¿Quién pone el precio de los vinos?

En un año de quiebras de bodegas y persianas bajadas en restaurantes, la carta de vinos se ha vuelto un campo de batalla. Nos preguntamos quién pone el precio de una botella, quién lo paga y quién se queda con la diferencia

Mariana Gianella

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Una botella sale de la bodega a 25.000 pesos. Llega a la mesa a 180.000. En el medio no hubo magia, ni cosecha extraordinaria, ni un año más de barrica: hubo un viaje de algunos kilómetros, una heladera y un sacacorchos. Y, muchas veces, más de seis meses de espera para que el productor cobre. Ese número no es la excepción de un restaurante codicioso, es mas bien la foto de un mercado que perdió la brújula por completo. Las bodegas bajan precios para sostener la caja, los restaurantes suben márgenes para sostener el alquiler, y el consumidor, en la punta de la cadena, mira la carta con la sensación de que alguien lo está tomando por boludo. Lo curioso es que casi todos los que participan de esa cadena sienten exactamente lo mismo. ¿Cómo se arma realmente el precio de los vinos?

Un precio de subsistencia

El valor de una botella no es solo lo que cuesta llenarla. Arrastra el viñedo, la cosecha, la elaboración, el vidrio, el corcho, la etiqueta, la logística, los sueldos y los impuestos. Por eso, cuando en el último año aparecieron vinos premium de grandes bodegas a precios accesibles, la conclusión fácil de «estaban inflados» no alcanza para explicar el fenómeno.

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Botellas en la fase de crianza en una bodega.

Esa baja en los precios huele más a precio de subsistencia que a otra cosa. Con un mercado interno que mengua, las grandes salen a pelear una torta cada vez más chica con lo que tienen a mano: volumen, escala y espalda financiera para resignar margen hasta que pase la tormenta. El precio responde menos al valor del vino que a la necesidad de liquidez. Y Los números acompañan. Según el INV, el consumo per cápita cerró 2025 en 16,1 litros por habitante, contra unos 26 litros de hace quince años. En febrero de 2026, los despachos al mercado interno cayeron un 5,5% interanual, y los varietales —donde se juega el vino de mayor valor— bajaron un 10,2%.

 

Resignar margen es un lujo de las grandes. Una bodega chica necesita liquidez para embotellar y pagar sueldos, y rara vez tiene espalda para aguantar meses así. Aunque la crisis tampoco perdona tamaños, Norton, una de las bodegas históricas del país, se presentó en concurso preventivo en octubre de 2025, con más de 450 acreedores notificados y un pasivo que superaba los 64.000 millones de pesos. Los tiempos con estas características suelen terminar igual: desaparecen los proyectos pequeños y el mercado se concentra. Y una industria que se hizo fuerte por sus matices y por la multiplicidad de miradas, pierde justamente lo que la hacía interesante.

Precios desfasados

Hay un dato que desconcierta un poco. Si sos un productor pequeño en Argentina, tu vino puede costar en Europa lo mismo que en tu propio país. La dispersión de precios y de costos es enorme, y tiene una lógica que pocas veces se explica. Un productor con diez hectáreas, viñedo y bodega propios y 25 años de actividad lo resume de esta manera: «A un importador internacional no le podés aumentar los precios, es una ley el comercio exterior. Pero en contexto de inflación, las bodegas terminábamos trasladando esos costos al mercado interno». Durante años, el consumidor local funcionó como amortiguador, absorbía los aumentos que afuera no se podían trasladar. Pero sobre todo generaba una dinámica de stockeo para pelearle a la inflación.

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Servicio de vino. Foto Caroline Attwood.

Esa ecuación se rompió cuando los bolsillos dejaron de dar y hoy esa dinámica se reduce a compras magras de a dos cajas. Tres años de ingresos flacos convirtieron al mercado interno en un lugar que ya no puede pagar la diferencia, y de ahí la sensación de estrangulamiento que se respira en el sector. Afuera tampoco sobra aire: entre enero y agosto de 2025, las exportaciones cayeron 8,4%. No hay respuesta exacta. Sin embargo a veces ayuda ver la radiografía del problema, para ver dónde está el pus.

