Las canas de Enrique Tirado hablan del paso del tiempo con la misma naturalidad con que las décadas de trabajo sobre el viñedo han convertido Don Melchor en un clásico del vino chileno. Más que una etiqueta de prestigio, el vino parece haberse transformado también en una extensión de su mismo carácter: sobrio, elegante, consistente; cada año más complejo y a la vez más cercano.

Enrique (de los dos gemelos enólogos chilenos, el que siempre está perfectamente peinado), lleva más de tres décadas caminando el mismo viñedo. Como director técnico y CEO del gran Cabernet Sauvignon Don Melchor conoce cada piedra, cada variación de suelo de las terrazas aluviales de Puente Alto, a los pies de la cordillera de los Andes. Allí, donde las gravas andinas obligan a las raíces a profundizar y los vientos fríos bajan cada tarde desde la montaña.
Sentados en la renovada sala de cata de la casona donde alguna vez vivió el mismo Don Melchor de Concha y Toro, los televisores de plasma a nuestro alrededor cuentan la historia detrás del vino en su honor. Las imágenes nos devuelven al viñedo en Puente Alto que acabamos de recorrer. Enrique, quien nos ha guiado hasta aquí, es el protagonista también en la pantalla.
Le pregunto cuántas veces ha visto este video de impecable edición y fotografía. Se toma unos segundos antes de responder: “Lo he visto mil veces y todavía me emociona”.
Su respuesta no parece la de alguien que ya alcanzó la cima. Lo hizo en 2024, cuando Don Melchor 2021 fue elegido vino número uno del mundo por ‘Wine Spectator’, un reconocimiento que coronó una trayectoria iniciada con la cosecha 1987 y que dio otro empujón más para mantener al Valle del Maipo entre los grandes orígenes de cabernet sauvignon del mundo.

Tirado llegó a Concha y Toro en 1993, era su primer trabajo después de la universidad. Poco después lo incorporan al equipo de Don Melchor y desde entonces, como pocos en Chile, ha dedicado gran parte de su vida profesional a comprender un único viñedo. Al escucharlo, la sensación es que sigue tan interesado en mejorar la próxima cosecha como en la historia que sigue construyendo cada día con su equipo.
—¿Cuándo decidiste que querías dedicarte al vino?
—Me atrajo la idea de hacer vinos desde muy joven. Pero fue a mitad de mi carrera de Agronomía en la Universidad Católica cuando descubrí el vino de una manera más profunda. Entendí que no era solo viticultura o enología; también había un componente artístico, una mezcla entre ciencia, naturaleza, sensibilidad y creación.
—Tu hermano gemelo, Rafael, hacedor de grandes sauvignon blanc de montaña, también es enólogo. Recuerdo que uno de ustedes se decidió primero por la carrera. ¿Quién fue?
—Yo comencé primero en la enología, por un año o quizás un poco menos. Pero al final parece que estaba escrito que ambos nos dedicaríamos a lo mismo. El vino terminó siendo un camino compartido.
—Has dedicado gran parte de tu carrera al cabernet sauvignon de Puente Alto. Has de ser quien más sabe sobre la cepa en Maipo Andes. ¿Qué tiene para ti de especial?
—Lo extraordinario de este terroir andino es que permite crear vinos que combinan muy bien dos fuerzas que no siempre aparecen juntas: energía y fineza, en un equilibrio muy natural. Son vinos profundos, expresivos y llenos de vida, pero al mismo tiempo muy elegantes y complejos en sus aromas, sabores y texturas.

