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Opiniones

El hombre y el mar

Benjamín Lana
Benjamín Lana 19/2/2021Comentarios

Hacía seis meses que no veía el mar. En el más de medio siglo que ya he vivido nunca me había visto en una como ésta. Los azules de agua y el olor a salitre me han acompañado desde niño siempre de cerca, como mi propia sombra, y hasta que hoy me ha cegado el sol reflejado sobre el Atlántico en un malecón de Lanzarote no me había dado cuenta realmente de que estamos viviendo en un mundo extraño y desalmado.

Han sido solo unos minutos, unas bocanadas de sal en los pulmones antes de salir de vuelta al secano de Madrid, lo suficiente para que en mi cabeza se hayan detonado imágenes y recuerdos que me han tenido toda la tarde en un estado de conciencia alterado.

He desayunado pescado rebozado, entre pan y pan, el típico desayuno de los bares de la zona portuaria de Arrecife, y a la vista del ambiente me he acordado de Joseph Conrad. Quién sabe por qué la cabeza se empeña en hacer esas conexiones extrañas de vivencias. En concreto me han llegado pasajes de ‘El espejo del mar’, una de las grandes obras del escritor polaco, en la que rinde homenaje al oficio de marino y en la que habla de la condición del ser humano a través de los paralelismos y metáforas de los barcos.

«Un barco en una dársena, rodeado de muelles y de los muros de los almacenes, tiene el aspecto de un preso meditando sobre la libertad con la tristeza propia de un espíritu libre en reclusión», dice. Conrad vivió como marinero el tránsito de la navegación a vela al motor. Cruzó el mundo en los últimos grandes veleros que subían desde África hasta Inglaterra, cuando la relación del hombre con aquellas naves era física y espiritual. Y comprendió que con la llegada del vapor el mundo se estaba haciendo finito por primera vez en la historia.

 

El futuro es azul

Comenzaba a cuajar esa globalización que ahora vivimos en su máximo esplendor. La finitud del mundo y la sostenibilidad son dos de las circunstancias que marcan nuestro tiempo. Si no volvemos al mar con inteligencia, respeto, ciencia y decisión, en el año 2050 el planeta no tendrá capacidad para alimentar a diez mil millones de almas. La ONU dice que no hay agua dulce ni tierra fértil suficiente. El futuro es azul, no es ‘veggie’. La última frontera real para nuestra especie es el océano, no el espacio, como nos hicieron creer durante la guerra fría.

He leído con asombro estos días sobre las nuevas navieras que transportan carga a vela de un lado a otro del mundo en un ejercicio de romanticismo y compromiso con el planeta a partes iguales. Se vuelven a construir grandes buques de carga que surcarán de nuevo los mares en silencio, a vela, acto revolucionario que rechaza los principios sobre los que nuestro mundo global estaba asentado: la prisa y la inmediatez. Pagar más caro y que la carga llegue más tarde para poder decir que no se contamina el mundo. ¿Compromiso? ¿Puro marketing?

En los años ochenta, Lanzarote vivía de la pesca y el turismo era tan solo una actividad incipiente. Los muelles ahora vacíos y los edificios abandonados de conserveras y empresas transformadoras bullían plenos de vida antes de que la Unión Europea que nos acababa de acoger en su seno decidiera que era mejor pagar por desguazar aquel mundo y comprar las sardinas a otros países. Entonces nadie hablaba de la soberanía alimentaria.

 

Gracias a todos

El acento suave de los isleños y la tristeza del puerto me traen también a la memoria a Manolín, el joven aprendiz de pescador de El viejo y el mar, la novela de Hemingway que narraba las vicisitudes del pescador cubano con mala suerte que consigue atrapar desde su pequeño bote un gran marlín azul después de tres días de pelea el uno contra el otro para que al final, ya amarrado al costado de la embarcación porque no cabe dentro, acabe siendo pasto de los tiburones y llegue a puerto derrotado, hundido, tan solo con el colosal esqueleto. Pienso en la tenacidad, la constancia y la valentía, también la soledad, de aquel hombre de mar y siento la necesidad de homenajear a todos los de su oficio con estas líneas.

Por más que la situación a bordo haya cambiado algo a mejor, no deja de ser uno de los trabajos más penosos que existen. Me acuerdo de las historias de los lanchones que iban a vela y remo desde Ondarroa hasta Candás, en Asturias, para pescar bonito y también de las de los portugueses que hasta los años sesenta pescaban el bacalao en Terranova a bordo de pequeños botes de fondo plano para un solo pescador llamados dorys, sin más ayuda que los remos para regresar, si había suerte, al gran bacaladero a vela –el Creoula todavía surca las aguas convertido en buque-escuela–, con cientos de kilos de bacalao pescado a anzuelo entre las piernas en las condiciones más duras de mar y clima. Y les digo a todos que gracias.

P.D.: Cada pez fresco que voy a comerme recibe siempre todos mis respetos y quizás por ello rechace siempre todos los que se me presentan sin cabeza.


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