El restaurante, amor y odio

En el restaurante, el consumidor puede encontrar un vino a tres veces el precio que le parece razonable en el supermercado. Un productor opina: «En el último año las bodegas no solo no aumentamos los precios, sino que los bajamos. Y cuando vas al restaurante, ahí el vino no solo no baja, sino que aumenta».

 

La gastronomía tiene sus propias heridas. En marzo cerró Sucre, el restaurante de Fernando Trocca en Belgrano, después de 23 años. Un año antes, Franca y Sál, ambos recomendados por la Guía Michelin, bajaron las persianas por razones económicas. Y según la Cámara Argentina de Comercio, la vacancia comercial en las principales arterias porteñas creció 43,4% solo en el primer bimestre de 2026. En ese contexto, es posible que muchos restaurantes vuelvan a una vieja costumbre: cargar en el vino lo que no cierra en el resto. No es exclusivo del vino; una parrilla de alto nivel que no remarca la botella, remarca el chorizo. Es la ley del mercado. El problema es que hoy esa lógica empuja a la gente a alejarse del vino y, peor, a enojarse con productores que no tienen ninguna potestad sobre el precio de la carta.

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Botellas en un local de restauración. Foto Gabriella Clare.

Y hay algo que no es novedad pero sigue pesando: el restaurante que compra una botella a 25.000 y la vende a 180.000 muchas veces tarda más de seis meses en pagarle a la bodega. Para un productor chico, ese plazo no es un detalle contable. Puede ser la diferencia entre embotellar la próxima añada o no. No hay buenos y malos en esta película. Hay un mercado disperso y desfasado, y mucha gente intentando sobrevivir a través del vino.

La carta, última trinchera

En ese paisaje, armar una carta federal y heterogénea con productores chicos se volvió casi un acto revolucionario. Sobre todo en los lugares que no tienen el público garantizado por una estrella Michelin o un puesto en los 50 Best: chefs y empresarios que contratan sommeliers y les dan libertad para contar lo que pasa en la viticultura argentina, en lugar de ceder a la tentación de ordenar la carta a partir de acuerdos con las grandes bodegas.

 

Esos acuerdos son comprensibles en un año en que cada punto de margen cuenta. Pero hacen la competencia prácticamente imposible para los chicos. Por eso la pelea por un lugar en la carta es tan agresiva: ahí se juega, para muchos, un margen de subsistencia. Una botella en una buena carta es visibilidad, rotación y, con suerte, cobro. La pregunta que circula entre sommeliers -¿por qué las grandes cartas tienen solo vinos caros, si hay vinos increíbles de quince mil pesos?- no tiene una respuesta simple. ¿Esos vinos existen porque la industria conquistó un segmento de buena calidad a precio razonable, o porque remarcar hacia abajo es la única forma de seguir vendiendo? Probablemente, las dos cosas a la vez.

¿Quién trata de boludo a quién?

La comunicación tampoco sale indemne. Es difícil contar lo que le pasa a la gente y lo que le pasa a las bodegas sin caer en una contradicción. La gente está harta de que la traten de boluda. Las bodegas también. ¿Pero quién trata de boludo a quién?

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Camarera terminando de poner las mesas para dar el servicio en un restaurante. Foto Louis Hansel.

Quizás la pregunta sirva menos para buscar culpables que para mirar el conjunto. El vino es un espejo de lo que pasa en una sociedad y en su economía; los consumos reflejan las coincidencias de un país, pero también sus brechas. Que haya vinos caros y vinos baratos no es en sí un problema. Es la traducción, en una carta, de un país que viene erosionando la capacidad de compra de los que menos tienen mientras sostiene un mercado de lujo para una minoría. Los datos lo confirman: el consumo se corre hacia los vinos de menor valor agregado.

 

Tal vez la mejor estrategia no sea pedir que dejen de existir los vinos caros, sino que la cadena recupere un grado de racionalidad: precios que se puedan explicar, pagos que lleguen a tiempo, cartas que no se armen solo con quien puede financiarlas. Porque el otro camino ya está a la vista, y se parece demasiado a un sálvese quien pueda. ¿Podemos discutir en serio cuánto vale hoy un vino, quién pone ese precio y quién lo paga? ¿Y cuánto tiempo puede sostenerse una industria cuyos precios ya no están anclados en la realidad?