El camarero se acerca a la mesa: «¿Todo bien, familia?» La abuela da un respingo y le mira, ojiplática. Aún está tratando de dilucidar el grado de parentesco –«quizá el nieto de aquel hermano que marchó a la Argentina…»– cuando se da cuenta de que el chaval solo quiere ser simpático, no una participación en la herencia. En su afán por resultar cercanos, hay hosteleros que acaban colándose en el árbol genealógico del cliente.
El «usted» hace tiempo que pasó a mejor vida en la mayoría de restaurantes. Descanse en paz. Lo ha sustituido una panoplia de apelativos que va del socorrido «chicos» al empalagoso «cariño», pasando por el litúrgico «mi cielo». Ni siquiera el «jefe» conserva del todo su antigua función: la de marcar una distancia civilizada.
En esa misma lógica triunfa también otra variante, el empresario que llama «familia» a su plantilla. En reuniones, en entrevistas, en la cena de empresa, casi nunca en la nómina. Cuidado con él. De la familia se espera entrega, paciencia o comprensión, conceptos difíciles de estipular en un contrato laboral. Y si las cosas se tensan, puede que tenga una salida de tono como la que uno solo se permite con su círculo más cercano.
Cuando un camarero te llama cariño, protestar por un plato puede parecer una ofensa. Cuando una empresa se presenta como un clan, reclamar lo pactado adquiere tintes de deslealtad. El problema de llamar familia a cualquiera es que las obligaciones suelen repartirse de forma desigual.
La relación entre empleador y empleado, como la que se teje entre camarero y cliente, es de naturaleza profesional. Eso no elimina la cordialidad en el trato: saber el nombre de tu cartero o preguntar por la familia a un compañero son gestos de civismo. Pero fingir que somos amigos solo sirve para difuminar el perímetro de lo exigible.
La hospitalidad no consiste en simular afecto, sino en transmitir comodidad. Hay una diferencia sutil, pero decisiva, entre hacer sentir bienvenido a alguien y colocarlo, sin previo aviso, dentro de un vínculo que no ha elegido. Familia solo hay una, afortunadamente.