—Durante la visita al viñedo nos hablaste varias veces de la importancia del suelo y la cordillera.
—El clima en Puente Alto está marcado por la cordillera, y el suelo también. Es muy importante entender el suelo, cómo funciona, cómo trabaja, cómo crece la planta, cómo interactúa con el clima, para poder manejar todo esto y sacar la expresión más pura de este lugar.
[En los últimos años, Tirado ha profundizado en la idea de un viñedo más equilibrado y resiliente frente al cambio climático. Eso incluye biodiversidad, coberturas vegetales, manejo del agua y una selección masal permanente dentro del propio viñedo.]
—Mientras gran parte de la viticultura en Chile y el mundo avanzó hacia selecciones clonales, limpias de virus, para Don Melchor mantuvieron la selección masal con plantas prefiloxéricas. ¿Por qué?
—Siempre encontré que lo masal, que selecciona entre las mejores plantas del viñedo, tiene una riqueza distinta. Tiene una biodiversidad muy importante y también hay un tema histórico de darle valor a algo que lleva tantos años. Cómo rescatar ese tesoro, mantenerlo y darle el valor que tiene. El material clonal nuevo tiende a ser un poco más vertical en su expresión. Entiendo a alguien que quiera plantar clonal. Tienen objetivos distintos. A mí me gusta haber sido fiel al cabernet masal y seguir con el viñedo a pie franco; sin injerto.
—Después de tantos años trabajando el mismo viñedo sigues desarrollando proyectos experimentales. ¿Qué buscas?
—Yo seguía pensando y cuestionándome cuál era la mejor arquitectura del viñedo. Y pensando también en el futuro: en diez años, en veinte años, en treinta años… Por eso plantamos el viñedo solar (imagen arriba). Hoy tenemos una información muy valiosa en 360 grados: de temperatura, composición de racimos, sabores, aromas, texturas y manejo del agua. Hoy conocemos dónde hay más fruta roja, dónde es más floral, dónde hay más especias. Los datos se analizan junto al centro de investigación Concha y Toro en Talca. Creo que esto va a ser la revolución de la viticultura y de la enología. La historia del Cabernet Don Melchor comenzó cuando el equipo de Concha y Toro viajó a Burdeos para reunirse con Émile Peynaud y Jacques Boissenot. El vínculo continúa hasta hoy con Eric Boissenot, quien participa en las mezclas finales del vino.
—Has dividido el viñedo de Don Melchor en 151 parcelas y llevas 240 componentes hasta Francia cada año. ¿Cómo construyes la mezcla final?
—Estamos una semana, de nueve de la mañana a seis de la tarde, probando todas las parcelas y haciendo el blend final. Requiere concentración. Por eso prefiero ir a Burdeos. En el laboratorio de Eric, logro desconectar. Es una semana de crear arte. Son pequeños detalles que uno puede ver o no ver y después te van a salir en la botella. De todos los componentes, aproximadamente entre un 60% y 70% entran en la selección final. Lo que buscamos siempre es energía y fineza.

—En 2019 nació Viña Don Melchor como una unidad independiente dentro de Concha y Toro. Con esta nueva estructura, en 2022 apareció DM Serie Las Parcelas, una colección que muestra la expresión individual de sectores específicos del viñedo. Con tres veces menos precio que Don Melchor, ya tiene coleccionistas en Brasil. Acaban de convertir a la línea Amelia, nacida en Limarí, en otra viña independiente. ¿Qué cambia?
—A nivel técnico no cambia mucho, porque yo ya estaba en la dirección técnica de Don Melchor. Pero a nivel comercial y comunicacional es muy distinto. Antes entraba en las degustaciones como el vino top de Concha y Toro. Hoy día es el vino de Viña Don Melchor. Los clientes y los consumidores finales lo perciben. Era algo que veníamos buscando hace muchos años.
—¿Qué significó para ti que Don Melchor fuera elegido el vino número uno del mundo con su cosecha 2021?
—Fue muy importante para Chile. Por eso cuando recibí el premio en Nueva York en 2025 me puse la bandera chilena. Ver un vino chileno en primer lugar es muy importante. Para Chile es muy importante. Es cierto que Concha y Toro es una viña grande, pero una viña grande capaz de posicionar un vino número uno del mundo requiere mucha dedicación, mucho trabajo, mucha pasión y tener muy claro el objetivo.

—’Wine Spectator’ premia calidad más un factor X. ¿Cuál crees que fue el vuestro?
—Si tuviera que elegir un solo factor X, diría que ha sido nuestra capacidad de integrar historia y modernidad. Desde el comienzo, Don Melchor tuvo una convicción muy clara: demostrar que Chile podía producir vinos de clase mundial. Hay un terroir extraordinario en Puente Alto, pero también hay más de tres décadas observando, aprendiendo y entendiendo cada vez mejor el viñedo. Y hay algo muy importante: la consistencia. Los grandes vinos no se construyen en una sola cosecha; se construyen manteniendo una identidad y una calidad a través del tiempo. Creo que ‘Wine Spectator’ reconoció esa búsqueda permanente.
[Tirado está convencido de que Chile hoy hace mejores vinos que hace veinte o treinta años precisamente porque existe una comprensión mucho más profunda de sus lugares.]
—Después de todo lo logrado, ¿Cuál es el desafío ahora?
—Repetirlo. En el equipo tratamos de levantarnos todos los días con esas ganas, esas energías, de hacer ojalá el mejor vino del mundo. Si después lo logramos o no, ya es parte del trabajo. Buscamos un vino con frescura y energía, pero con delicadeza y fineza, porque tomar vino tiene que ser una experiencia de placer… Una vez en Brasil, y esto nunca me olvido, estaba presentando el vino y no lograba hablar, decía con licencia, con licencia… Cuando bajaron el volumen, una señora se levantó con la copa y me dijo: “Enrique, disculpa, es que Don Melchor produce alegría”. Para nosotros es esto. Es lo que queremos hacer: producir alegría.

