Según confirman varios estudios realizados en Estados Unidos, una parte de los comensales ha dejado de buscar novedades y tratan de encontrar establecimientos donde les conozcan y les traten bien, donde puedan sentirse clientes habituales, ‘regulars’ del local, donde puedan conocer a otros clientes y al cruzar la puerta marchen el desayuno que les gusta, donde puedan probar nuevos platos sin perder ese espacio de seguridad y se puedan sentir parte de una comunidad (¿se acuerdan de ‘Cheers’?). Abandonan el «ya estuve» —ya hice ‘check’, ya lo subí a mis redes— y abrazan el «siempre voy».
A finales de los años ochenta, el sociólogo Ray Oldenburg acuñó el concepto y subrayó la importancia social del ‘tercer lugar’, ese espacio que no es la casa ni el trabajo donde nos encontramos con la misma gente —lo que los bares han sido para muchos de nosotros— donde se fomenta la conversación y se crea comunidad. La socióloga francesa Monique Dagnaud ha añadido un punto más en relación con la generación más joven. Asegura que está sometida a tantos cambios que necesita y busca «puntos de estabilidad», en este caso en bares y restaurantes habituales.
El estudio denominado The Regulars Report, de este mismo año, afirma que el 62% de los clientes estadounidenses encuestados tiene una lista de no más de tres restaurantes donde se siente «en casa» y en los que repite para evitar «la fatiga de elegir». No se crean que nosotros, gourmands y sapiens tecnologizados sufrimos un único cansancio de este tipo, sino al menos cuatro. La fatiga de elección —demasiados sitios—; la de la novedad —descubrir constantemente—; la tecnológica —buscar, comparar, elegir, reservar, fotografiar, puntuar y compartir— y por último, y, quizás más importante, la fatiga estética: concepto que recogió The Boston Globe cuando se preguntaba si estaba muriendo el restaurante ‘instagrameable’, al referirse al cansancio ante locales que terminan utilizando códigos similares.
La industria techy no se está quedando pasmada ante esta corriente que se hace cada vez más fuerte. Pasaron años digitalizando la relación entre el restaurante-cliente, transformándola, y ahora ya están desarrollando otros productos para lo contrario: recuperar al menos parte de la relación estrecha entre cliente y restaurantero que esa primera digitalización ayudó a eliminar. Que se lo digan a Blackbird, Bilt o Resy y otras potentes plataformas y sus programas de fidelización.
Primero diseñamos restaurantes para que fueran únicos y terminaron pareciéndose entre sí. Luego empezamos a buscar lugares auténticos y terminamos fabricando una estética de la autenticidad para que lo parecieran. Pero una cosa es la estética de la autenticidad que se trata de construir y otra, la autenticidad real. Una neotaberna puede colocar azulejos envejecidos, una barra de zinc y fotografías en sepia. Lo que no puede encargar a un interiorista son veinte años de clientes habituales, camareros que conocen a los hijos de los clientes, conversaciones acumuladas, platos que todo el mundo sabe pedir aunque no estén en la carta, pequeñas costumbres y recuerdos compartidos. La autenticidad necesita tiempo y personas.
