La cuenta, por favor

Dejo comanda

Hasta hace no mucho era un gesto universal. Tan sencillo como levantar la vista, buscar al camarero y dibujar un garabato en el aire. No hacía falta añadir una palabra, ese movimiento solo podía significar una cosa: «La cuenta, por favor».

 

Hace unos días comprobé que está dejando de ser inteligible. Tres veces tuve que repetirlo hasta que el camarero, un veinteañero de bigote incipiente y nuca rasurada, entendió que solo quería pagar la comida. Hoy se blande el teléfono móvil, convertido en dispositivo para todo, porque damos por hecho que la escena terminará con un golpe de datáfono y un rutinario «¿quieres copia?».

 

Hace décadas que los hosteleros dejaron de anotar en una cuartilla los platos, el vino, el postre o el café. Pero esa rúbrica aérea aún sobrevivía. Un arcaísmo. El eco lejano de aquellas tablillas de arcilla donde los sumerios registraban sus intercambios cotidianos.

 

En los cajones del hotel familiar aún aparecen facturas detalladas con la letra impecable de mi abuelo. Recuerdo también una libretita amarilla donde apuntó, a mano, las instrucciones para manejar la primera máquina registradora que llegó al restaurante, una Gispert que solo él estaba autorizado a manipular. Hoy coge polvo en algún trastero. Aquello fue el principio del fin.

 

La última vez que me presentaron una factura manuscrita la guardé como una reliquia. La caligrafía del tabernero. Los números, que a fuerza de trazarse miles de veces parecían signos cuneiformes. Las manchas de grasa sobre el papel. El bolígrafo que se había quedado sin tinta en mitad de una cifra. Esa cuenta es la prueba arqueológica de que fui atendido por un ser humano.

 

Está claro que el datáfono es más rápido, más cómodo y seguramente evita unos cuantos errores. Lo que me produce cierta melancolía es comprobar cómo desaparecen las pequeñas huellas de puño y letra que dejamos a nuestro paso.

 

Un lenguaje no muere de un día para otro, se va apagando cuando deja de ser de uso común. Sospecho que dentro de unos años nadie entenderá lo que significa dibujar un garabato en el aire.

NOTICIAS RELACIONADAS