A Marcelino, un pescadero de bien

Hoy quiero rendir homenaje a Marcelino Carro, presidente honorífico de FEDEPESCA, la Federación de Pescaderías Españolas, y de ADEPESCA, la organización de la Comunidad de Madrid, fallecido recientemente.

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Marcelino Carro.

Marcelino era un hombre de bien. Una persona íntegra y cabal, curtida en una España difícil, que entendió que el esfuerzo, la dignidad y la bondad debían guiar una vida entonces nada sencilla. Ese es también el espíritu de los pescaderos: personas que desempeñan un oficio aparentemente humilde, pero lleno de grandeza y compromiso, fruto de valores heredados que aún practican.

 

Buena parte de los comerciantes de pescado de Madrid proceden de la Maragatería, las tierras de Astorga, a los pies del Teleno. Antes del ferrocarril, el transporte de productos, bienes y valores entre el norte y noroeste de España y la capital fue realizado en gran medida por arrieros maragatos. A lomos de caballos y mulas, dejaron constancia de su seriedad, eficacia y fiel cumplimiento de los acuerdos.

 

La llegada del ferrocarril supuso una competencia imposible de superar para la arriería, por su mayor capacidad, rapidez y menores costes. Pero los maragatos supieron reinventarse. Durante generaciones habían transportado pescado procedente de Galicia y de las provincias del norte, y muchos de ellos aprovecharon ese conocimiento del producto y su conservación para instalarse como pescaderos.

 

Se establecieron en mercados, puestos al aire libre y comercios. Hicieron posible que el pescado llegara en buenas condiciones, madrugando para recoger, transportar, limpiar y conservar la mercancía antes de pasar largas horas tras el mostrador. Trabajaban en contacto permanente con el frío y el hielo, sin los actuales medios de protección, durante jornadas interminables y prácticamente todos los días del año.

 

Así se forjó el carácter de un gremio al que ya precedía la fama de seriedad de los arrieros maragatos, cuya palabra en los negocios era ley. Durante años, los pescaderos ahorraban para traer a Madrid a sus familiares. Muchos llegaban siendo niños, comenzaban como aprendices, después se convertían en dependientes y, con el tiempo, continuaban en el negocio familiar o abrían su propio establecimiento.

 

Marcelino fue pescadero, primo, cuñado y padre de pescaderos. El apellido Carro, maragato, es recurrente en el gremio madrileño. Corría por sus venas esa tradición de esfuerzo, seriedad y trabajo duro. Fue ejemplo de quienes conocieron una vida difícil, incluso de penurias, pero sabían que solo con honestidad y trabajo podían cumplir sus sueños, formar una familia y vivir dignamente.

 

Desde el principio de su trayectoria profesional, Marcelino comprendió que era necesario asociarse y defender juntos el oficio. Siempre formó parte del gremio. En 1994 entró en la Junta Directiva y en 1997 fue nombrado presidente. Entonces la organización era numerosa y participativa. Las asambleas reunían a más de cien personas que seguían de cerca la actividad asociativa y defendían los intereses del sector en un momento de profundos cambios.

 

Marcelino era un hombre elegante, tanto en su presencia como en su manera de conducirse por la vida. Templado, coherente, honesto y leal. Asumió la presidencia entendiendo que era una labor de equipo, con su junta, con el personal de la asociación y, especialmente, conmigo y con mi querido Luis Bustos Pueche.

 

En 1996 fui nombrada adjunta al nuevo director gerente, en un momento de importantes cambios internos y grandes retos de adaptación a las transformaciones sociales, la internacionalización y el avance del marketing. Yo era entonces una joven con poca experiencia, aunque procedía de una familia marcada por los mismos valores de esfuerzo, empeño y sentido del deber.

 

El apoyo incondicional de Marcelino y Luis Bustos, su confianza, su escucha y su respaldo contribuyeron decisivamente a convertirme en la profesional que hoy soy. También me ayudaron a crecer personalmente. Esa confianza me permitió explorar, dar lo mejor de mí, ser más valiente y decidida, y defender este gremio como una parte esencial de mi vida.

 

En diez años jamás hubo un desencuentro ni egos absurdos. Solo existió el propósito de hacer lo mejor por un colectivo abnegado, sacrificado y trabajador, que ha contribuido a construir nuestro país y a consolidar una sociedad mejor. A veces España tiene una memoria frágil y olvida a quienes, con su esfuerzo, hicieron posible el bienestar y los avances de los que hoy disfrutamos. No podemos dejarlos atrás.

