La imagen es poderosa. El chef prueba una cucharada, cierra los ojos —¡eureka!—, dispone los elementos en el plato con destreza de pintor y, valiéndose de una pinza —siempre hay una pinza a mano en estos casos—, añade una ramita de hierba aromática y quizá un par de flores. La escena discurre en un entorno apacible, la luz cae dramáticamente sobre el plato y, de fondo, suena música épica. Al ver uno de esos vídeos, tan frecuentes en la comunicación gastronómica, cualquiera podría pensar que ese es el día a día de un restaurante.
Casi nunca es así. Y, sin embargo, hemos construido buena parte del relato de la cocina contemporánea alrededor de esa escena. La creatividad entendida como un chispazo individual, una revelación súbita capaz de emocionar. La mayoría de los platos no nacen de un momento de iluminación, sino de algo bastante más prosaico: pequeños ajustes, errores que funcionan, variaciones mínimas sobre ideas que ya estaban ahí. Más que un destello, es un proceso lento, acumulativo y casi siempre colectivo.
Cuántos de esos ejercicios de supuesta creatividad no son, en realidad, reinterpretaciones de platos que llevan décadas —o siglos— formando parte de nuestro recetario, apenas alterados en la textura o en la presentación. Si uno pudiera seguir la pista de muchas de esas ideas ‘geniales’, descubriría una red de influencias en la que cada cocinero añade o adapta algo rescatado de sus recuerdos o visto en otro lugar.
El propio Ferran Adrià resumía la cuestión de forma rotunda: «Crear es no copiar». Pero incluso esa frase la había tomado prestada de su colega francés Jacques Maximin. La cocina creativa se mueve en ese terreno ambiguo donde las ideas circulan, se transforman y reaparecen con otro acento. No hay tanto hallazgo aislado como una cadena de pequeñas apropiaciones sucesivas.
Convertida en palabra fetiche, la creatividad ha terminado por eclipsar otros valores menos espectaculares: el respeto, la sensibilidad, la paciencia o el compañerismo. Virtudes que sostienen el día a día de un restaurante, pero que no caben en un vídeo de treinta segundos.