El Rioja que se cría en el fondo del mar

Lo antiguo es moderno: vinos de Bodegas Tritium se embotellan en ánforas de barro, envejecen en las profundidades del Mediterráneo y vuelven a tierra más finos, más suaves y más elegantes

Jorge Alacid

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En el mundo del vino, como en la vida, opera a menudo el principio que seguimos para capturar cerezas: una lleva la otra, esta segunda conduce al resto de sus hermanas y… Eureka: de repente, aquel gesto inicial desemboca por una suma de azares en la magia depositada en tantas botellas. Es el caso de Tritium, una referencia de la DOC Rioja que apuesta por devolver al vino el estilo artesano con que seguramente nació en la Antigüedad. Sus responsables añaden a ese espíritu un talante inconformista, innovador. Su sello diferencial se plasma en un catálogo que rinde tributo a la tradición, atributo que convive con una predisposición genuina a experimentar materializada en un hallazgo extraordinario: sumergir sus botellas en el Mediterráneo para darles un nuevo sabor, un nuevo estilo. Una nueva vida: volver al pasado para ser modernos.

 

La primera cereza de esta historia es un turista de origen inglés que recaló un día en la bodega, localizada en Cenicero. Le convencieron los vinos que probó, entabló tertulia con Francisco Rubio y Javier Fernández, los responsables de Tritium, y les puso en contacto con un empresario alfarero llamado Alfonso Soro, convecino en la localidad aragonesa de Fuentes de Ebro.

 

Francisco Rubio de Bodegas Tritium
Francisco Rubio, de Bodegas Tritium.

 

Hubo match. Soro buscaba bodegueros de estirpe audaz, dispuestos a involucrarse en la aventura de criar sus vinos en las ánforas que elabora en su taller, un proyecto entonces poco común que ahora distingue a otras bodegas por toda España. Pero en el año 2018 aquella idea tenía bastante de reto, no apto para pusilánimes. No es el caso de los tres protagonistas de esta historia, que se embarcan en el proyecto, hacen los primeros ensayos, observan sus resultados… y entran en contacto con la tercera pata de este relato, la otra cereza: Javier Belda, un tarraconense que garantiza como Soro una nueva vida para los vinos de aquellos bodegueros que aceptan afrontar el desafío de dejar en sus manos las mejores botellas, transportarlas mar adentro y sumergirlas en el Mediterráneo, frente a la costa catalana. Un proceso que exige un cierto carácter inconformista y mucha paciencia. Los vinos duermen largo tiempo en el fondo del mar, se deben a continuación devolver a la superficie, hacer el viaje de vuelta a la bodega y confiar en que esas singulares condiciones de envejecimiento hagan su trabajo, en beneficio del resultado final. Un resultado “muy positivo”.

 

Son las dos palabras que emplea Francis Rubio para expresar su alto grado de satisfacción con el desenlace de una iniciativa que en su momento tuvo algo de experimental pero que se ha consolidado con el paso del tiempo. Porque fue un proceso largo. En 2019 tuvo las primeras conversaciones con Belda, que aplica en su trabajo un doble mandato: colaborar con una única bodega por denominación y (sobre todo) sentir una afinidad muy especial, que encaje con la personalidad de los bodegueros que va eligiendo.

 

Fue el caso de Tritium, aunque sus pretensiones tuvieron que esperar a que sus respectivos negocios salvaran el trámite de la pandemia, ponerse luego de nuevo en marcha y, finalmente, sumergir el primer envío de vino riojano en el lecho marino. Sus anforitas elaboradas por Alfonso Soro en su taller zaragozano durmieron once meses en el mar, de donde regresaron con sus virtudes perfeccionadas.

 

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La cría submarina comporta salidas en barco para depositar y recoger el vino, y para comprobar su crianza.

 

Vinos, según Rubio, más suaves, más elegantes y más finos, una triple condición que alcanzan cuando vuelven del Mediterráneo envejecidos “en la mitad del tiempo” propio de una crianza convencional. Esos recipientes, botellas a todos los efectos (cuentan con su registro sanitario, por dentro se facturan en vidrio y tienen la capacidad habitual, de 0,75 litros), que suscitan una estupenda acogida entre toda su clientela, aunque alcanzan un grado extraordinario en el caso del consumidor llegado de Estados Unidos. “A los norteamericanos les encantan nuestras ánforas”, dicen en Tritium.

 

A un precio de 250 euros por unidad, quien lo desee puede disfrutar de un tinto donde late el estilo de Rioja de toda la vida, mezcla de tempranillo, garnacha y mazuelo, que es también el sabor propio de su vino franquicia, llamado El Largo. De la primera clase se sumergió en aquella primera expedición un total de 300 botellas; del segundo, 120. Por el camino han quedado otros ensayos igual de exitosos, incluida una experiencia muy feliz con su Esencia Blanca, un vino del linaje de los ‘orange’, que retornó de esa aventura “perfecto”. El proceso, resaltan en Tritium, es “muy complicado”, pero merece la pena.

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Alfarero trabajando en el ánfora que se utilizará para la crianza submarina.

Les ayuda a situar sus vinos en un nicho de mercado donde casi carecen de competencia, les sirve para impulsar su apuesta constante por la innovación y ofrece además a su clientela botellas muy exclusivas, donde convergen varias vertientes, todas de alto interés. Son ejemplos de viticultura muy apegada al terreno, botellas que veneran la tradición en su mejor expresión.

 

Pero son también un ejemplo de cómo ponerse en vanguardia por el paradójico procedimiento de volver a las raíces: como los antiguos romanos que fundaron Tarraco no por casualidad a orillas del Mediterráneo, donde tributa el padre Ebro que baña Cenicero y cruza toda la DOC Rioja, estos vinos operan como un manual de geografía pero también de historia. Dejan que los acune el movimiento de las mareas, toleran con deportividad los efectos de la presión atmosférica que anida en lo profundo del mar y cuando se descorchan… magia. Misión cumplida. Vinos que apuntan a la excelencia y que además, como enfatizan en Tritium, “llaman la atención”.