Muchas, demasiadas veces, quienes viajan en avión pasan más tiempo haciendo ídem en la terminal aeroportuaria que volando. Desesperantes esperas en las que hay que intentar entretenerse de alguna forma, y comer o beber algo viene ser la mejor forma de hacerlo… Aunque los precios no sean precisamente amables, ya que hablamos de un público cautivo, y la calidad, generalmente, resulta más que discutible.
Hasta ahora, en la Terminal 4 del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, el de mayor tránsito de España, uno de los más frecuentados de Europa y enclave fundamental para las conexiones entre el Viejo Continente y América Latina, entre clones internacionales y fast food, apenas si se podía contar con una honrosa excepción, el Hungry Club de ese genio llamado Dabiz Muñoz, consistente en una desenfadada propuesta urbana y callejera a su manera, con sándwiches, pizzas, perritos y, por supuesto, unos cuantos toques asiáticos, como por ejemplo ramen.

Para solaz y alborozo de los gourmets viajeros, al Hungry Club se acaban de sumar dos notables propuestas avaladas por una larga trayectoria en la capital, la muy castiza La Taberna de La Ancha y el japonés con toques de mestizaje Kabuki.

El local de la familia Redruello apuesta por recrear los platos que han forjado su centenaria historia: tortilla de patatas bien jugosa, acompañada por callos, migas o ensaladilla; el mítico escalope Armando o ese bocata de oreja que cuenta con auténticos adictos. Como no hay salida de humos, todo proviene de una nave de producción y se regenera al momento, con resultados sobresalientes en el caso de las tortillas, lo callos o la oreja y a falta de pulir algún que otro detallito en el escalope, porque, obviamente, una fritura recién hecha no tiene parangón.

En el caso de Kabuki, es una franquicia del grupo del que se desligó el chef e ideólogo del mismo, Ricardo Sanz, en 2021 para centrarse en el Ricardo Sanz Wellington que, lamentablemente, echó el cierre hace unas semanas. La combinación de técnicas japonesas con ingredientes mediterráneos, bautizada como japocañí, que desarrolló Sanz y que ha sido remedada hasta el infinito y más allá que diría Buzz Lightyear, es la base de la propuesta, que juega con la baza de la celeridad, cosa harto importante en un aeropuerto, porque en 20 minutos se puede comer un surtido de nigiris, gunkans o futomakis recién hechos. ¿Algunos ejemplos? Nigiri de cigala con panceta, nigiri de taco pastor o nigiri de lomo de vaca con un chorrito de wkisky japonés. De momento, la materia prima está por encima de un arroz demasiado entero, factor a revisar y corregir. Más que aceptable oferta de vinos y sakes por copas.

Acabamos de decir que el Kabuki de la T4 es una franquicia. ¿Y quién se ha hecho cargo de ella? Pues Areas, la marca que gestiona la mayor parte de la restauración de la terminal. Además de las dos joyas de la corona citadas (Muñoz es independiente), oferta un puesto de fideos japoneses (Udon), una cervecería (La Barra de La Bientirada), un restaurante de cocina a la brasa (Pura Brasa) y una tienda gourmet (Sibarium). Y también una serie de propuestas fast y trash de corte tano nacional como multinacional que no viene al caso ni siquiera citar. Pero que tienen su público, porque en el aeropuerto, como en botica, tiene que haber de todo.
