Dice Orazio Bellettini que tras un terremoto, cabe abandonar, trabajar para reconstruir lo que había, o aprovechar la oportunidad de reinventarse. Manabí, región ecuatoriana de costa y de montaña, donde se producen algunos de los alimentos más emblemáticos del país (maní, cacao y camarón entre ellos), sufrió la devastación de dos terremotos. El primero, en 1998, acompañado de la destrucción del fenómeno del Niño y la paralización de la acuicultura camaronera por un virus, obligó a este ingeniero agrónomo a emigrar de la región. Encontró trabajo en Quito en el área de cooperación y desarrollo, y le iba bien, pero cuando en 2026, su región volvió a sufrir otro terremoto, Bellettini tuvo una visión que le llevó a hacer el camino inverso a otros compatriotas: Pensó que la gastronomía, que en Manabí es patrimonio identitario, podía ser también el motor de su futuro. Regresó, logró convencer y sumar fuerzas, y desde la semilla de Iche, el instituto de formación y vivero de emprendimiento montado con su Fundación Fuegos, contagió la esperanza y recabó la colaboración de los sectores público, privado, académico, productivo y culinario. En 2026, Manabí obtuvo la designación de Región Gastronómica Mundial, otro paso en un camino de reinvención donde nada es gratis, excepto soñar, y se sueña a lo grande.
Orazio Belletini participó como ponente en el Congreso Internacional de Turismo Gastronómico No Urbano Discover-Eat, celebrado en Sigüenza, donde tuvo lugar esta entrevista con 7Caníbales.

—¿Qué es la Fundación Fuegos y cómo llega usted a convertirse en promotor de Manabí Región Gastronómica Mundial 2026?
—Yo soy ingeniero agrónomo; fui formado para el mundo productivo y con esa mirada regresé en 1995 a Manabí, luego de haber estudiado en Centroamérica. Y me habría quedado así siempre, pero la vida tenía otros planes. En 1997 el fenómeno de El Niño asoló la región. En 1998 hubo el primer terremoto. En el 98 y 99, el virus de la mancha blanca paralizó el sector camaronero. Setenta mil personas tuvimos que emigrar forzosamente. Fui a Quito y lo único que encontré fue una ONG que me ofrecía ir a la Amazonía para trabajar con indígenas quichuas, y me fui. Me gustó el mundo del desarrollo. Me quedé varios años, y aprendí mucho sobre el trabajo con comunidades. En 2016, cuando ocurre en Manabí el segundo terremoto, yo vivía en Quito. Mi mujer, Adriana, estaba embarazada de nuestra primera hija. Y un día, le dije: siento que Manabí debería afrontar esta crisis como una oportunidad para reinventarse. ¿Se podría hacer diferente? ¿Podríamos irnos a Manabí para hacer un proyecto vinculado con el desarrollo? Y Adriana, que es muy generosa, me dice: ¿Qué tipo de proyecto? Y le digo, yo creo que tiene que ver con la gastronomía, porque es lo único que nos une a todos los manabitas y creo que puede generar una visión de futuro.
—¿Por qué la gastronomía?
—Porque pensé que era y es algo que nos une a todos los manabitas y que podía generar una visión de futuro. Fue una intuición, porque ni ella ni yo veníamos de ese mundo de la gastronomía. Un amigo, conversándole la idea, me dijo que él conocía a dos extranjeros que sí tenían que ver con la gastronomía. Ella, una norteamericana que había llegado al Ecuador como cuerpo de paz hacía 40 años y había escrito el libro de cocina ecuatoriana más vendido en la historia del país. Una estupenda cocinera y divulgadora. Y él, un canadiense casado con una quiteña que había trabajado con Gastón Acurio en los primeros pasos del movimiento peruano. Los cuatro decidimos constituir la Fundación Fuegos como herramienta organizacional para hacer posible lo que luego sería Iche.
—Iche es un proyecto educativo ambicioso, moderno, quizá muy disruptivo en un Manabí destruido ¿Cómo apuestan por eso y cómo responde la gente?
—Fue Martin quien propuso la educación, por su experiencia en Perú. Nos dijo que Gastón Acurio y los peruanos lo primero que hicieron fue crear un instituto educativo, porque es en los jóvenes en quienes hay que sembrar. Y yo dije, vamos con una escuela, pero que sea práctica, y por eso incorporamos el restaurante y el vivero de emprendimiento. Nos tomó cinco años. Creamos Fuegos en 2017, y abrimos las puertas de Iche en el 2021.

