Con bombos y platillos ha anunciado la llegada de la gala de The World’s 50 Best Restaurants a Lima. Por primera vez, la ceremonia más influyente y controvertida de la gastronomía mundial se celebrará en Sudamérica, gracias a la inversión realizada por la Comisión de Promoción de Perú para la Exportación y el Turismo (PromPerú), del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo de Perú.
Pasada la euforia y la exaltación propia de la latinidad, esa que reconoce el entusiasmo de una región entregada a los rankings y que ve cómo el foco vuelve a posarse sobre este lado del mundo, conviene preguntarse quién necesitaba más esta ceremonia: ¿Perú? ¿50 Best?
Hace trece años, cuando Lima fue la sede del primer Latin America’s 50 Best, la respuesta era sencilla. Perú necesitó a 50 Best para instalar un relato internacional, y lo hizo de manera magistral. Entendió antes que nadie en América que la gastronomía no era únicamente un sector económico, sino una herramienta de política exterior.
Gastón Acurio dejó de ser solamente un cocinero para convertirse en el arquitecto de la operación de la marca país gastronómica más exitosa que ha conocido Latinoamérica. La biodiversidad alimentaria se transformó en identidad, la identidad en orgullo, el orgullo en turismo, el turismo en economía y la cocina en diplomacia. Y funcionó. Tan bien funcionó, que la gastronomía de Perú sigue viviendo, a pesar de quizá no ser la más vibrante o dinámica del momento, de los intereses de aquella inversión.
La paradoja es que la ceremonia llega cuando el relato gastronómico atraviesa probablemente su mayor distancia respecto del relato político social, cuando quizá el país parece menos preparado para exhibirse. Atrapado en una crisis institucional permanente, con una sucesión de presidentes, una recientemente asumida presidenta cuestionada, cuya figura divide profundamente a la sociedad, un turismo a la baja que no recupera el dinamismo perdido y estudios que sitúan la inseguridad entre las principales razones que explican la pérdida de visitantes.
Es cierto que la crisis política y social ha debilitado poco o nada el prestigio gastronómico del país, refrendado este año por la proclamación de Maido, el restaurante limeño de Mitsuharu Tsumura, como número uno del propio 50 Best, aunque sería ingenuo ignorar la realidad que hoy vive Perú. Lo extraordinario, sin embargo, radica en que la cocina haya conseguido construir un capital simbólico capaz de sobrevivir a esa fractura. Esa es, probablemente, la mayor victoria de la gastro diplomacia mundial. Entonces, si Perú ya no necesita demostrar que es una potencia gastronómica: ¿Qué busca realmente 50 Best llegando a Lima?
El ranking de William Reed atraviesa el momento más complejo desde su creación. A la pérdida de credibilidad —de la que ya escribí hace algunos meses en este mismo medio— se suman cuestionamientos sobre transparencia, centralización, una excesiva dependencia de patrocinadores y la necesidad permanente de seguir siendo relevante en un ecosistema donde han surgido nuevos reconocimientos que disputan influencia y prestigio.
En ese escenario, Perú vuelve a ser un valor seguro.
Después de Londres, Melbourne, Bilbao, Valencia o Las Vegas, Lima ofrece algo que ninguna de esas ciudades pudo demostrar: un relato emocionante, uno construido durante dos décadas y que todavía despierta admiración. Y es que pocas historias siguen siendo tan seductoras como Perú.
Para William Reed, la apuesta es ganadora: una nueva sede, un nuevo contrato multimillonario, un nuevo ciclo de visibilidad y, de paso, volver a asociar la marca 50 Best con la revolución gastronómica más exitosa que ha conocido el mundo (los daneses vinieron después).
Perú, por su parte, vuelve a apostar por la herramienta que mejor resultado le ha dado en los últimos veinte años. Recuperar presencia internacional, volver a instalar el destino en la conversación global y utilizar la gastronomía como punta de lanza de la estrategia de promoción del país. Y cómo no, quizá conseguir que una mujer sea, por primera vez, quién lidere la lista mundial.
Claramente, todos ganan.