Bendita rutina

Dejo comanda
Por fin. Tras una larga temporada festiva, ha desaparecido de la despensa —ya acartonado— el último pedacito de turrón. No creo ser el único al que esta agenda cargada de eventos le provoca un empacho que va más allá de lo digestivo. La cena de empresa, la reunión de compañeros del instituto, el mercado de Santo Tomás, la Nochebuena, la Navidad, el cotillón de Nochevieja, la comida de Año Nuevo o el desayuno de Reyes se agolpan en un calendario que gira, casi sin respiro, en torno a la mesa.
Esa sucesión ininterrumpida de banquetes en la que vivimos durante más de un mes deja cansado el estómago y fatigado el espíritu. No solo agota comer y beber más de la cuenta, sino esa obligación de mostrarse disponible y festivo durante semanas, de sostener una alegría —más o menos impostada— porque es lo que toca, como si la simple normalidad fuera una descortesía.
Adoro esos días en los que no pasa nada. Mejor dicho, los que amanecen sin ninguna cita marcada en el calendario. Jornadas de rutina apacible, en las que uno puede dedicarse al trabajo tranquilo o, con un poco de suerte, entregarse al dolce far niente sin remordimientos. La experiencia me dice que en esos días, aparentemente vacíos, suelen brotar destellos de una felicidad sincera: un plato de lentejas, un currusco de pan tostadito, un vino corriente en el bar de siempre. Sabores poco memorables, pero capaces de alegrar el paladar tanto más que un bogavante o unas angulas.
Sin embargo, cada vez cuesta más encontrar esos huecos sin nombre en el calendario. ¡Si hasta al lunes más tristón de enero lo hemos bautizado como Blue Monday! Para cuando nos queramos dar cuenta, las tiendas y restaurantes se llenarán de corazones por San Valentín, después vendrá el Carnaval y en un suspiro, la Semana Santa.
El mundo de la gastronomía aumenta el empacho con un calendario paralelo de efemérides: la semana pasada fue el Día Internacional de la Croqueta, la próxima será el de cualquier cosa que se mastique. Parecen ocurrencias inofensivas, pero revelan una necesidad constante de disfrazar la rutina con alguna excusa, para que no parezca vacía. Como si estar vivo no fuera suficiente.