—Una gestación larga.
—No fue fácil. Para empezar, había que encontrar el terreno. Manabí es muy diversa, es mar y montaña. Teníamos en mente el lugar donde se encontraran mar y montaña. Luego, un grupo de arquitectos voluntariosos de la Universidad Católica de Guayaquil proyectaron el espacio combinando tradición e innovación, porque de eso se trata Iche. Y luego hubo que conseguir recursos. Visité diez bancos hasta que el décimo nos dio el crédito para concluir la construcción. Luego apareció la cooperación italiana y aportó fondos para el equipamiento y para las primeras becas. Cinco años nos tomó, porque era un proyecto de esperanza. Cuando abrimos Iche, fue una comitiva del Gobierno provincial a conocerlo y llevó a unos expertos en desarrollo territorial. Y uno de ellos, colombiano, me dijo: Horacio, yo soy experto en Latinoamérica. Si tú me hubieras contado esta idea y me hubieras preguntado cuánta probabilidad le daba de que esto llegara a iniciar, yo te habría dado 5% de probabilidades de éxito, porque estas cosas no ocurren en América Latina fuera de las grandes ciudades, y esto estaba en la periferia de la periferia. Y bueno, poco a poco llegaron los primeros estudiantes. Al restaurante, la primera vez que abrimos, a la escuela restaurante llegó un comensal al que terminamos invitando, porque nos parecía tan generoso de su parte haber hecho semejante viaje para conocernos… Pero poco a poco se fue difundiendo.
—Y cinco años después, Iche es el vivero del futuro de la región.
—Cinco años después tenemos chicos graduados, siete promociones, siete grupos de chicos llenos de orgullo, premios y reconocimientos que llevan un mensaje de cambio dondequiera que vayan. Y son ya más de las 70.000 personas han venido a visitarnos desde todo el Ecuador. Yo siempre recibo a los comensales y les pregunto desde dónde nos visitan. Les digo: esto que usted va a ver aquí no es solo un restaurante, es un espacio que busca la transformación de este territorio… Entonces los resultados son positivos, pero los desafíos vienen por delante son durísimos; quizás más complicados que los que hemos tenido que sortear en los primeros años.
—¿El programa de estudios dura siete meses?
—Hasta ahora sí. Justo estamos en la transición a convertirlo en Instituto Tecnológico de Educación Superior, con estudios de 24 meses y lograr que tenga una validez académica homologada en Ecuador y en el extranjero, algo muy importante, que también nos va a permitir crear especialidades. El instituto va a abrir con tres titulaciones, siempre desde esta lógica de gastronomía de proximidad y conectada a una identidad. Turismo gastronómico va a ser la segunda carrera, y la tercera va a ser más de contenido alimentario.

—Iche ha permeado muy rápido en la sociedad, pero ¿Cómo fue el camino para llevar a Manabí a ser región gastronómica mundial?
—Hemos ido permeando en la sociedad. Cuando a una idea le ha llegado la hora, se dispersa con una rapidez impresionante, porque nosotros no hemos tenido recursos para comunicación. Ni siquiera tuvimos la intención de que esto alcanzara la dimensión que alcanzó. Nosotros íbamos a un espacio con una filosofía de futuro, destinado a trabajar en el entorno, a recibir chicos, a formarlos. Pero comenzaron a interesarse instituciones públicas. Vino la ministra de Cultura, el ministro de Turismo, el prefecto de Manabí. Y vinieron alcaldes y líderes empresariales. Como si todo el mundo pensara: ¡Sí, esto es lo que Ecuador necesita! Y se comenzó a reconocer internacionalmente, y de pronto nos escriben del Instituto Internacional de Gastronomía, Cultura, Artes y Turismo (IGCAT), y nos animan a presentar nuestra candidatura a Región Gastronómica Mundial, pero para hacerlo, tenemos que constituir un comité multisectorial. Nada fácil, porque Ecuador es un país maravilloso, pero donde hay mucha desconfianza entre los sectores público y privado; donde los proyectos colaborativos cuestan muchísimo. Pero de todas formas dijimos: hagámoslo. Y empezamos a llamar a puertas. A las puertas del Gobierno de la provincia, de la Universidad, de la Cámara de Industria, de cien empresas locales. Fui uno por uno. Cuando expuse el proyecto al prefecto de Manabí (Leonardo Orlando), algunos asesores presentes en la reunión se pronunciaron en contra, pero él dijo: creo que es una buena idea. Vamos Horacio, cuente con nosotros. Siempre le agradeceré eso. Y así se fue armando, armando, armando, y logramos la candidatura.
—Parece un cuento de hadas.
—Le aseguro que no lo fue. La semana que nos visitó el jurado, estábamos con cortes eléctricos en todo el país, con racionamiento energético. Se iba la luz medio día de cada día, y yo sufría. Decía: ¿Cómo nos van a dar así la designación? Pero vieron tanta pasión, tanto compromiso, tantas ganas, tanta transformación, que finalmente ocurrió.
—Me viene a la cabeza Venezuela, también con una gran riqueza gastronómica, y donde la gente de la gastronomía está totalmente volcada en la solidaridad con el país. ¿Podría ser la gastronomía el motor para remontar Venezuela?
—Lo veo perfectamente aplicable. En efecto, Venezuela tiene una gran riqueza gastronómica, pero voy incluso más allá: yo creo que este tipo de proyecto es indistinto al contexto, porque en todo lugar hay cultura, en todo lugar hay productos, en todo lugar hay expresiones gastronómicas de lo que hace única a esa sociedad. No hay territorio en el mundo que no tenga riqueza gastronómica para construir a partir de ella. Incluso Estados Unidos. Da igual que el país sea más o menos desarrollado, más o menos diverso, más o menos rico. Lo importante es que exista una visión y sumar esfuerzos.
