Aunque el aceite de oliva virgen extra español sigue siendo el producto más demandado en Estados Unidos y las importaciones han experimentado un crecimiento del 217% en diez años, poco a poco se abren paso como gigantes otros productos como las conservas premium, especialmente de pescado y marisco, los preparados gourmet y los productos transformados.
Durante años, los productos españoles sobrevivieron en Estados Unidos como un pequeño escuadrón de nostalgia alimentaria a base de botellas de aceite escondidas en las estanterías de supermercados latinos o jamones ibéricos reservados para restaurantes de emigrantes con el paladar educado. Los vinos apenas circulaban fuera de algunos círculos especializados. Con el tiempo, llegó la etapa de la primera conquista americana gourmet de la gastronomía española. Al reconocimiento al trabajo de los cocineros españoles, especialmente por el efecto del huracán Ferran Adrià y todo lo que arrastró y la subida a los altares de la excelencia en Washington de José Andrés, se unieron la explosión de la dieta mediterránea y el auge de las tiendas delicatessen, que empezaron a transformar aquella presencia discreta en un signo de sofisticación culinaria.
Ahora ha comenzado una tercera fase mucho más ambiciosa: la consolidación aspiracional, de la que forman parte Spain Fusion y Spain Fusion The Premium Experience, ocho eventos gastronómicos para profesionales de la gastronomía destacados en mercados estratégicos internacionales con más de una decena de los mejores chefs españoles como embajadores de nuestra despensa, organizados por Vocento Gastronomía junto a Foods and Wines from Spain (ICEX) y Alimentos de España. El país hoy no compite únicamente por vender alimentos; compite por vender prestigio. Las estanterías premium americanas ya no hablan únicamente italiano o francés. En Nueva York, Miami, Tampa, Wyoming o Los Ángeles se repiten nombres españoles como Castillo de Canena, Cinco Jotas, Conservas Ramón Peña, Torres Wines o Martín Códax. El aceite de oliva virgen extra andaluz, el jamón ibérico, las conservas gallegas y los vinos atlánticos han dejado de ocupar un rincón étnico para instalarse en el territorio reservado a los productos de prestigio. Y a una cierta idea elegante del estilo de vida mediterráneo.

En apenas una década, España ha multiplicado sus exportaciones agroalimentarias al mercado estadounidense hasta superar los 3.420 millones de euros en 2025, frente a los 1.700 millones de euros en 2015. Un crecimiento cercano al 101% que confirma algo más profundo que una simple tendencia comercial: el producto español ha dejado de ser exótico para convertirse en aspiracional.
La estrategia de la ‘triple P’ (producto, precio y prestigio) explica el paso del volumen al valor. El punto de partida es el producto, la evidencia física de una calidad que durante años se abrió paso casi en silencio. Aceites de oliva, conservas, vinos o embutidos desembarcaron primero como rarezas, puede que admiradas, pero sin un relato capaz de sostenerlos más allá de nichos concretos. El precio ha funcionado hasta ahora como llave de entrada y forma de instalarse en el canal de distribución. El cambio decisivo parece estar unido al prestigio. El producto español empieza a ser leído no solo por lo que es, sino por lo que representa. En ese nuevo relato, España está intentando no ser simplemente un proveedor eficiente en el mercado estadounidense, sino un referente cultural merced a una despensa de alto valor.
Ese sorpasso del volumen al valor resume con precisión quirúrgica ese nuevo posicionamiento del producto español en Estados Unidos. El enfoque ha cambiado. A pesar del retorno de la incertidumbre comercial asociada a las políticas de Donald Trump, son buenos tiempos para la lírica de la despensa española en EE.UU. La amenaza de nuevos aranceles, la lógica de “America first” y la volatilidad en la relación con Europa reactivaron viejos fantasmas. Para España, que ha construido su crecimiento en Estados Unidos sobre el delicado equilibrio entre calidad y competitividad, cualquier endurecimiento del comercio no es solo un ajuste técnico, sino una sacudida estratégica. No se trata únicamente de vender aceite o vino, sino de mantener abierta una puerta que, una vez entrecerrada, tarda años en volver a abrirse.
El gran motor de esta expansión ha sido el aceite de oliva. Las importaciones estadounidenses de grasas y aceites vegetales —fundamentalmente aceite español— pasaron de unos 340 millones de euros en 2015 a cerca de 1.080 millones de euros en 2025, un crecimiento superior al 217%, según los datos facilitados por la Oficina Económica y Comercial de la Embajada de España. El producto estrella de la dieta mediterránea se ha convertido en un símbolo de consumo saludable entre las clases medias y altas estadounidenses.

Jugar en la liga del producto premium
Pero el cambio más importante no está únicamente en el volumen. Está en el tipo de producto que Estados Unidos compra a España. Crecen las conservas premium, especialmente de pescado y marisco, los preparados gourmet, los vinos y los productos transformados de alto valor añadido, mientras las categorías tradicionales pierden peso frente a competidores latinoamericanos o producción local.
Las importaciones de pescados y mariscos españoles aumentaron más de un 230% durante la última década. Los preparados alimentarios crecieron más de un 427%. El consumidor estadounidense busca cada vez más productos con relato y verdad, y ahí España juega con ventaja porque pocas despensas ofrecen hoy tanta diversidad como la española.

Sin embargo, la gran asignatura pendiente sigue siendo el vino. España ha logrado prestigio gastronómico en Estados Unidos, pero todavía no domina el mercado vinícola como Francia o Italia. Por eso el objetivo es que el consumidor estadounidense no vea el vino español como una alternativa económica, sino como una elección asociada a la calidad y el lujo.
