Mi familia y yo íbamos a un funeral, pero se avecinaba el 16 de julio y nos encontramos la parroquia tomada por la hermandad de la Virgen del Carmen, que ese día celebraba la presentación de los nuevos miembros. Constituía el grupo de aspirantes una chiquillería entre los tres meses y la preadolescencia, que hacía por portarse bien y estar a la altura del momento. Los varones iban, igual que sus padres, vestidos de marengos, con camisas blancas, pantalones negros sobre el tobillo, fajines rojos y alpargatas. Un atavío improvisado con lo que cada madre había podido encontrar por ahí. Ya no quedan artesanos alpargateros. A saber si en medio siglo quedarán pescadores.
El barrio donde me crie fue marinero en una vida anterior. Todavía presume de tener una de las carpinterías de ribera más antiguas del Mediterráneo, cuya historia se pierde en la noche de los tiempos, y cuyo propietario se ha partido la cara para impedir que la especulación urbana y la ceguera institucional lo barrieran del mapa. Hoy, con el astillero declarado Bien de Interés Cultural, sigue haciendo las mejores barcas de jábega, ya no para echar el copo, sino para regatas. El Nereo es también es el lugar de reunión y memoria de los pescadores antiguos cuyos nietos y bisnietos abarrotaban la parroquia de Pedregalejo.
Mi padre aún reconocía en algunos chavalillos los rasgos de sus mayores: delgados y fibrosos, con la piel morena y el pelo quemado, más por el paddle surf y las horas de juego en la orilla que por la traíña. La playa de hoy nada tiene que ver con la de la década de 1950. Ni siquiera con la de mis primeros años. Entonces, las hoy cotizadas casitas de pescadores carecían de todo. Las cosas cambiaron en 1983, cuando se inauguró el paseo marítimo. Muchas mujeres agrandaron la ventana de la cocina, pusieron unas cuantas mesas y sillas fuera y empezaron a freír el pescado que sus hombres traían. Aquellos improvisados merenderos transformaron la economía del núcleo de pescadores y permitieron mejorar las casas. Muchas de ellas tienen, gracias a eso, una forma característica de seta, con una planta superior recrecida con respecto a la planta baja. Cuando los hijos se iban independizando, las habitaciones libres se alquilaban a estudiantes de español.
No todos los barrios de pescadores tuvieron la suerte de este. Hubo otros, empezando por también malagueño Perchel, (tres milenios dedicados a la captura y salazón de pescado) que sucumbieron a los movimientos especulativos desde 1960 en adelante. Para acelerar su despoblación, se difundían historias de droga y delincuencia, lumpen y peligrosidad. Recuerdo escuchar de niña que ni los taxistas, ni siquiera la policía, se aventuraban a entrar en El Bulto, primera línea de playa de El Perchel. Sería porque no les gustaba el olor a pescado. Los últimos habitantes de El Bulto fueron expulsados en el albor del siglo XXI. Me tocó cubrir como periodista algunos de los desalojos, y volví para sentarme a escuchar a las vecinas que resistieron hasta el final. Me enseñaron a hacer anchoas, me hablaron de naufragios, de resistencia y de solidaridad, me contaron la importancia de la batata como recurso cuando la mar se ponía imposible.
La pesca artesana —y la pescadería, oficio emparentado que muchas veces desempeñaban miembros de una misma familia— están en franco retroceso. Entre 2000 y 2025, la flota artesanal del litoral español ha perdido la mitad de sus barcos, y en solo una década ha echado la persiana la tercera parte de las pescaderías familiares. En la playa de Pedregalejo, donde antes se alineaban uno tras otro sitios para comer pescaíto, hoy la proporción es de un local de pescado por cada cinco de café y copas, boles de poké, pizzas y hamburguesas. Tal vez las cosas tengan que ser así. También hay menos pescado. Solo en Andalucía, según datos del Sistema de Información Andaluz de Producción Pesquera, las capturas se han visto reducidas en un 25% en la última década. Los jóvenes no encuentran alicientes en el oficio de la pesca, los costes aumentan y la sobreexplotación de los caladeros merma la generosidad de la mar.
En la última edición del Encuentro de los Mares, celebrado en Tenerife, Mª Luisa Álvarez Blanco, directora general de la federación nacional de detallistas de pescadería (FEDEPESCA), pintaba con una elocuencia memorable la situación del gremio: Entre 2010 y 2025, España ha pasado de 15.000 a 10.000 pescaderías detallistas. Un oficio penalizado por la falta de consideración social y de formación especializada (inexplicablemente, comentaba Álvarez Blanco, no existe un FP de Pescadería); por un IVA del 10%, superior al de la leche o el queso (4%), y sobre todo, por la dedicación a un producto cada vez más ignorado por el consumidor. En España gastamos al año una media de 200 euros por habitante en pescado (incluyendo conservas) frente a 352 euros en carne. La oferta del mercado nacional abarca alrededor de un millar de especies, explicaba la representante de FEDEPESCA, pero los consumidores solo tenemos ojos para ocho: merluza, salmón, sardina, boquerón, bacalao, atún, dorada y lubina. De ellos, únicamente sardina y boquerón proceden de la pesca de bajura.
El mundo de la pesca artesanal en España tiene en contra muchas cosas, pero tiene a su favor una fuerte y enraizada identidad cultural. Por más que su vida sea dura, o precisamente por eso, los pescadores y sus familias sienten que pertenecen a un mundo único, con una cultura propia que incluye una de las cocinas más ricas de cuantas alberga la región mediterránea. Muchas de las familias de la Hermandad del Carmen de Pedregalejo ya no se dedican a la pesca, pero siguen vertebradas por la memoria de sus ascendientes. Continúan repitiendo con emoción sus historias, conservan una barquita, y casi todos los niños y niñas conocen el sabor de los platos que sus mayores comían. Multipliquemos ese patrimonio por 7.900 kilómetros de costa.
Existe una posibilidad de impedir que la pesca y su cultura se pierdan. Pasa por otorgarle valor. Por la obligatoriedad de mostrar al comprador un etiquetado que le permita reconocer cuándo está comprando y pagando producto recién salido del mar, capturado cerca de su casa por gente que siente el medio como algo suyo y lo cuida. Pasa por terminar de desarrollar las leyes y normativas del turismo marinero y del pescaturismo. Pasa por impulsar el consumo de pescado fresco, por explicar las cualidades nutricionales de una caballa frente a un lomo de salmón y enseñar modos de cocinar y aprovechar íntegramente los pescados. Pasa por impulsar y dar valor a la formación en pescadería, y por apoyar a las pescaderías de toda la vida para que den el salto al siglo XXI (compra online, delivery, elaboración y venta de charcutería marina y productos elaborados, zonas de degustación en la propia tienda).
De otro modo, por más que quienes descienden de pescadores continúen celebrando la Virgen del Carmen, cada vez les resultará más difícil no ya encontrar atuendos convincentes para vestirse de marengos, sino directamente saber qué significa serlo.