Discover-Eat, el Congreso Internacional de Turismo Gastronómico no Urbano, ha recalado en su segunda jornada en Cogolludo (Guadalajara), concretamente en las Bodegas Río Negro, donde los congresistas han tenido la oportunidad de seguir aprendiendo sobre las posibilidades que ofrece la gastronomía como motor del turismo y la economía rural.
Organizado por Vocento Gastronomía y promovido por el Gobierno de Castilla-La Mancha, este foro internacional ha seguido mostrando casos de éxitos de destinos rurales que han creído en su cultura gastronómica como estrategia de diferenciación. Muestra de ello ha sido la experiencia de Natasha Nedanoska, cocinera, agricultora y propietaria del Agroturismo Pirustija Nedanoski (Ramne, Macedonia del Norte). Esta profesora de lengua reconvertida en empresaria de turismo rural ofrece en su finca una experiencia inmersiva culinaria que demuestra la hospitalidad de los Balcanes. “No hacemos más que lo que hacían nuestros abuelos cuando tenían huéspedes: los acogemos, les damos de comer, les hacemos sentir uno de los nuestros”, explica Natasha sobre su proyecto. Más allá de tener la posibilidad de degustar productos y cocina macedonia, en Pirustija Nedanoski el visitante puede atender “clases de cocina, recoger las hortalizas del huerto, hacer queso, recoger huevos en el corral” en una finca que tiene como filosofía el autoabastecimiento. En definitiva, una experiencia total que entronca con el nuevo turismo que busca una conexión real con el territorio que visita, un vínculo que la gastronomía favorece.
Y de una finca de agroturismo en Macedonia, Discover-Eat ha viajado a las tabernas del Alto Tâmega, en Portugal. De la mano del chef Vítor Adão (Plano, Lisboa) y la experta en desarrollo rural y comunicación Teresa Vivas, los asistentes a este foro internacional han podido descubrir el valor que tienen como patrimonio gastronómico y cultural las tabernas tradicionales de esta zona del Trás-os-Montes portugués. El proyecto ‘Tabernas do Alto Tâmega’, iniciado en 2004, es una red de restaurantes rústicos y familiares que sirven productos 100% locales y de temporada. Una red que se creó con el objetivo de “revitalizar esas casas que iban decayendo y con ello temíamos perder un patrimonio increíble”, explicaba Teresa Vivas. La recuperación de estos espacios, además de apoyar la producción de razas autóctonas (como el cerdo bísaro o la cabra serrana trasmontana), también “ha propiciado la llegada de una nueva generación de restauradores y cocineros que han sabido entender muy bien el territorio y trabajan en colaboración con los productores”, destacaba Víctor. Un proyecto que demuestra la fuerza de la unión y la colaboración en territorios rurales y que ilustra que el futuro de estas zonas es posible si existen proyectos interesantes. “El futuro de la gastronomía y la producción local de esta zona, gracias a este proyecto, está ahora garantizado”, afirmaba aliviada Vivas.

Incidía en la idea de unión Marta Iglesias, creadora de contenido y directora del proyecto ‘Un lugar en la Ribera’ (La Aguilera, Burgos) que propone experiencias enoturísticas y gastronómicas a través de comidas en grupos. Con la idea de “crear sinergias entre el talento de la zona y ‘obligarnos’ a juntarnos”, este proyecto permite al visitante conocer productos autóctonos y compartirlos con los propios cocineros y viticultores de la Ribera. “La idea es que el que venga de fuera pueda vivir la Ribera con nosotros”, explicaba Marta, quien además revelaba que la única vía de comunicación de esta iniciativa es a través de las redes sociales. Paralelamente, el habitante de la Ribera llega a entender a través de los ojos del turista “que lo que para nosotros es el día a día es algo especial, único, que nos diferencia”, revelaba Iglesias.
¿Qué nos hace decidir un destino?
