lo encontraron ese mismo año: 5,5 hectáreas en uno de los sectores más fríos de Casablanca. Plantaron en 2012 casi la mitad del campo.

Marcos Attilio siempre trabajando con sus manos
Marcos Attilio, siempre trabajando con sus manos.

La selección de variedades tampoco siguió el camino más evidente para Casablanca ni para Chile. No hay chardonnay, la primera estrella del valle. Tampoco cabernet sauvignon ni carmenere, las más populares cepas tintas en el país.

 

“Plantamos las variedades que nos gustan: sauvignon blanc, viognier y roussanne en blancos; pinot noir, syrah, malbec, cabernet franc y grenache en tintos… Yo tengo la sensación de que mientras más vino toma la gente, más frescos los quiere. A nosotros nos pasó eso”.

 

Así, en un valle históricamente asociado a blancos costeros, ellos apostaron también por tintos de clima frío, sin demasiadas certezas, pero convencidos de que el lugar tenía algo distinto que ofrecer.

Familia de vinos Attilio y Mochi
Familia de vinos Attilio & Mochi.

“Estamos en el corredor del viento entre el valle de Casablanca y la playa de Algarrobo. Todo el viento que entra desde el mar pasa por nosotros. Ese viento seca rápido la humedad de las neblinas matutinas, reduciendo problemas sanitarios. También cambia la luminosidad. Por eso somos tan fríos como Las Dichas, conocido como el sector más frío del valle, aunque con más sol”.

 

Esa combinación de frío y luminosidad les ha permitido trabajar variedades tintas manteniendo tensión y acidez. “Cuando la gente prueba el malbec de acá, más fresco, se maravilla y ve que existe otra forma”.

 

El grenache es probablemente el mejor ejemplo. Hoy aparece sin sorpresa dentro del portafolio, pero hace quince años era una osadía para Casablanca. “Después de probar un vino australiano que me voló la cabeza, supe que quería plantarlo acá”. El resultado es un tinto más liviano que el resto, especiado y vibrante. Lo mismo ocurre con su cabernet franc, marcado por una nota herbal muy fresca y una acidez filosa, el que con su estructura y fuerza se ha transformado en uno de los vinos favoritos de quienes visitan la viña.

 

Ese clima ideal durante verano y otoño también puede volverse demasiado frío cuando los brotes recién aparecen. La cosecha 2026, por ejemplo, estuvo marcada por una helada tardía de primavera que les hizo perder cerca del 40% de la producción.

 

Como no cuentan con sistemas activos para controlar heladas, la vulnerabilidad es alta. Las soluciones tradicionales tampoco terminan de convencerlos.

 

“Los ventiladores en una helada polar no funcionan. El sistema con agua tampoco, porque en Casablanca tampoco sobra el agua. Y los chunchones, estufas a carbón, generan humo y contaminación, precisamente lo que no queremos”.

Viñedos y bodega de Attilio y Mochi
El magnífico entorno natural de la bodega Attilio & Mochi es también un reto para la viticultura.

En la misma lógica de bajo impacto manejan el viñedo de forma orgánica. Los restos de poda y el pasto se dejan sobre el suelo para formar una cubierta vegetal que ayude a conservar humedad y reducir evaporación.

 

Quizás la decisión más radical en términos ecológicos fue la construcción de su nueva bodega, recién estrenada con la cosecha 2026, y que tiene a Ángela con sonrisa de oreja a oreja. Todo el proyecto se levantó reutilizando contenedores revestidos con poliuretano y que estaban destinados a transformarse en chatarra. Incluso los restos se ocuparon como collage para muros y divisiones interiores.

 

“El aislamiento es muy bueno. Afuera puede hacer calor en verano y acá adentro la temperatura se mantiene”, dicen. Mientras recorremos la bodega, Marcos trabaja junto a un pequeño alambique recién llegado. Todo indica que el antiguo investigador de destilados brasileños volverá pronto a experimentar.

 

Pensando en todo lo que han construido los dos solos en este tiempo, me cuesta no pensar en ese viejo comic de Quino donde un hombre cansado abandona la ciudad para cultivar una pequeña huerta, hasta que su éxito con el cultivo de lechugas vuelve a llenarle el escritorio de papeles y preocupaciones. Le pregunto a Ángela si teme que les pase lo mismo. “No, no queremos volver, justamente eso es lo que cuidamos, cachai”. Por eso, explica con su marcado acento portuñol-chileno, la escala del proyecto prácticamente no ha cambiado desde que llegaron a Casablanca. En un buen año, producen unas 15.000 botellas.

 

“Somos dos. Tenemos gente que ayuda en el campo, pero viene una vez a la semana. Por eso las visitas son solo con reserva y en grupos pequeños”, explican. Ángela es quien guía personalmente las degustaciones. Entonces, explica cómo sus vinos se mueven entre perfiles frescos y otros más complejos. El sauvignon blanc, por ejemplo, puede ir desde la versión Tunquén, directa y filosa, hasta Attimo, fermentado y criado en barrica junto a otras cepas blancas, con notas a durazno, damasco y miel.

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La acogedora sala de catas del centro de visitantes de Attilio & Mochi.

También aprovechan cada cosecha para probar cosas nuevas. Así nacieron dos de los vinos más singulares de Attilio & Mochi. Ámbar, una mezcla de cepas blancas fermentadas con sus pieles, combina tensión, textura y aromas a flores blancas y damascos secos difíciles de encontrar juntos. Y Dulce Fuerte, un fortificado a partir de syrah y malbec, que confirma como ambas variedades tintas tienen cada vez más qué decir en estos tiempos de cambio climático en Casablanca.

 

No puedo evitar preguntarle a Ángela cuáles son las ventajas de haber llegado a producir vino después de tantos años trabajando del otro lado del negocio.

 

“Son muchos años estando en sus pies, ¿no? Entonces es mucho más fácil entender el otro lado cuando tú sabes cuáles son sus dolores, sus necesidades… Entiendes que cada canal se porta de manera distinta porque tiene necesidades distintas… Ayer mismo hice un entrenamiento para el equipo del restaurante Diablo en el MUT.

 

Ellos tienen un vino nuestro en la carta, el Cabernet Franc Tunquén, y yo les llevé también el grenache, porque me interesa que la gente que está sirviendo los vinos tenga una visión un poco más amplia de nuestra viña. Me comentaron que era la primera vez que les pasaba. Como también teníamos restaurante, sabemos lo importante que es la capacitación del equipo”.

 

Esa cercanía también se refleja en cómo venden. Prefieren relaciones directas, restaurantes pequeños y clientes que entiendan el proyecto.

 

Antes de despedirnos, le pregunto a Ángela si alguna vez se arrepintieron de haber dejado Brasil.

“No. Nunca. Ahora me despierto con los pajaritos cantando… Los días son definidos por la naturaleza, y no solamente por las necesidades del negocio. En otoño cosechamos y fermentamos. En invierno podamos. En primavera se vuelve a empezar. Antes todos los días eran iguales. Hoy todos los días son distintos”.