 

La gran distribución y los supermercados comenzaban entonces a ganar terreno. Defender el comercio especializado y lograr una Ley de Comercio que estableciera reglas justas para todos los operadores fue un desafío enorme. También se luchó por demorar la plena libertad de horarios comerciales. Fueron años de mucho trabajo por el bien común, no solo del sector pesquero, sino también del comercio independiente. Marcelino creyó siempre, en todo momento, con firmeza, en la fuerza del asociacionismo y apoyó incluso un cierre patronal cuando consideró que era necesario.

 

Durante su mandato se dieron pasos importantes para avanzar en el reconocimiento nacional del sector y fortalecer los lazos con el resto de los operadores de la cadena pesquera y acuícola. Se buscó la promoción conjunta de nuestros productos y se impulsaron reivindicaciones que entonces parecían muy ambiciosas, como la eliminación del IVA del pescado.

 

Trabajó para lograr una mayor flexibilidad horaria en el mercado central de pescados y para evitar que los minoristas accedieran a la mercancía después de las grandes empresas. También buscó mejorar las condiciones de pago, en una época en la que existía una relación de exclusividad con una entidad financiera.

 

En aquellos años, las pescaderías se dedicaban casi exclusivamente a la venta de productos frescos y congelados, sin apenas transformación. Desde las asociaciones creamos el Departamento de Seguridad Alimentaria y elaboramos, junto con la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, la primera Guía de Buenas Prácticas de Higiene del sector. También celebramos a lo grande, con una actividad mensual, el centenario de la Asociación de Madrid, fundada en 1903 por un pescadero maragato.

 

Durante diez años asumimos cada vez más exigencias en todos los ámbitos. A los servicios fiscales y laborales se sumaron los departamentos de seguridad alimentaria, sostenibilidad, prevención de riesgos laborales, comunicación y marketing, además del desarrollo de la formación.

 

Todos los esfuerzos eran pocos para ayudar a un colectivo de personas muy trabajadoras, que apenas disponían de tiempo para atender las nuevas obligaciones. Desde las asociaciones intentábamos hacerles las cosas lo más sencillas posible. La comercialización del pescado, las condiciones del minorista, el transporte de productos congelados, los horarios, las alarmas mediáticas, las noticias falsas, las nuevas exigencias en información al consumidor final, la entrada en vigor del euro, el temido Efecto 2.000, y muchos otros asuntos fueron objeto permanente de atención y desvelo.

 

Hoy, el gremio se ha modernizado, especialmente en sus equipamientos, cámaras, balanzas y sistemas de gestión. Utilizamos aplicaciones para el control financiero y el pago a proveedores, y la digitalización ha avanzado de manera notable. También se han modificado las normas para que las pescaderías puedan realizar elaboraciones artesanales en el punto de venta y ofrecer soluciones listas para el consumidor.

 

Cada vez existen más obradores y avanza el concepto de pescadería gastronómica. Platos preparados, productos de quinta gama, sushi, catas, eventos y servicios de catering forman ya parte de la oferta. Han mejorado también la ropa de trabajo, los equipos de protección, las furgonetas y los medios de conservación. Los pedidos por WhatsApp, las páginas web, el reparto a domicilio, las redes sociales y el marketing digital son hoy herramientas habituales.

 

Pero hay cosas que no han cambiado. El abastecimiento diario y nocturno, la selección personal del producto, el mostrador de frescos variado según la temporada, la apuesta por la producción nacional y europea, la maestría en el corte y la presentación, la cercanía, la calidad y el contacto humano siguen siendo la esencia de la pescadería tradicional. Ojalá nunca cambien.

 

Siempre admiré a Marcelino. Fue un buen hombre, un buen marido, un gran padre y un excelente amigo. Sereno, trabajador y comprometido. Leal, íntegro y hombre de palabra. Perderlo me ha hecho recordar tantos retos y tanta lucha compartida por defender a un sector y a un comercio especializado todavía insuficientemente reconocidos.

 

Las pescaderías representan el esfuerzo, la proximidad, la vida de nuestros barrios y la creación de redes sociales reales. Acercan a los consumidores lo mejor del mar y de los ríos, y protegen nuestra dieta marinera, nuestra gastronomía y nuestra memoria culinaria en los hogares.

 

Hemos luchado mucho y bien juntos, Marcelino. Tal vez, en estos últimos tiempos, cuando la lucha continúa y es más difícil que nunca, debería haberte recordado una vez más lo importante que fuiste para mí.

 

En los últimos años, la enfermedad fue arrebatándole parte de su lucidez. Isabel, su mujer, me contaba que se levantaba de madrugada porque creía que tenía que ir al mercado central de pescados. Los pescaderos siempre han vivido con el temor de no llegar a tiempo para conseguir lo mejor del mar.

 

Marcelino inició el viaje sin maletas a las cuatro de la madrugada. Seguro que necesitaba llegar puntual para seguir cumpliendo con su deber y hacer las cosas bien.

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