Tal como se ha puesto de relieve en la segunda jornada de Discover-Eat, en ocasiones, más que una experiencia es un producto lo que ejerce de ‘anzuelo’ para atraer visitantes a una zona. Es el caso, por ejemplo, del whisky en Islay (Ìle en gaélico), una pequeña isla en el oeste de Escocia con muchas destilerías de este licor. Con Florence Grey y Ben Shakespeare, respectivamente presidenta y miembro del Comité Organizador del festival Fèis Ìle, los asistentes al congreso han podido conocer de primera mano cómo la celebración de un festival sobre el whisky tiene impacto en la isla más allá de las destilerías. “El whisky es el imán que atrae al visitante, que una vez en la isla tiene la posibilidad de descubrir todo lo que tenemos que ofrecer”, contaba Ben Shakespeare. De hecho, tal como apuntaba Florence Grey, el motivo inicial de la creación del festival hace 40 años fue el de “enseñar a los visitantes la cultura de nuestra isla: nuestras playas, nuestro marisco… Fueron las destilerías las que vieron en el festival una oportunidad de promoción de su producto”. Una relación que se ha mostrado fructífera con un festival plenamente asentado -”ya tenemos todas las reservas para el año que viene completas”- y un impacto económico en varios sectores de la isla, ya que el festival no solo ofrece actividades relacionadas con el whisky sino que también hay actos gastronómicos, culturales… “El hilo conductor del festival es el whisky pero en realidad habla de nosotros, de nuestra comunidad, de la cultura de las personas de la isla de Ìle”, resumía Grey.
Otro producto que está ganando peso como polo de atracción, por lo que tiene de producto artesano y ligado a un territorio, es el queso. En una mesa redonda con productores de varias partes de España, se ha debatido también en Discover-Eat de la necesidad de recuperar técnicas de pastoreo que permitan elaborar productos de calidad que se convierten en productos turísticos en sí mismos. Moderados por el director del congreso, Benjamín Lana, han compartido sus experiencias Jesús ‘Suso’ Mazaira, socio y cofundador de Airas Moniz (Chantada, Lugo); Juan Ocaña Mateo, ganadero en Crestellina (Casares, Málaga, España); José María Alonso Ruiz, presidente de QueRed y propietario de la Quesería Quesoba (Sangas, Cantabria); y Luis de la Vega Yrisarry, director de ventas en Quesería Finca Valdivieso (Alcázar de San Juan, Ciudad Real). El cabrero malagueño reclamaba que el consumidor tenga conciencia:“es importante explicarle el producto para que lo valore, así como el trabajo del campo”; de lo contrario, son oficios y productos artesanos destinados a desaparecer. Por ello, muchos de ellos han optado por abrir las puertas de sus casas a los clientes. Coincidían todos en afirmar que ahora ya vivimos un cambio -“estamos en un momento muy dulce”, decía Suso Mazaira- y estamos entendiendo que “todos somos responsables de preservar el patrimonio, locales y visitantes, productores y consumidores”.
Por último, Discover-Eat ha querido también ilustrar la necesidad de innovar y ampliar actividades, incluso en negocios que ya funcionan, para mantener el interés de los entornos rurales como destinos turísticos. En una tertulia en la que han participado Blanca Moreno, co-propietaria y directora del hotel Molino de Alcuneza (Alcuneza, Guadalajara); Juan Jesús Valdelana, CEO de Bodegas Valdelana (Elciego, Álava); y Susana Malón, física especializada en contaminación lumínica y calidad del cielo nocturno; se ha podido ver cómo la observación de estrellas es un nuevo aliciente para el turismo en entorno no urbanos. “Nuestro cielo también es nuestro patrimonio”, aseguraba Blanca Moreno. La copropietaria del Molino de Alcuneza ha explicado cómo este hotel boutique, ha convertido el cielo nocturno en uno de sus principales activos, ya que la observación de estrellas “ha pasado de ser una actividad complementaria a un argumento de reserva”. Adaptando la iluminación, “más suave, más cálida, orientada hacia abajo”, se consigue también un efecto más relajante y de comunión con el entorno, relataba. En este sentido, la astrofísica recordaba que la contaminación lumínica “a pesar de no generar alertas instintivas (no suena, no huele), afecta al ritmo circadiano humano y a los ciclos vitales de otros seres vivos”. Por su parte, en Bodegas Valdelana se ha apostado por los “maridajes estelares”, que organizados en julio y agosto permiten “conocer la historia de las estrellas tejiendo un relato con un vino y una canción”. Así pues, mediante la observación del cielo o maridajes nocturnos, el turismo rural busca aliados también en las estrellas.
